El mundo durante el Mundial
Durante las cinco semanas de la XXIII Copa Mundial de Fútbol, miles de millones de habitantes del planeta estaremos atentos a quién marcará los goles; discutiremos expulsiones, penales, decisiones del VAR, las posibilidades de cada selección y admiraremos las figuras que protagonizan la cancha y los espectáculos del medio tiempo.
Mientras ruede el balón, la atención pública se apartará de realidades mucho más complejas: conflictos sociales, deterioro ambiental, pobreza, migraciones masivas y tensiones geopolíticas; continuarán los bombardeos sobre Gaza, Líbano, Ucrania y la amenaza de confrontación en el mar de China Meridional; millones de personas seguirán sometidas a condiciones de explotación, violencia o desplazamiento, como los niños en las minas de cobalto del Congo; seguirán la violencia de las pandillas haitianas, los muertos, heridos y daños causados por las barras “victoriosas” del Paris Saint-Germain, los rebrotes de ébola, sarampión y hantavirus, el desastre político en Venezuela, Nicaragua, Cuba, y los disturbios contra el gobierno recién electo en Bolivia.
El caso costarricense
En Costa Rica tenemos una lista larga de asuntos que pasarán a segundo plano, sin olvidar la lección más reciente: El ciclo eliminatorio mundialista 2025-2026 dejó una conclusión amarga y difícil de ignorar: una selección dirigida por un entrenador sin creatividad ni autoridad, con un conjunto de jugadores jugosamente remunerados pero indisciplinados e incapaces de mostrar rendimiento acorde con sus privilegios; su nivel competitivo fue decepcionante, incapaz de imponerse a rivales modestos. Desde esta perspectiva, la no clasificación podría incluso interpretarse como un alivio; se evitaron más derrotas en la fase final del torneo.
La experiencia confirma una realidad histórica: salvo excepciones destacables y actuaciones individuales memorables, el fútbol costarricense ha acumulado más frustraciones y controversias que éxitos. Escándalos administrativos y dirigenciales periódicos lo han acompañado continuamente, en su mediocridad crónica, durante décadas.
Por ello, Costa Rica requiere diversificar sus ámbitos deportivos y fortalecer las disciplinas en donde sí existan dirigencias serias, procesos de formación consistentes y posibilidades reales de crecimiento competitivo.
El Estadio Nacional y los debates olvidados
Tampoco debe olvidarse que el Estadio Nacional, inaugurado en 2011, donación de la República Popular China, estuvo rodeado de controversias económicas, laborales, urbanísticas y geopolíticas.
Su construcción reavivó discusiones sobre la llamada “diplomacia de los estadios”, la utilización masiva de mano de obra china, supuestas irregularidades relacionadas con recursos exonerados, la demolición del antiguo y emblemático Estadio Nacional y la pérdida consiguiente de espacios para otras disciplinas deportivas. También se debatieron sus costos de operación, mantenimiento, rentabilidad, y la conveniencia de destinar recursos a esa obra en lugar de priorizar la infraestructura de transporte, salud y educación.
Más allá del fútbol, los problemas persisten
Durante el Mundial también dejaremos de lado la solución de numerosos problemas nacionales que afectan nuestra calidad de vida y que necesitan soluciones urgentes y prioritarias. Seguiremos enfrentando congestionamientos viales, accidentes de tránsito, contaminación de ríos, saturación de rellenos sanitarios, el robo de nuestro oro en Crucitas y Conchudita, y las dificultades persistentes en la gestión del recurso hídrico. Miraremos de reojo la inseguridad ciudadana, narcotráfico, sicariato y crimen organizado. Persistirán los problemas de infraestructura, deterioro de carreteras y puentes, pérdida de competitividad, déficit fiscal, endeudamiento público, desigualdad social, dificultad creciente para acceder a la vivienda, empleo y servicios públicos; dólar barato, gasolina cara, y las tendencias autocráticas del gobierno.
A ello se suman las irresueltas crisis educativa, situación financiera de la Caja Costarricense de Seguro Social y los regímenes de pensiones, la cantidad creciente de personas que duerme en las calles, las brechas socioeconómicas territoriales, las limitaciones institucionales para enfrentar adecuadamente la gestión del riego derivado de las amenazas de sequía, inundaciones, deslizamientos, terremotos, volcanismo, y las posibles consecuencias de El Niño durante el año mundialista. Tampoco desaparecerán la fragmentación política, los problemas de la gobernabilidad ni las dificultades para construir los consensos que impulsen las reformas estructurales necesarias.
El verdadero problema no es el fútbol en sí mismo
El fútbol es parte de las necesidades humanas: competir, jugar, convivir, esforzarse y disfrutar. Bien practicado exige inteligencia, disciplina, trabajo colectivo, condición física y respeto por las reglas. La recreación y el juego no son frivolidades, constituyen dimensiones esenciales de la vida humana.
Lo preocupante es la transformación del deporte en una gigantesca industria mercantilista que prevalece sobre los valores deportivos. La FIFA y muchas de sus estructuras asociadas han contribuido a esa distorsión convirtiéndolo en espectáculo rentable y migrándolo hacia objetivos separados de la gesta deportiva, con dinero y farándula en el lugar central. Resulta difícil no advertir la desproporción entre las recompensas económicas que reciben numerosos jugadores y las de quienes dedican su vida a la ciencia, educación y humanismo.
Recuperar el sentido del juego
Hoy, muchos de esos debates quedan relegados, pero el fútbol conserva, pese a todo, un enorme potencial integrador, de encuentro entre pueblos, culturas y generaciones, siempre y cuando promueva respeto, convivencia, cooperación internacional, disciplina, esfuerzo y juego limpio.
Sus organizaciones deben combatir la corrupción, eliminar las mafias que lo acechan, sancionar a quienes infringen las reglas y premiar a quienes representen los valores nobles del deporte. Jugar al fútbol sigue siendo hermoso y humano. Lo que debe evitarse es que prevalezca el mercantilismo y la distracción que nos hace olvidar, aunque sea por unas semanas, los desafíos reales que definen nuestro presente y futuro.
Cuando concluya el Mundial los campeones levantarán la copa, los estadios quedarán vacíos, las transmisiones cesarán y las camisetas volverán al clóset. Pero los problemas permanecerán exactamente en donde estaban antes del pitazo inicial. El balón dejará de rodar, pero la realidad no se detendrá ni un segundo.
El verdadero desafío no consiste en renunciar al fútbol sino impedir que nos convierta en espectadores pasivos de nuestra propia decadencia. Disfrutemos del juego, celebremos los goles y admiremos el talento, pero evitemos que el rugido de los estadios silencie el estruendo de los problemas que exigen nuestra atención, pues una sociedad que dedica más pasión a discutir un penal que a resolver su futuro se arriesga a perder mucho más que un partido.
El fútbol no debería ser otro opio más para el pueblo.
