"El principal impacto recaería sobre Guanacaste", dijo Ricardo Orozco, climatólogo de la Universidad Nacional.
La Organización Meteorológica Mundial (OMM) estima una probabilidad del 80% de que El Niño se desarrolle durante el trimestre de junio-julio-agosto de 2026, mientras que hacia finales de año la probabilidad superaría el 90%. Además, los escenarios más recientes sugieren que podría alcanzar una intensidad fuerte e incluso muy fuerte entre noviembre de 2026 y enero de 2027.
Estos fueron algunos datos compartidos por Ricardo Orozco, climatólogo de la Escuela de Ciencias Geográficas de la Universidad Nacional (ECG-UNA), en una conferencia el pasado 3 de junio, en el marco del Día del Ambiente, organizado por la Facultad de Ciencias de la Tierra y el Mar. En este espacio, detalló en aspectos que podrían esperarse por la llegada del fenómeno de El Niño.
Aunque El Niño forma parte de la variabilidad natural del clima y ocurre cada dos a siete años, el contexto actual es distinto, según el experto.
El planeta atraviesa un periodo de calentamiento sostenido provocado por el aumento de gases de efecto invernadero, lo que podría amplificar los impactos tradicionales del fenómeno. “El Niño es algo natural. Lo que pasa es que ahora estamos en un contexto de calentamiento global”, explicó Orozco.
Las proyecciones muestran un comportamiento que históricamente acompañan al evento climático. Mientras el Caribe recibiría más lluvia de lo habitual, la vertiente del Pacífico enfrentaría condiciones significativamente más secas.
Los efectos por regiones en Costa Rica
Según las estimaciones del Instituto Meteorológico Nacional (IMN) para el trimestre junio-agosto, el Pacífico Norte podría registrar hasta un 50% menos lluvia de lo normal. El Pacífico Central y el Valle Central experimentarían reducciones cercanas al 40%, mientras que el Pacífico Sur tendría alrededor de un 35% menos de precipitación.
En contraste, las regiones Caribe y Norte podrían recibir entre un 10% y un 15% más lluvia que el promedio.
El principal impacto recaería sobre Guanacaste, una de las regiones más vulnerables del país ante eventos de sequía, destacó el especialista.
Registrar un 50% menos de lluvias es un montón de agua menos”.
1,3 y 2 grados más de calor
A la disminución de las lluvias se sumaría un aumento generalizado de temperaturas. El investigador indicó que las proyecciones indican que Guanacaste podría experimentar incrementos de hasta dos grados Celsius sobre los valores normales. Por su parte, el Valle Central, el Pacífico Central, el Pacífico Sur y sectores de la Zona Norte registrarían aumentos entre uno y 1,3 grados.
Aunque estas variaciones pueden parecer pequeñas, en términos climáticos representan cambios significativos que afectan la salud humana, los ecosistemas, la disponibilidad de agua y el consumo energético, explicó la UNA en un material enviado a la prensa.
La OMM también advierte que existe más de un 70% de probabilidad de temperaturas superiores a lo normal en amplias regiones del planeta durante los próximos meses.
Menos huracanes, menos agua
Otros de los aspectos del panorama climático en este contexto es que la temporada de huracanes del Atlántico podría ser menos activa de lo habitual. La OMM estima un 55% de probabilidad de que la temporada se mantenga por debajo de los niveles normales, con menos tormentas tropicales y menos huracanes intensos.
A primera vista podría parecer una noticia positiva. Sin embargo, Orozco explicó que estos sistemas también cumplen una función importante para la disponibilidad de agua en la región, ya que los huracanes transportan enormes cantidades de humedad y contribuyen a la recarga de acuíferos, embalses y reservorios naturales.
Si bien los huracanes impactan mucho las islas del Caribe, también significan agua disponible para recargar zonas acuíferas”.
La disminución de estos sistemas podría traducirse en menos aporte hídrico precisamente en un periodo donde las lluvias ya estarían reducidas por efecto de El Niño, dijo el funcionario de la UNA. Aparte, el investigador recordó que el cambio climático no necesariamente provocará más huracanes, pero sí fenómenos más intensos y destructivos.
Los informes científicos internacionales también detallan que los ciclones de categorías 4 y 5 podrían generar mayores daños debido al incremento de la temperatura de los océanos, que funcionan como fuente de energía para estos sistemas.
Cuatro sectores vulnerables
Los efectos de estas estadísticas se traducen a la vida cotidiana. Orozco destacó cuatro sectores particularmente vulnerables: agua, alimentos, salud y energía.
En materia de recurso hídrico, las menores precipitaciones podrían comprometer el abastecimiento de comunidades que ya enfrentan dificultades para acceder al agua potable. Algunos problemas de suministro reportados recientemente en distintos cantones reflejan una situación que podría agravarse durante la próxima estación seca, puntualizó.
La agricultura también aparece entre las principales preocupaciones. Menos lluvia implica menores rendimientos agrícolas, pérdidas económicas y un posible aumento en los precios de los alimentos.
Las consecuencias podrían extenderse a la seguridad alimentaria, especialmente en regiones donde la producción agropecuaria constituye una de las principales fuentes de empleo e ingresos, dijo Orozco.
En salud pública alertó que, el incremento de las temperaturas aumenta el riesgo de golpes de calor y otros problemas asociados a las altas temperaturas, particularmente entre adultos mayores y poblaciones vulnerables.
La generación eléctrica constituye otro de los puntos críticos, según su criterio. Costa Rica depende en gran medida de la energía hidroeléctrica, por lo que una disminución en las lluvias podría afectar los niveles de los embalses y obligar a utilizar con mayor frecuencia plantas térmicas. “Sin agua, ¿cómo vamos a hacer?”, cuestionó el investigador al referirse a la producción energética en un escenario prolongado de sequía.
