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En rio revuelto, ganancia de aduladores

La semana pasada se viralizó con mucha fuerza un video en que un profesor de la Universidad de Costa Rica, Alejandro Guevara, comentaba en un programa de radio sobre la "importancia de la democracia en Costa Rica". Sus comentarios me parecieron sumamente irritantes, más allá de que lo que dijo no tiene ninguna relación con la realidad y de ser cierto habría que reescribir la filosofía política desde al menos los últimos 200 años, me pareció grotesco la atención que le dieron en redes sociales principalmente porque lo considero un reflejo de un rasgo dominante en la personalidad pública de muchas personas en el país: el servilismo.

En la universidad conocí a Alejandro; él era el "brocha" oficial de un catedrático influyente. Su estrategia era simple: posicionarse como la sombra complaciente y hacer eco repetidor de cada opinión que daba este profesor. El servilismo le rindió frutos a Alejandro hasta convertirse en asistente de este docente, posición que luego le ayudó a conseguir una maestría en el exterior. Sin embargo, sus risitas cómplices y comentarios complacientes se congelaron cuando aquel profesor enfrentó un escándalo nacional por acoso sexual y misoginia. Mientras algunos estudiantes denunciamos sus ofensas, agresiones y excesos contra nuestras compañeras, y asumimos el costo político de denunciar, el circulo de brochas se dividió entre quienes abiertamente justificaron el acoso y los que, como Alejandro, optaron por quedarse callados. El aplauso en el pasillo se convirtió en silencio sepulcral.

Este comportamiento complaciente con el poder permitió que Alejandro hoy en día se consolidara como profesor de la misma universidad, en donde, en lugar de ser visto como parte del problema, siendo uno más de los facilitadores de las conductas de aquel profesor influyente y de otros similares, su actitud complaciente más bien le permitió posicionarse frente a las autoridades universitarias como un adulador profesional, una herramienta valiosa en un contexto de crisis.

Con el tiempo descubrí que en Costa Rica el comportamiento adulador de Alejandro no es aislado; hay muchos como él, y más bien se trata de un fenómeno estructural. Las personas como Alejandro responden a dinámicas ocultas y, para entenderlas, es necesario distinguir el poder formal del poder real. Mientras el poder formal es secundario y reside en la estructura burocrática abstracta, como en nombres de cargos, reglamentos y títulos, el poder real se sostiene al margen de esta organización oficial, en redes de favores, influencias y lealtades personales. Alejandro entendió muy bien esta diferencia y luchó para obtener su estatus y permanencia dentro de esta red de poder que premia la lealtad por encima del mérito crítico.

Afuera de la universidad, en la política en Costa Rica, el poder real no reside en las instituciones del Estado, no lo ostenta necesariamente la figura del presidente, sus ministros, ni los diputados, o los jueces y magistrados; más bien se concentra principalmente en las élites empresariales y financieras. El oficialismo actual y la oposición progresista neoliberal, de la cual Alejandro ahora forma parte, no son más que parásitos que se alimentan de esa estructura.

"En río revuelto, ganancia de pescadores". Ante el actual escenario de conflicto perenne entre el Ejecutivo y el Poder Judicial, institución que el gobierno culpa de la inseguridad ciudadana por su supuesta laxitud, la opinión de la ciudadanía se posiciona para exigir estabilidad; crece una demanda por orden, cualquier orden. Es aquí donde el "brocha" profesional detecta su nicho de mercado.

Es en este escenario que Alejandro ha logrado posicionarse con discursos acríticos sobre la supuesta "neutralidad" e "imparcialidad" del Poder Judicial, vendiéndolo ahora como la "máxima representación democrática del pueblo", repitiendo el equivalente jurídico a la falacia económica ortodoxa de que "el mercado se regula solo", un mantra diseñado exclusivamente para complacer al poder real. Como ya se puede intuir, la intención de Alejandro no es confrontar el poder, ni corregir sus fallos: él está intentando posicionarse como parte del discurso de un "orden reconstructor institucional" que va a suceder al caos sistémico actual. Él no cambió su actitud, lo que cambió fue su objeto: antes era el profesor universitario acosador y hoy son los jueces y magistrados de la república, pero la técnica sigue siendo la misma: mendigar atención mediante la adulación.

Lo peligroso de individuos como este es que terminan por idolatrar las contradicciones del sistema. Al vestir el servilismo de sensatez, los oportunistas bloquean efectivamente cualquier posibilidad de reforma real, demostrando que para gobernar no hace falta tener un proyecto serio, sino simplemente saber a quién besarle la mano.