A poco de jubilarse, François-Pierre Goy decidió estudiar una veintena de manuscritos anónimos de los siglos XVII y XVIII conservados por la Biblioteca Nacional de Francia. Entre ellos encontró un cuadernillo de 44 páginas. Al abrirlo, reconoció la pluma: las claves, la tonalidad, las barras de repetición, los calderones al final. Era Mozart. “Esa noche, al volver a casa, me sentía en un estado extraño” dijo; la emoción de saberse el primero en tener delante de sí algo extraordinario: de ser el primero en escuchar, con los ojos, música que nadie había oído en casi 250 años.
Entre mayo y julio de 1778, Mozart vivió en Francia mientras trataba de hacer carrera fuera de Salzburgo. En esos meses también le dio clases de composición a mademoiselle Marie-Louise-Philippine de Bonnières de Guînes, hija del duque de Guînes. De Guînes, diplomático y flautista amateur, aprovechó la ocasión para pedirle a Mozart que compusiera un concierto para arpa y flauta que pudiera interpretar junto a su hija. En 1778, Marie-Louise tenía 19 años y era una renombrada arpista; Mozart tenía 22 y era un famoso compositor-concertista.
Mozart, impresionado por el talento magnifique de Marie-Louise - por conocer mas de 200 piezas para arpa de memoria - pronto se mostró frustrado por su “falta de talento al componer”, según le escribe a su propio padre. No sabremos si Marie-Louise-Philippine realmente era como la describía su profesor, o si éste era demasiado estricto y exageraba. Lo que sí sabemos es que fue su primera estudiante de composición y que compusieron juntos siete piezas que quedaron en el olvido. Tambien sabemos que el concierto para flauta y arpa fue el primero y último que compuso. No existen más.
Hasta el 2 de febrero de 2026, día en que un archivista las descubrió.
Las piezas que nadie sabía que existían habitaron durante casi 250 años traspapeladas en la Biblioteca Nacional de Francia.
Después de pasar por una serie de revisiones expertas, las partituras se las entregaron a dos músicos, quienes en el mayor secretismo se prepararon para interpretarla por primera vez, en la Biblioteca Nacional de Francia el domingo 21 de junio, durante la Fête de la Musique. Su difusión para el mundo ocurrió el lunes 22, a las 7:30 de la mañana, hora de Costa Rica, a través de Relax, el programa de France Musique, un canal digital público.
Ese lunes escuchamos, por primera vez en casi 250 años, la música que Mozart y Marie-Louise compusieron juntos. Dos músicos del siglo XXI la interpretaron sin haber podido hablar de ella durante semanas. Los cuatro - separados por dos siglos y medio - quedaron unidos ese día por algo que las bibliotecas públicas hacen posible: que el tiempo se congele y podamos volver al siglo XVIII o traer a Mozart y Marie-Louise al XXI.
El descubrimiento no es solo una maravilla de la arqueología musical, sino también de la inversión pública: dos músicos, casi adolescentes de la Europa del siglo XVIII, vuelven a sonar porque hubo un archivista curioso, una biblioteca pública que conservó papeles aunque no supiera exactamente de quién eran, un Estado francés al que le interesó resguardar la historia incluso cuando venía sin firma, y músicos con memoria histórica y educación que hoy parece cada vez más rara. Nada de esto cae del cielo. Hace falta una cultura capaz de conservar lo que todavía no entiende, de financiar lo que no promete resultados inmediatos, y de tener paciencia con la marginalia, con las pistas pequeñas, con aquello que necesita tiempo para revelar por qué importa. Agradezco lo público: una idea de cultura que no depende de si algo “sirve” de inmediato.
