Existe una idea equivocada que ha acompañado a la gestión de riesgos durante décadas: creer que su objetivo es evitar que ocurran cosas malas, pero no es así.
El propósito de una cultura de riesgo madura no es eliminar la incertidumbre, eso es imposible. Su propósito es ayudar a la organización a comprenderla mejor para decidir con mayor claridad.
Toda estrategia implica riesgo: lanzar un nuevo producto, entrar a un mercado desconocido, invertir en tecnología, transformar un modelo de negocio o innovar en la experiencia del cliente son decisiones cargadas de incertidumbre. Pretender eliminar todos los riesgos equivaldría a eliminar también gran parte de las posibilidades de crecimiento. Por eso, las organizaciones más maduras no son aquellas que evitan o ignoran los riesgos. Son aquellas que se interesan por entenderlos y han aprendido a escoger mejor cuáles riesgos vale la pena asumir.
La pregunta estratégica nunca es si existe riesgo. La verdadera pregunta es si el riesgo que se está asumiendo es coherente con la estrategia, con las capacidades de la organización y con el valor que se espera generar.
Cultura de riesgo versus cultura de control
Otra confusión frecuente consiste en pensar que fortalecer la gestión de riesgos significa agregar más controles, más aprobaciones y más burocracia. Los controles son importantes. Pero son un medio, no un fin.
Cuando una organización confunde gestión de riesgos con control excesivo, termina construyendo estructuras rígidas que reducen la velocidad de respuesta, dificultan la innovación y generan la falsa sensación de seguridad.
Las organizaciones más exitosas no son las que controlan todo. Son las que comprenden qué riesgos requieren controles robustos, cuáles necesitan monitoreo y cuáles deben asumirse deliberadamente porque representan oportunidades estratégicas. La cultura de riesgo busca desarrollar criterio, no dependencia de procedimientos; busca generar conversaciones inteligentes sobre incertidumbre, no llenar formularios; y busca fortalecer la capacidad de decidir, no reemplazarla.
La ventaja humana de anticiparse: decidir desde la creatividad y la calma
Existe otra ventaja menos visible de una cultura de riesgo sólida. Cuando los riesgos son identificados oportunamente, las personas disponen de tiempo para pensar, pueden analizar escenarios, explorar alternativas, evaluar opciones y prepararse; pueden decidir desde la reflexión.
Cuando los riesgos son ignorados y terminan convirtiéndose en problemas, ocurre exactamente lo contrario. La organización entra en modo de reacción, las decisiones comienzan a tomarse bajo presión, desde la urgencia, el miedo, se acentúan los sesgos y la necesidad inmediata de contener daños, nos llevan a tomar malas decisiones. La creatividad disminuye, el horizonte temporal se acorta, la capacidad de análisis se reduce.
En otras palabras, las organizaciones piensan mejor antes de la crisis que durante la crisis, por eso, una cultura de riesgo no solo fortalece la resiliencia, también fortalece la calidad del pensamiento estratégico, permite abordar la incertidumbre desde la preparación y la oportunidad, no desde la amenaza; y, permite que la organización actúe desde la creatividad y el aprendizaje, en lugar de reaccionar desde el temor.
Riesgo como habilitador estratégico
Quizás la mayor transformación ocurre cuando una organización deja de ver el riesgo como un mecanismo defensivo y comienza a entenderlo como una capacidad estratégica; porque el riesgo no existe únicamente donde hay amenazas, también existe donde hay oportunidades: innovar implica riesgo, crecer implica riesgo, transformarse implica riesgo, la pregunta nunca es si debemos asumir riesgos, la pregunta es cuáles riesgos estamos dispuestos a asumir para construir el futuro que buscamos.
Las organizaciones más resilientes no son aquellas que nunca enfrentan incertidumbre, más bien, son aquellas que desarrollan la capacidad de comprenderla mejor que sus competidores: ven los cambios antes, ven oportunidades antes, ven vulnerabilidades antes. Y, sobre todo, desarrollan la capacidad de escoger mejor los riesgos que vale la pena asumir.
En última instancia, construir una cultura de riesgo no significa entrenar a una organización para decir “no”. Significa desarrollar la capacidad colectiva para decidir cuándo decir “sí”. Sí a las oportunidades alineadas con la estrategia, sí a la innovación cuando los riesgos son comprendidos, sí a las transformaciones necesarias para construir el futuro.
Escrito por: Claudia Salas Cubero, directora General de Riesgos del Banco Nacional.
