El Derecho Penal trata el silencio con un respeto que la vida cotidiana desconoce. Ante un tribunal, el acusado puede callar sin que ese silencio le cueste nada, pues el derecho de abstención es una garantía absoluta, y a nadie se le tendría que condenar por no declarar ni interpretarse su mutismo como una confesión. Entonces, en estrados no rige aquel viejo aforismo, qui tacet consentire videtur (el que calla otorga), sino más bien lo contrario. La idea de que toda boca cerrada esconde una admisión no manda en los tribunales, pero sí que manda en nuestras relaciones personales.
Es una inversión curiosa. Las garantías que el proceso penal cuida con celo, oír a la otra parte antes de juzgarla, presumir su inocencia, no condenar a quien no pudo defenderse, se evaporan apenas cruzamos la puerta del juzgado. Afuera, en nuestra familia, con amigos, en una oficina, en un pasillo, en un grupo de chat de Whatsapp, las sentencias se dictan a diario sobre el peso de un solo relato, sin traslado y sin réplica. Basta una frase atribuida o una intención supuesta para que la honra de alguien quede resuelta antes del almuerzo. Audi alteram partem, escucha a la otra parte, es de las máximas más antiguas del derecho, y de las primeras que se olvidan cuando el acusado es alguien conocido. Un juez que sentencia con una sola versión del expediente no solo se equivoca de criterio, sino que comete una injusticia.
Camus lo entendió mejor que muchos procesalistas. En El extranjero, Meursault mata a un hombre, pero el tribunal no lo condena por aquel disparo bajo el sol de Argel, sino por algo más íntimo y más impune, por no haber llorado en el entierro de su madre. Al resumir su propia novela, Camus escribió que en nuestra sociedad cualquiera que no llore en el funeral de su madre corre el riesgo de terminar condenado a muerte. No se juzga lo que hiciste. Se juzga quién pareces ser, y el veredicto recae sobre el carácter, ese terreno donde nadie logra defenderse del todo.
Esas condenas, además, rara vez llegan de los extraños. Es un dato viejo, casi literario. El filo que de verdad lastima es siempre el de la mano conocida, porque la traición supone una confianza previa y nadie puede ser traicionado por quien jamás estuvo cerca. César cayó acuchillado, y la historia recuerda menos la herida que el nombre de quien la abrió. Vale la pena insistir en algo que suele olvidarse en medio del dolor. Que el golpe duela no lo vuelve verdadero. Sentir el cuchillo prueba de dónde venía, no que la acusación fuera justa.
Queda el silencio del “acusado”, que tantas veces leemos en nuestra vida cotidiana como confesión. No siempre lo es. Unamuno dedicó su novela más honda a un hombre que calla. El párroco de San Manuel Bueno, mártir guarda para sí que ha perdido la fe, y lo hace no por cobardía, sino para no derrumbar la de su pueblo. Hay silencios que pesan más que cualquier discurso y que encierran, en el fondo, una forma difícil de decencia. En las antípodas está el cura de Bolaño, Sebastián Urrutia Lacroix, que en Nocturno de Chile gasta su última noche hablando sin tregua para justificarse, encadenando explicaciones que no lo absuelven de nada y que se cierran, en la línea final, cuando se desata la tormenta. A veces el que se defiende a gritos confiesa más que el que calla. Litigar la propia honra ante quien ya dictó sentencia es prestarse a la ficción de un proceso que nunca existió, y hay una dignidad costosa en negarse a ese espectáculo.
No pretendo trasladar el Código Procesal Penal a la vida cotidiana, que además de imposible sería insoportable. Lo que pido es más pequeño y, por eso mismo, más difícil de conceder. Que apliquemos a la manera en que nos juzgamos unos a otros una porción mínima de las garantías que con tanta solemnidad le exigimos al Estado. Escuchar antes de condenar, dudar antes de repetir, recordar que toda historia tiene cuando menos dos versiones y que la primera en llegar no es, por eso, la verdadera. Es poca cosa. Pero ahí cabe entera la distancia que separa hacer justicia de fingir que se hace.
