Mientras los científicos cuantifican la evolución de un evento de El Niño fuerte o potencialmente muy fuerte en los próximos meses, la conversación pública en Costa Rica suele enfocarse en una pregunta equivocada: ¿qué tan fuerte será el evento? La pregunta realmente importante debería ser otra: ¿estamos mejor preparados que antes para enfrentar sus consecuencias?
La evidencia científica reciente sugiere que el desafío ya no consiste únicamente en soportar una sequía prolongada o una temporada de lluvias extremas. El nuevo riesgo climático es la rapidez con que podemos pasar de un extremo al otro. Períodos de escasez de agua, incendios forestales y estrés hídrico pueden ser seguidos, en cuestión de semanas o incluso días, por inundaciones, deslizamientos y daños severos a la infraestructura. Esta transición abrupta entre condiciones opuestas está convirtiéndose en una de las expresiones volátiles más visibles del cambio climático.
En nuestra región, El Niño suele asociarse con menos lluvia, reducción de la recarga de acuíferos, disminución de caudales en ríos y nacientes y un aumento de conflictos por el agua. Estudios recientes muestran que durante eventos de El Niño las precipitaciones pueden reducirse drásticamente en períodos críticos para la recarga hídrica, comprometiendo el abastecimiento de agua para comunidades, agricultura y generación hidroeléctrica. Pero la historia no termina allí.
Después de una sequía prolongada, los suelos pierden parte de su capacidad para absorber agua. Cuando finalmente llegan lluvias intensas, muchas veces asociadas a tormentas tropicales, efecto indirecto de huracanes o transiciones hacia condiciones más húmedas, el agua escurre rápidamente por la superficie. El resultado puede ser devastador: inundaciones repentinas, deslizamientos y daños económicos que superan ampliamente los efectos de la sequía inicial.
Lo preocupante es que estos eventos no son inesperados. Sabemos que ocurren. Sabemos dónde ocurren. Y, sin embargo, seguimos actuando como si fueran sorpresas.
Los desastres recientes observados en diferentes regiones de América y Europa, sintetizados recientemente en la revista Nature Water, revelan un patrón inquietante. Los sistemas de monitoreo meteorológico funcionan cada vez mejor. Los pronósticos son más precisos. Los científicos identifican con anticipación las amenazas. Sin embargo, las pérdidas humanas y económicas continúan creciendo. El problema ya no es únicamente la falta de información; es la incapacidad institucional para transformar ese conocimiento en decisiones oportunas.
En muchos países de América Latina persisten deficiencias en ordenamiento territorial, ocupación de zonas inundables, infraestructura obsoleta, sistemas de alerta con limitada cobertura y una preocupante fragmentación institucional. Las advertencias existen, pero no siempre llegan a las personas adecuadas ni generan acciones concretas. En otras palabras, los pronósticos avanzan más rápido que la gobernanza.
El próximo El Niño podría convertirse en una nueva prueba para nuestras instituciones. Las comunidades rurales y urbanas del Corredor Seco Centroamericano enfrentarán nuevamente riesgos de inseguridad alimentaria y escasez de agua. Las ciudades dependerán cada vez más de acuíferos y fuentes de agua sometidas a una presión creciente. Al mismo tiempo, cualquier transición hacia condiciones más húmedas podría desencadenar eventos extremos en cuencas degradadas y territorios altamente vulnerables.
La verdadera amenaza no es únicamente climática. Es política e institucional. Cada sequía que no impulsa inversiones en almacenamiento de agua, cada inundación que no conduce a una mejor planificación territorial y cada sistema de alerta que no se fortalece después de una emergencia representan oportunidades perdidas para construir resiliencia.
Necesitamos una gobernanza climática capaz de anticipar riesgos y no solamente reaccionar a las tragedias. Esto implica fortalecer las redes de monitoreo hidrometeorológico, proteger las zonas de recarga hídrica, restaurar ecosistemas estratégicos, mejorar la comunicación del riesgo y garantizar que la información científica llegue efectivamente a quienes toman decisiones.
El próximo El Niño llegará tarde o temprano, su intensidad aún es desconocida. Lo que todavía está en nuestras manos es decidir si volverá a exponer las mismas debilidades que conocemos desde hace décadas o si será el punto de inflexión que nos obligue a modernizar nuestra gestión del agua y del territorio.
La ciencia ya ha encendido las alarmas. Ahora corresponde a la sociedad y a sus líderes demostrar que están escuchando.
