Un nuevo informe de Demos advierte que la democracia no se agota solo cuando alguien ataca sus instituciones. También se desgasta cuando la ciudadanía deja de sentir que el Estado la escucha, la respeta y le resuelve.
Recientemente recordábamos que a menudo las democracias no se quiebran con tanques en la calle, golpes de Estado, congresos incendiados o presidentes cerrando tribunales en cadena nacional. A veces su caída es mucho más lenta, progresiva y “aburrida” porque responden a un largo proceso de deterioro que, salvo batacazo en las urnas, puede incluso pasar desapercibido o, peor todavía, simplemente darse por sentado.
Por que sí, las democracias también se rompen en una fila de espera. En una cita médica que nunca llega. En una escuela pública que se cae a pedazos. En un trámite absurdo. En una denuncia que nadie atiende. En una institución que contesta tarde, mal o nunca. En una carretera que lleva años prometida. En una comunidad que pide ayuda y recibe silencio. En una persona que vota, paga impuestos, cumple reglas, espera, insiste, llama, escribe, vuelve a intentar y termina sintiendo que, del otro lado, no hay nadie.
Una democracia cansada, como la nuestra, es una democracia vulnerable.
Esta semana, cortesía de mi hermana Mariana, leí un documento muy potente, publicado por Demos, un centro de pensamiento británico, titulado The New Deal: How to repair the broken relationship between state and citizen. Su autora, Polly Curtis, plantea que el Reino Unido ya no está simplemente ante una crisis democrática, sino ante una emergencia democrática.
La frase es fuerte, pero el argumento es más interesante que el susto. El problema, dice Curtis, no es únicamente la fragmentación electoral, el declive de los partidos tradicionales o la dificultad de formar mayorías. Esas son señales visibles, pero no necesariamente la enfermedad de fondo.
La enfermedad es otra: la pérdida de fe en la forma en que la democracia se experimenta todos los días. Ahí está la clave. Lo más frustrante es que esto no es sorpresivo, las señales han estado ahí (allá y acá) frente a nosotros, desde hace mucho tiempo. A ver, estamos claros: Costa Rica no es Reino Unido. Nuestra historia institucional es distinta, nuestro sistema político es distinto, nuestros partidos son distintos, nuestra escala es distinta, nuestras heridas son distintas y nuestros anticuerpos democráticos también lo son.
Pero el diagnóstico resuena ¿verdad? Y mucho.
El círculo vicioso de la democracia cansada
El concepto más útil del documento es el de democratic doom loop, que podríamos traducir como el círculo vicioso de la democracia cansada.
La idea es sencilla: cuando la ciudadanía pierde confianza en el sistema, los gobiernos tienen más dificultad para construir apoyo para decisiones difíciles. Al no tener ese apoyo, gobiernan con miedo, cortoplacismo y aversión al riesgo. Entonces evitan reformas, patean problemas hacia adelante, maquillan conflictos, buscan culpables externos o administran la supervivencia. Eso produce ¿adivinen qué?? Malos resultados. Los malos resultados a la vez generan más frustración. La frustración, sobra decirlo, es caldo de cultivo directo para la polarización. ¿Y quiénes se alimentan de ese ambiente polarizado? Los que prometen atajos. Los atajos a la vez, por más cargados de espejismos que vengan, suelen debilitar todavía más las instituciones que deberían estar resolviendo problemas.
El ciclo, entonces, se alimenta a sí mismo. En Inglaterra y en Costa Rica y allá donde se hable de democracia en términos serios. No es un fenómeno novedoso, ni exclusivo, de hecho, pulula ahora mismo por doquier. Quizá, eso sí, con extremos más fuertes de los que usualmente hemos atestiguado.
El punto es que cada vez más gente siente que el Estado no sirve. Entonces empieza a pedir soluciones rápidas. Los políticos descubren que prometer atajos rinde más que explicar complejidades. Las instituciones se convierten en obstáculos narrativos. La prensa se vuelve en enemiga si pregunta. Los controles constitucionales estorban si limitan. Los técnicos son burócratas si advierten. Los procedimientos son excusas si incomodan. La legalidad se vuelve sospechosa si no produce resultados inmediatos.
Y mientras tanto los problemas siguen ahí, camuflados en la estridencia del discurso.
La inseguridad sigue ahí.
Las listas de espera siguen ahí.
La infraestructura pendiente sigue ahí.
La desigualdad territorial sigue ahí.
La crisis educativa sigue ahí.
La informalidad sigue ahí.
La desinformación sigue ahí.
La frustración sigue ahí.
Entonces la democracia empieza a parecer no solo lenta, sino inútil. Y ese es el punto peligroso. No porque la democracia sea inútil. Sino porque cuando suficientes personas empiezan a sentir que lo es, se abre espacio para cualquiera que aparezca prometiendo orden, velocidad, castigo, eficiencia, mano dura o limpieza. Ya sabemos cómo sigue esa película.
No basta con que existan instituciones
Uno de los argumentos centrales del informe de Demos es que solemos entender la democracia como un conjunto de instituciones y procesos: elecciones, parlamentos, gobiernos, burocracias, tribunales, reglas. Todo eso importa. Por supuesto que importa. Sin elecciones limpias, sin independencia judicial, sin prensa libre, sin sociedad civil, sin universidades críticas, sin pesos y contrapesos, sin Estado de derecho, no hay democracia que aguante.
Pero Demos recuerda algo que a veces se nos olvida: la resiliencia escondida de la democracia está en las relaciones.
- Relaciones entre ciudadanía y Estado.
- Relaciones entre instituciones y comunidades.
- Relaciones entre ciudadanos.
- Relaciones entre quienes gobiernan y quienes son gobernados.
- Relaciones entre quien pide ayuda y quien tiene el poder de responder.
- Relaciones entre quien paga impuestos y quien administra esos recursos.
- Relaciones entre quien vota y quien toma decisiones en su nombre.
Cuando esas relaciones (que incluyen mi insistencia en hablar del “tejido social” en cada Café Para Tres) se rompen, la democracia puede seguir funcionando en papel y, aun así, empezar a vaciarse por dentro.
Ese es un punto fundamental para Costa Rica. Durante décadas nos hemos contado, con razón, que somos una democracia sólida. Lo somos. Pero a veces confundimos esa solidez con inmunidad y claramente no es lo mismo.
- Tener Tribunal Supremo de Elecciones no significa que la ciudadanía se sienta representada.
- Tener Asamblea Legislativa no significa que la gente sienta que la escuchan.
- Tener Sala Constitucional no significa que las personas crean que la justicia llega a tiempo.
- Tener instituciones públicas no significa que el Estado funcione bien en la vida concreta de la gente.
- Tener prensa libre no significa que exista una conversación pública sana.
- Tener elecciones no significa que la democracia esté emocionalmente viva.
La democracia no solo necesita reglas. Necesita vínculo. Podemos llenarnos la boca hablando de “la institucionalidad” que si la gente no la ve y no la siente lo mismo da que del todo no existiera. Un poco eso es lo que nos ha pasado y ahí suena la alarma: cuando ese vínculo se deteriora, las reglas empiezan a parecer rituales lejanos, defendidos por gente que habla entre sí mientras la ciudadanía mira desde afuera, cansada, incrédula o ya del todo harta.
¿Cómo se come ese camarón? No es sencillo, pero el informe es extenso y viene cargado de mucho más que un diagnóstico. Seguiremos revisándolo el domingo que viene. Hasta entonces.
