América Latina vive en 2026 un nuevo ciclo político marcado por el ascenso de liderazgos conservadores. Las campañas de Abelardo de la Espriella en Colombia, Keiko Fujimori en Perú, las narrativas de José Antonio Kast en Chile, el discurso de Rodrigo Chaves y Laura Fernández en Costa Rica, las controversias políticas alrededor de Nasry Asfura en Honduras y los conflictos recientes en Bolivia muestran que no se trata de episodios aislados. Aunque responden a contextos distintos, muchos de estos proyectos comparten una estrategia: construir la política alrededor de un adversario permanente.
Ese adversario suele adoptar el rostro del comunismo, el socialismo o las élites. La discusión sobre empleo, salud, educación o desarrollo queda desplazada por una narrativa de confrontación que simplifica problemas complejos y presenta la realidad como una lucha entre dos bandos irreconciliables. Como señalaba Pierre Bourdieu, el poder también se ejerce mediante la capacidad de imponer una forma de interpretar el mundo. Quien consigue definir quién representa el peligro suele influir también en la manera en que la ciudadanía comprende la política.
En ese escenario, Nayib Bukele se ha convertido en un referente para numerosos dirigentes latinoamericanos. Su éxito comunicativo ha impulsado la idea de que un liderazgo fuerte, una presencia constante en redes sociales y una confrontación permanente bastan para consolidar apoyo político. El riesgo no consiste en estudiar políticas públicas que puedan resultar eficaces, sino en convertir la figura del gobernante en el centro absoluto del debate, donde la crítica se percibe como deslealtad y la popularidad parece sustituir a la deliberación democrática.
La influencia política y comunicativa de Donald Trump también atraviesa buena parte de estas campañas. Su estilo confrontativo, la construcción permanente de enemigos y el uso intensivo de las redes sociales han encontrado eco en distintos países de la región. Michel Foucault advertía que el poder no solo gobierna mediante instituciones, sino también mediante discursos que terminan definiendo qué se acepta como verdadero. En ese contexto, la repetición de consignas puede llegar a pesar más que la verificación de los hechos.
Sin embargo, atribuir este fenómeno únicamente a la derecha sería una simplificación similar a la que alimenta la polarización. América Latina también ha conocido populismos de izquierda que recurrieron al culto del liderazgo, a la división entre "pueblo" y "enemigos" y a la movilización emocional como herramienta política. El problema no pertenece a una ideología específica, sino a una cultura política que premia la adhesión antes que el cuestionamiento.
Con demasiada frecuencia, el voto deja de expresar apoyo a un proyecto para convertirse en un mecanismo destinado a impedir el triunfo del candidato que genera mayor rechazo. Se elige menos por convicción que por miedo o resentimiento. Hannah Arendt advertía que la libertad política depende de la capacidad de pensar críticamente y no de obedecer consignas. Mientras el ciudadano se transforme en seguidor y la lealtad pese más que la evidencia, América Latina continuará alternando entre populismos de distintos signos, convencida de que cambia de rumbo cuando, en realidad, solo cambia de protagonista.
