Durante décadas Costa Rica ha construido un prestigio exterior debido a su influencia internacional y diplomática. La credibilidad institucional que como país se proyecta se ha reflejado en protección humanitaria, derechos humanos, planes de descarbonización, gestión ambiental y entre otros proyectos que han fortalecido la diplomacia a nivel internacional.
Por esta razón, el reciente relevo en la representación de Costa Rica ante la Organización de Naciones Unidas (ONU), dando como resultado la salida de Maritza Chan, una diplomática de carrera con una trayectoria multilateral y la llegada de Boris Marchegiani, presentado por distintos medios costarricenses como un empresario afín al oficialismo, sin carrera diplomática previa; esto ocasiona un debate sobre el rumbo de la política exterior costarricense.
La discusión no debe girar en torno a sujetos, ni reducirse a simpatías o apatías políticas, ni crear juicios morales sobre los funcionarios involucrados. El problema radica en lo institucional. Cuando una representación ante la ONU cambia de manos, lo que se evalúa es la coherencia estatal que está sosteniendo el nombramiento del cargo y el tipo de señal que se proyecta al exterior.
En organismos internacionales, la reputación política no se construye mediante discursos, se construye mediante proyectos, especialización y la percepción de que Costa Rica tiene una línea diplomática clave, estable y coherente, lejos de los ciclos políticos internos. Históricamente, Costa Rica goza de prestigio internacional porque su política exterior suele apoyarse en funcionarios con una trayectoria diplomática y experiencia en foros multilaterales, no por cercanía coyuntural.
La diplomacia tampoco debe ser visualizada como un escenario simbólico. La representación ante la ONU constituye una de las vitrinas más fuertes y sensibles para un Estado pequeño como Costa Rica: se negocian acuerdos, se analiza la capacidad de interlocución, también la coherencia política y la credibilidad del Estado. Por ello, cualquier desalineamiento con los principios históricamente defendidos, puede generar costos que terminen afectando la imagen y confianza a nivel internacional.
¿Qué mensaje queremos proyectar como país? El problema no es el funcionario que ocupa el cargo, sino que lógicas e intereses se empiezan a imponer detrás de este. El debate debe entenderse como una alerta sobre el tipo de proyección internacional que se procura sostener. No basta con conservar presencia en foros multilaterales, también es vital demostrar constantemente las razones históricas que han permitido la presencia en esos foros internacionales. Costa Rica debe continuar apostando por la línea de diplomacia que se ha sostenido y nos ha garantizado prestigio y que no será reemplazado por afinidad política inmediata.
En un Estado cuya influencia internacional depende de la reputación, no es una discusión menor. Se debe exigir a los funcionarios que representan el país internacionalmente, que lo hagan de la mejor manera, que lo hagan reconociendo nuestra trayectoria y nuestros valores a nivel internacional. No por afinidad al gobierno del momento, sino pensando en nuestra imagen internacional y lo que le expresamos al mundo.
Finalmente, la coyuntura actual es competitiva y polarizada, los Estados pequeños no pueden pretender competir económica o militarmente. Especialmente Costa Rica, que no posee milicia, ni un poder económico o tecnológico fuerte en comparación con las otras naciones de mayor peso geopolítico. Por eso, se debe procurar mantener la consistencia de su política exterior para evitar perder la capacidad de influencia, manteniendo la capacidad de interlocución, estabilidad en posiciones internacionales y una confianza diplomática que le permita seguir teniendo presencia en los organismos internacionales. Lo que no se debe perder es el profesionalismo ni la imagen proyectada al exterior que el país durante décadas ha construido.
