En América Latina, uno de cada tres hogares es liderado por una mujer, por lo que el emprendimiento femenino se ha convertido en una estrategia de resiliencia económica para millones de familias. Sin embargo, aunque más del 50% de las mipymes de la región son lideradas por mujeres, menos del 10% del financiamiento para emprendimientos llega a ellas y solo una de cada cinco accede a crédito formal. En Centroamérica, además, más del 60% emprende por necesidad y más del 70% de los negocios liderados por mujeres aún operan en condiciones de subsistencia.
Paradójicamente, cuando las mujeres generan ingresos, reinvierten hasta el 90% de sus recursos en educación, salud y bienestar para sus familias y comunidades. Fortalecer el emprendimiento femenino no solo impulsa la economía; también fortalece la sociedad.
La experiencia de organizaciones como FUNDES demuestra que el crecimiento de una mipyme liderada por una mujer no depende únicamente de capacitación técnica o acceso crédito. Requiere un ecosistema integral que atienda las barreras estructurales que limitan su desarrollo. Por ello, los programas más efectivos combinan formación empresarial, financiera y tecnológica con liderazgo, empoderamiento, autoestima y construcción de redes de apoyo.
Barreras estructurales de género: el desafío pendiente para la autonomía económica de las mujeres.
La economía del cuidado y las brechas territoriales continúan siendo dos de los principales obstáculos para el crecimiento de las mujeres emprendedoras. Las responsabilidades de cuidado siguen recayendo de manera desproporcionada sobre ellas, reduciendo el tiempo disponible para capacitarse, hacer crecer sus negocios o integrarse a cadenas de valor.
A esto se suman las desigualdades territoriales. Mientras una empresaria urbana suele tener mayor acceso a transporte, conectividad, financiamiento y servicios de apoyo, muchas mujeres rurales enfrentan limitaciones que restringen su competitividad y acceso a nuevos mercados. Superar estas barreras requiere ampliar los servicios de cuidado, promover modelos de capacitación flexibles y fortalecer la inclusión digital y financiera para que más mujeres puedan acceder a oportunidades de crecimiento sin importar dónde vivan.
El sesgo del ecosistema de inversión
El acceso al capital sigue respondiendo, en gran medida, a modelos de financiamiento diseñados desde una perspectiva tradicionalmente masculina. Como resultado, las mujeres reciben solo una fracción de los recursos disponibles para crecer y escalar sus negocios. Además, muchos programas continúan orientándolas principalmente hacia emprendimientos sociales, ambientales o creativos, limitando su participación en sectores como la tecnología, la innovación y los negocios escalables, donde se concentra una parte importante de la inversión.
Reducir esta brecha requiere mecanismos de financiamiento más inclusivos, inversión con perspectiva de género y una mayor educación financiera que permita a más mujeres acceder a crédito, atraer inversión y tomar decisiones estratégicas para el crecimiento de sus empresas.
Indicadores de género: una nueva forma de medir impacto
Los programas más innovadores ya no miden el éxito únicamente por la rentabilidad o el crecimiento empresarial. Cada vez más incorporan indicadores de género que evalúan aspectos como la autonomía económica, la toma de decisiones, las condiciones de vida, la permanencia escolar de hijos e hijas, la reducción de la violencia económica y el liderazgo comunitario.
Este cambio de enfoque resulta clave porque reconoce que el desarrollo económico femenino tiene efectos multiplicadores sobre las familias y las comunidades.
El gran reto: construir ecosistemas que permitan crecer
Uno de los desafíos más importantes sigue siendo la articulación entre gobiernos, empresas, organismos de cooperación y organizaciones implementadoras. Aunque existen esfuerzos valiosos, con frecuencia operan de forma fragmentada, limitando su alcance y sostenibilidad.
Con más de 40 años de experiencia en América Latina, FUNDES ha comprobado que las alianzas público-privadas son fundamentales para escalar soluciones efectivas para las mujeres emprendedoras. Facilitar el acceso a financiamiento, integrar a las mipymes lideradas por mujeres en cadenas de valor y reducir barreras para su formalización son pasos esenciales para acelerar su crecimiento.
Algunos casos en Centroamérica comprenden el diseño de la estrategia de inclusión financiera de BAC Credomatic y BID Invest (2024) para mujeres líderes de pymes en El Salvador, donde se diseñó un análisis estratégico que permitió visibilizar las brechas que limitan a las empresarias, contrastando sus expectativas y restricciones reales con la oferta del banco y la competencia. También, en 2019, se trabajó junto a Banco Improsa en Costa Rica, una estrategia de inclusión financiera con enfoque de género orientada a transformar el modelo de atención para las mujeres empresarias, donde se contempló la identificación de alianzas con actores clave que enriquecieran y complementaran la propuesta de valor del banco. En 2020, FUNDES implementó con Elea y Argiduis, el proyecto "Mi Estilista", que abordó de manera directa brechas estructurales de género transformando los salones de belleza en negocios eficientes y escalables, impactando a 400 mujeres en El Salvador, Honduras y Guatemala.
El caso más reciente de este tipo de proyectos, se ejecutó en el 2025 en alianza con la Fundación Belcorp. El programa Mujeres Emprendedoras fue desarrollado en Costa Rica, Guatemala y El Salvador y logró capacitar a 412 mujeres emprendedoras mediante un proceso integral que combinó liderazgo, habilidades socioemocionales, educación financiera, marketing y ventas. Los resultados evidenciaron un impacto significativo: más del 95% de las participantes reportó haber fortalecido su confianza, liderazgo y capacidad para tomar decisiones en sus negocios, mientras que más del 92% indicó mejoras en sus competencias de gestión financiera. Además, el proyecto contribuyó a fortalecer redes de apoyo entre mujeres emprendedoras y a generar mayores capacidades para impulsar el crecimiento sostenible de sus emprendimientos.
El desafío pendiente ya no es que más mujeres emprendan. Es que tengan las mismas oportunidades para crecer. Cuando una mujer logra escalar su negocio, los beneficios trascienden la empresa: aumentan los ingresos familiares, se fortalecen las comunidades y se dinamizan las economías locales. Apostar por las mujeres emprendedoras no es solo una cuestión de equidad; es una de las inversiones más inteligentes que puede hacer América Latina para construir prosperidad sostenible.
