Costa Rica está entrando en una transformación silenciosa que tendrá profundas consecuencias para su sistema educativo. Durante décadas, nuestro país apostó por ampliar la cobertura escolar para atender a una población infantil en crecimiento en todo el territorio nacional. Hoy ocurre exactamente lo contrario. Entre 2021 y 2025, la matrícula en los centros educativos del MEP cayó en cerca de 134.000 estudiantes. Cada año nacen menos niños, las aulas de preescolar y primaria comienzan a vaciarse, y cerca de 200 centros educativos han cerrado en los últimos doce años como consecuencia directa de ese cambio poblacional que muchos vemos con atención y preocupación.
Interpretar esta situación únicamente como un problema laboral o presupuestario sería un error. La disminución de estudiantes en edad escolar coincide con otro desafío nacional de enormes proporciones: la urgente necesidad de capacitar y recualificar a jóvenes y adultos —pero también a nuestros docentes especialistas en educación infantil— en una economía cada vez más digital, automatizada y exigente. El 57% de los costarricenses mayores de 24 años no ha completado la secundaria, y muchos de ellos no solo cargan el peso de un rezago educativo; también sienten que el mercado laboral se les escapa en un mundo donde la inteligencia artificial redefine qué trabajos existen y existirán, o cuáles habilidades tienen valor real.
Esa doble presión —rezago educativo y analfabetismo tecnológico— convierte al docente en transición en algo más que un transmisor de contenidos; le convoca a ser un mediador entre dos brechas que, si se cruzan sin atención y una estrategia clara, pueden marginar definitivamente a poblaciones enteras. La pregunta crucial para Costa Rica no debería ser qué hacer con los docentes que tendrán menos estudiantes, sino cómo aprovechar ese enorme capital humano para construir un sistema nacional de aprendizaje permanente.
Lograrlo va a requerir una política pública de reconversión profesional docente estructurada en al menos tres ejes. El primero, formación en andragogía: enseñar a adultos exige partir de su autonomía, su experiencia previa y la aplicación inmediata del conocimiento, principios radicalmente distintos a los de la educación infantil. Trabajar con un niño de cinco años y trabajar con un adulto de 40 que nunca terminó el colegio son experiencias radicalmente distintas. Segundo, gestión socioemocional, pues muchos adultos en rezago cargan historias de fracaso escolar que ninguna plataforma tecnológica resuelve por sí sola, y no podemos dejar de lado la presión sobre los docentes al cambiar radicalmente su ámbito de acción profesional. Finalmente, alfabetización crítica en inteligencia artificial: no como destreza técnica, sino como capacidad para aprovecharla, cuestionarla y enseñar a otros a no temerle. Muchos docentes de primaria aún no saben cómo integrar la IA en sus propias clases. Pedirles que acompañen a adultos desempleados que ven esa tecnología como una amenaza incomprensible, sin haberles dado formación, es trasladar una deuda hacia el eslabón más vulnerable del sistema.
Las universidades tienen aquí una responsabilidad concreta y un papel crucial: diseñar rutas modulares, certificadas y accesibles, con reconocimiento del MEP; idealmente programas robustos a nivel teórico y práctico que un docente en servicio pueda cursar y completar sin abandonar su plaza. De esta manera, muchas escuelas con matrícula en declive podrían evolucionar hacia centros comunitarios de capacitación: espacios para alfabetización digital, emprendimiento, idiomas y actualización profesional, en lugar de permanecer subutilizados o en el futuro sin estudiantes, dejando un nuevo vacío en nuestro pacto social.
Costa Rica posee una ventaja extraordinaria: una amplia red de docentes distribuidos en todo el territorio nacional. Lo que hoy parece una amenaza para la profesión, podría convertirse en una oportunidad histórica. Si actuamos con visión, los maestros que tendrán menos niños que atender, podrían transformarse en la principal fuerza nacional para impulsar el aprendizaje permanente y acompañar la transición económica del país durante las próximas décadas.
