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Cuando pensar distinto divide: una mirada a la polarización social y política en Costa Rica

La polarización política y social se puede entender por medio de una serie de conceptos, como el sesgo de confirmación o la teoría de la identidad social, que permiten ver cómo se refleja este fenómeno en Costa Rica.

Aunque el país se posiciona como una de las democracias más estables en América Latina, existen variados análisis que advierten sobre un aumento de la polarización política y social que ha debilitado con el paso del tiempo el diálogo. Esto ha provocado intolerancia a ideas distintas y una obstaculización de las soluciones de interés nacional.

En la psicología social existe un concepto clave para comprender el fenómeno: el sesgo de confirmación. Este describe cómo las personas buscan favorecer, interpretar y recordar información que valide sus ideas o creencias sobre un tema específico, incluso si esto implica ignorar o desvalorizar pruebas que las contradicen. Así es como los ciudadanos comienzan a sesgar sus opiniones mediante fuentes de información que coincidan con su punto de vista y respalden sus creencias, dejando de lado aquellos argumentos que las refutan.

En este escenario, los consensos suelen verse obstaculizados cuando las ideas diferentes son ignoradas, muchas veces sin argumentos, datos u opiniones que respalden el rechazo.

¿Acaso Costa Rica ha decidido que los adversarios políticos son enemigos y no contrincantes con una posición distinta sobre un tema en específico? Desde la teoría de la identidad social, se sostiene que al presentarse una división entre “nosotros” (los de la razón) y “ellos” (los peligrosos o equivocados) hay una concentración en la defensa de un grupo que se identifica como tal y deja de lado sus ideas individuales por algo colectivo, que no necesariamente busca un bien mayor. Cuando los discursos identitarios que buscan polarizar se instauran, ya no se trata de defender ideas, sino de un sentimiento de defensa de un grupo con el que nos identificamos, más allá de si este cumple con nuestros valores de manera total.

Así es como se ingresa a una política tribal, que —en mi opinión— se ha presentado con gran influencia en el país. Inclusive, este fenómeno se puede explicarse desde un enfoque de psicología evolutiva y social. En los orígenes de la humanidad los individuos dependían de permanecer en un grupo reducido para sobrevivir. En la actualidad esto se traduce en un sesgo cognitivo, que lleva a favorecer a los que vemos como parte de nuestra comunidad y, por lo tanto, desconfiar de aquellos que identificamos como extraños, aunque sean nuestros propios vecinos.

Simpatizar con un partido político, una ideología o un líder, bajo un discurso de “lealtad grupal” por encima de los principios individuales o el bien común, es parte de una política tribal, que puede interpretarse como una estrategia psicológica, con una serie de características particulares.

Entre esas características está la lealtad ciega, cuando nos damos cuenta de patrones de lealtad con respecto a posturas o decisiones que son aceptadas porque coinciden con el grupo perteneciente y no con un análisis crítico, hay una política tribal detrás. Asimismo, una descalificación de las decisiones o argumentos del bando contrario solamente por su procedencia, generando una cultura de desconfianza y asumiendo malas intenciones. Sin dejar de lado cuando el debate público se convierte en sometimiento al adversario, un tema emocional y un antagonismo acelerado.

La existencia de opiniones distintas es parte de una democracia sólida y sana. Cuando el desacuerdo se transforma en intolerancia, surge un problema de polarización significativo, el debate político intenso no es el problema; las ideas diferentes deben coexistir ya que forman parte de un sistema de poder descentralizado.

Finalmente, Costa Rica merece iniciar un proceso ciudadano de recuperación del diálogo y del respeto, específicamente, en las perspectivas sociales y políticas. Defender posiciones políticas no debe implicar ataques o rechazos a pensamientos opuestos. La democracia se fortalece desde debates donde existan diferencias que construyan en conjunto y no desde posiciones en las que toda la ciudadanía o líderes estén de acuerdo, de ser así, no hay espacio para individuos con ideas nuevas o que busquen mejorar desde sectores diversos. El verdadero riesgo democrático no es la diversidad de ideas, sino la incapacidad de convivir con ellas.