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Cuando es peor la cura que la enfermedad

Los fallos estructurales sociales son generadores de síntomas presentes en las conductas de una población que sufre de consecuencias profundas por una moralidad que no reconoce tales síntomas como lo son la violencia, pobreza, desigualdades sociales, opresión, rupturas y exclusión, entre otras.

En cada sociedad o cultura es importante realizar una histórica investigación en los procesos de deshumanización y daños intencionales creados a partir de políticas opresoras violentas basadas en juegos de poder no solo utilizando como recurso el ejercicio de instituciones a cargo del control social como la policía o ejército, sino también a través de narrativas permanentes en medios de comunicación, sermones religiosos, actividades académicas o en apariencia cotidianas que van poco a poco calando en la psiquis colectiva, provocando dinámicas perversas e incluso sadistas que erosionan procesos grupales basados en solidaridad, respeto y empatía.

Si nos vamos a la época del auge del nazismo liderado por Adolf Hitler, recordamos que aparte de su frenética y entusiasta manera de brindar los discursos políticos al hablar en público, debemos también pensar en cómo reproducía constantemente mensajes basados en el populismo, la exclusión, rechazo, anulación de grupos poblacionales y dominio total en un contexto no solo racista, sino incluso moralista de degeneración e indeseabilidad de toda oposición a sus ideales. La exaltación a una lealtad en apariencia patriótica exigía una voluntad del pueblo de fidelidad absoluta e incluso obediencia ciega que produjo no solo  la enfermedad llamada Nazismo, sino también con ella  una serie de síntomas que afectaron dinámicas globales sumamente violentas y lamentablemente aún vigentes en el mundo.

De manera casi idéntica se ejecuta el fascismo liderado por el italiano Benito Mussolini haciendo apología al ultranacionalismo, militarismo y totalitarismo, donde también se incitaba a una obediencia ciega al Duce aparente poseedor de toda razón, pues creer, obedecer y combatir era un potente slogan que calaba mucho incluso en la juventud, el culto a la imagen de este líder alimentaba su ego, vanidad e ínfulas de grandeza que le hacía pensar en sí mismo y proyectarse como invencible, modelo de masculinidad a seguir y radicalmente dominante, con una hipersexualidad y conquistas amorosas insaciables. Ambos ofrecían sus políticas como el remedio que ocupaba el mundo para funcionar “correctamente”, con modelos de conductas y estética únicas.

En este recuento básico, es imposible no hacer las comparaciones pertinentes con el reciente desarrollo político y cultural en la sociedad costarricense bajo el sistema de gobierno popularmente conocido como "chavismo" aludiendo al expresidente y hoy doble ministro, Rodrigo Chaves Robles del partido Pueblo Soberano, donde el aumento en la violencia y narrativas de odio están marcando las conductas y educación de nuestras poblaciones, con aparentes soluciones a la corrupción institucional y estatal que no han hecho más que crear polarización, división y exclusión, pero que a su vez imita otras prácticas gubernamentales de manual de potencias como Estados Unidos o Argentina con posiciones de dominio muy marcadas y mediáticas, claras en su deseo de eliminar toda oposición ideológica culpando además a los supuestos fallidos sistemas democráticos para perpetuarse en dicho poder.

Tanto la enfermedad de una sociedad deteriorada como cada síntoma que se genera debe ser sanada mediante posibles herramientas como la prevención de comportamientos sociales destructivos, la educación libre de violencia, la comunicación libre de discursos de odio, libre de discriminación, así como la implementación de estrategias estructurales en las instituciones y comunidades con apoyo en la legislación que combata estas problemáticas y no genere impunidad, que nos brinde soluciones seguras en el presente y futuro para no repetir las atrocidades de dictaduras pasadas como las mencionadas previamente.

Cita un popular dicho: "Gran parte de la salud es conocer la enfermedad", repensar la historia es deber ante las tristes vivencias actuales sintomáticas de nuestro pueblo costarricense, para recuperar y mejorar nuestra sana convivencia, combatir la enfermedad del odio y ser modelo del posible bienestar social.