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Cooperación a cuentagotas

Hace cien mil años éramos la misma especie que hoy: el mismo cuerpo, la misma mente, los mismos cromosomas. Corríamos media maratón cada día porque la subsistencia lo exigía, y esa subsistencia jamás fue individual. Cazábamos juntos, nos protegíamos juntos, envejecíamos —rápido— dentro de un tejido colectivo del que dependía la vida. La cooperación no era una virtud que cultivábamos: era una condición de diseño, inscrita en nuestra genética de manera tan profunda como la capacidad de sudar que ningún otro animal posee.

Algo se desencajó. Seguimos sabiéndonos miembros de una comunidad, pero entramos a la relación con ella desde la perspectiva del individuo. Cooperamos, sí, pero a cuentagotas: medimos cada aporte, calculamos qué nos devuelve la relación, preguntamos “¿en qué me beneficia?” antes de preguntar “¿qué puedo aportar?” Es la colaboración reducida a su mínima expresión, una sombra del instinto colectivo que nos trajo hasta aquí.

El costo de ese desencaje es enorme, porque casi todos nuestros problemas globales son, en el fondo, problemas de cooperación fallida. El cambio climático desapareció de la agenda geopolítica durante una década no porque dejara de existir, sino porque dejamos de actuar de manera concertada. Celebramos que una persona se convierta en el primer trillonario de la historia mientras millones viven sin lo mínimo, no por falta de recursos, sino por falta de proporción y de mirada común. Recordaba Gandhi que hay suficiente en el mundo para las necesidades de todos, pero no lo suficiente para la avaricia de ninguno.

Yo puedo ser feliz aunque mi vecino no lo sea. Lo que no puedo es ser próspero si mi vecino se marchita. La prosperidad, a diferencia de la felicidad, es irreductiblemente colectiva. Y si la prosperidad es colectiva, entonces la cooperación no es un lujo moral: es la única vía hacia ella.

Pero no basta con cooperar más. Hay que cooperar en una dirección. Toda acción humana se inclina hacia el extractivismo o hacia la regeneración, y la línea que las separa es nítida: regenerar es crear valor para la biósfera de manera perdurable, un impacto positivo sobre la red de vida que dure para las generaciones que vienen. Por debajo de esa raya agotamos; por encima, sembramos. Imagino lo que ocurriría si reorientáramos hacia ahí el músculo colaborativo que llevamos en los genes: si cada intercambio personal, cada empresa, cada gobierno se midiera por la herencia regenerativa que deja atrás.

No hace falta ser Yvon Chouinard donando Patagonia a una fundación de conservación para participar. Quien siembra un árbol de especie perdurable y sabe que seguirá creciendo cuando él o ella ya no esté, crea herencia regenerativa. Quienes diseñaron hace ochenta años las políticas de bienestar que todavía disfrutamos, también.

La naturaleza no da saltos, y nosotros tampoco tenemos que darlos. Basta con recuperar, en abonos, de manera gradual, esa noción de colectividad que nunca dejó de estar escrita en nuestro diseño. La traíamos puesta desde el principio. Solo hemos olvidado cómo usarla.

Artículo basado en el episodio 321 de Diálogos con Álvaro Cedeño titulado “Cooperación a cuentagotas”.

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