Hace cien mil años, antes de que existiera el lenguaje, ya éramos coaches. Cuando alguien en la tribu hacía algo mal o podía hacerlo mejor, otro se acercaba y le enseñaba. Sin tarifa, sin sesión de seguimiento, sin factura. Era conocimiento que circulaba porque la especie lo necesitaba para sobrevivir.
Hoy, esa misma vocación pedagógica —que llevamos grabada en el diseño genético— ha dado lugar a una industria valuada en miles de millones de dólares que, paradójicamente, tiene una fractura en su núcleo.
La industria del coaching funciona con un modelo de negocio que incentiva lo contrario de lo que promete. Un buen coach debería trabajar para hacerse prescindible: enseñarle al coachee el mecanismo de llegar a sus propias decisiones, de modo que pueda seguir haciéndolo solo las próximas ochenta veces. Pero la realidad económica empuja en sentido opuesto. Si la empresa paga, el ejecutivo no tiene apuro en terminar. Si el coach sigue cobrando, no tiene apuro en liberar al cliente. Se crea una dependencia confortable para ambos que se parece más a una red social que a un proceso de crecimiento.
La paradoja es que el verdadero objetivo del coaching —robustecer la libertad y la autoconfianza de la persona— es incompatible con el modelo que lo sostiene económicamente.
Existe un modelo de servicio que hace exactamente lo opuesto: el buscador de Google. Respuesta precisa, en el menor tiempo posible, y hasta luego. No hay interés en que te quedés. Su éxito se mide en qué tan rápido te desocupa, no por cuánto tiempo te retiene. El coaching necesitaría algo parecido: una lógica de intervención mínima y alta precisión, donde dos o tres preguntas bien diseñadas le permitan al consultante darse cuenta de que ya tenía la respuesta que buscaba.
Eso no es un modelo rentable en el esquema actual. Pero podría serlo en otro.
Aquí es donde la inteligencia artificial abre una posibilidad disruptiva real. Imaginemos un ecosistema donde el conocimiento probado —experiencias verificadas, dilemas resueltos, marcos de decisión que funcionaron— pueda empaquetarse en cápsulas de aprendizaje breves, precisas y accesibles. No sesiones de dos horas con un coach que cobra por hora, sino intervenciones modulares, intercambiables entre pares, diseñadas para resolver un problema específico de gestión humana en el menor tiempo posible.
La IA ya puede hacer algo de esto: con los parámetros correctos, puede responder preguntas de liderazgo, ética organizacional o toma de decisiones dentro de marcos de integridad predefinidos. Pero su mayor potencial aún no se usa: en lugar de ser una enciclopedia amistosa que alimenta la memoria, podría convertirse en un sistema que devuelve preguntas, que entrena el pensamiento crítico, que pregunta "¿y a ti qué te parece?" antes de darte la respuesta.
En tiempos de inteligencia artificial, la gestión humana eficaz no depende de tener el mejor coach ni el más caro. Depende de la capacidad de aprender con rapidez, integrar los errores como datos útiles y tomar decisiones aceptando que el futuro es irremediablemente incierto. Michael Jordan falló más de doce mil tiros al aro y perdió más de trescientos partidos. El 20% de aciertos puede construir una carrera extraordinaria, siempre que se tenga el rigor de aprender de cada falla.
La industria del coaching que viene no venderá dependencia ni horas de acompañamiento indefinido. Venderá algo mucho más valioso: la capacidad de prescindir del coach.
Artículo basado en el episodio 320 de Diálogos con Álvaro Cedeño titulado “Coaching”.
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