Cada vez que se habla de abrir o no el mercado eléctrico costarricense aparecen posiciones apasionadas. Algunos aseguran que es la solución para bajar tarifas. Otros advierten que podría poner en riesgo uno de los sistemas eléctricos más exitosos de América Latina.
Lo curioso es que muchas veces el debate comienza antes de entender exactamente qué es lo que se pretende abrir.
Para explicarlo de forma sencilla, imagine una botella de cuatro plumas.
Antes de que llegue a una mesa, el producto pasa por tres etapas distintas. Primero alguien lo fabrica. Después alguien lo transporta hasta diferentes puntos del país. Finalmente, alguien lo pone a disposición del consumidor.
Con la electricidad ocurre algo muy parecido.
El sistema eléctrico costarricense se compone de tres grandes actividades: generación, transmisión y distribución. Aunque solemos hablar de ellas como si fueran una sola cosa, en realidad son negocios distintos pero complementarios.
La generación es donde se produce la electricidad. Son las plantas hidroeléctricas, geotérmicas, eólicas, solares o térmicas que transforman diferentes recursos en energía eléctrica.
La transmisión es la red de alta tensión que transporta grandes cantidades de energía a lo largo del país. Es la gran autopista eléctrica nacional que conecta plantas, regiones y hasta sistemas eléctricos de países vecinos.
Finalmente está la distribución. Es la etapa que lleva la electricidad hasta hogares, comercios e industrias. Es la red que vemos en nuestras comunidades y que permite que al encender un interruptor aparezca la luz.
Y aquí viene un detalle que pocas personas conocen.
Cuando se habla de apertura del mercado eléctrico en Costa Rica, la discusión se concentra principalmente en la generación de energía.
No se está debatiendo quién mantiene los postes de su barrio. Tampoco quién opera las redes de transmisión nacional. Lo que se discute es quién puede producir electricidad y bajo qué condiciones puede venderla al sistema.
¿Por qué ese punto genera tanta discusión?
Porque la generación es el origen de todo el sistema. Las decisiones que se tomen ahí terminan influyendo sobre inversión, competencia, precios, seguridad energética y descarbonización.
Quienes apoyan una mayor apertura consideran que permitir más participación puede incentivar inversión, innovación y nuevas alternativas de generación. Quienes tienen reservas advierten que cualquier cambio debe proteger la confiabilidad, la planificación de largo plazo y la estabilidad que históricamente ha caracterizado al sistema eléctrico costarricense.
Ambas posiciones tienen argumentos válidos. Pero para poder analizarlos con seriedad primero debemos entender qué parte del mercado está realmente sobre la mesa.
Nadie discutiría el futuro del fútbol nacional sin saber la diferencia entre un portero, un defensa y un delantero. Con la electricidad ocurre exactamente lo mismo.
Antes de tomar partido sobre la apertura del mercado eléctrico, vale la pena conocer cómo funciona el sistema, cuáles actividades están siendo discutidas y cuáles no.
Quizás el mayor problema del debate eléctrico costarricense no sea la apertura del mercado. Quizás el problema sea que una parte importante del país lleva años discutiendo una propuesta sin comprender exactamente qué es lo que propone. Y pocas cosas resultan más peligrosas que tomar decisiones sobre algo que nunca nos hemos detenido a entender.
