Costa Rica es, ante todo, un país azul. Aunque nuestra identidad “continental” nos vincule con fuerza a la tierra, el territorio marino de nuestra nación supera por más de diez veces su superficie emergida. Esta inmensidad azul no es necesariamente un “desierto” líquido; constituye un “hervidero” de biodiversidad. Nuestros mares albergan miles de especies, ayudan a regular el clima local y global y sostienen la economía y el bienestar de nuestras comunidades costeras. Pese a esto, el conocimiento público sobre la riqueza marina de nuestro país sigue siendo limitado. Lo que no se conoce, difícilmente se valora; y lo que no se valora, lamentablemente, está condenado a la desatención o abandono.
En el marco de las celebraciones globales por el Día Mundial de los Océanos, este mes de junio nos invita a reflexionar no solo sobre las amenazas que acechan nuestros mares, como el cambio climático, la sobreexplotación de sus recursos y la pérdida de biodiversidad, sino también sobre las herramientas colectivas que poseemos para revertir su deterioro. Entre ellas, la educación ciudadana en materia ambiental, así como la democratización del conocimiento científico, emergen como pilares fundamentales e inaplazables.
Bajo estas premisas, la Universidad de Costa Rica (UCR), a través del Centro de Investigación en Biodiversidad y Ecología Tropical (CIBET), ha venido impulsando una alianza estratégica con dos iniciativas de divulgación científica: ICtioCR, un espacio dedicado a educar sobre la diversidad de peces del país a través de entornos digitales, y Costa Rica Desconocida, una plataforma orientada a visibilizar la riqueza natural y cultural de una de las porciones (el mar profundo) menos explorada de nuestro territorio. El propósito de este esfuerzo conjunto es “sacar” la ciencia de los laboratorios y los archivos y anaqueles de un museo y llevarla directamente a las comunidades.
Una muestra de este compromiso fue nuestra reciente participación en la IV edición del Festival del Océano en La Cruz de Guanacaste. Una actividad organizada en conjunto por instancias universitarias, otras entidades gubernamentales y ONGs locales que reunió, entre el 8 y el 14 de junio a más de 1800 personas participantes. Para esta actividad, diseñamos un espacio de exhibición pública interactiva, un stand educativo, concebido para, en parte, tratar de eliminar esa “brecha” histórica entre la academia y la sociedad. En este espacio, mostramos a las personas que nos visitaron (desde niños y niñas a partir de los 3 años de edad, hasta adultos(as) mayores de más de 70 años de edad), materiales didácticos, recursos ilustrativos y ejemplares de referencia que forman parte de la Colección Ictiológica del Museo de Zoología de la UCR. La misión de nuestro stand fue relativamente simple pero ambiciosa: permitir que las personas interesadas observaran de cerca, tocaran y comprendieran de primera mano aspectos generales y puntuales sobre la anatomía, las diferentes formas y la asombrosa variedad de organismos (principalmente peces y algunos invertebrados) que habitan, específicamente, en nuestro océano Pacífico.
Esta dinámica nos permitió entablar un diálogo directo y abierto con la ciudadanía, donde el dato científico riguroso se tradujo en una experiencia sensorial y accesible para todas las personas asistentes. Al ver el asombro y la curiosidad de las personas que visitaron el stand, esto al interactuar con las diferentes muestras biológicas, pudimos corroborar de primera mano una realidad imperativa: la ciencia pierde gran parte de su propósito transformador si se queda “confinada” en los archivos y anaqueles universitarios.
Precisamente, esta experiencia en campo se ampara en una propuesta formal de acción social que busca consolidar a la Colección Ictiológica del Museo de Zoología de la UCR como una plataforma activa de proyección comunitaria. Bajo la premisa de este proyecto, .as colecciones científicas no deben ser vistas como cementerios estáticos de especímenes, sino como infraestructuras estratégicas y patrimoniales que custodian la memoria biológica de nuestra nación. Al abrirlas al público mediante este tipo de exhibiciones itinerantes, las convertimos en motores de sensibilización y en herramientas clave para la toma de decisiones ambientales.
Darle el valor que merece al mar implica descentralizar la ciencia y propiciar espacios, como el que se ejemplifica, donde el conocimiento genere empatía. La respuesta de las comunidades costeras nos demuestra que existe una sociedad ávida de comprender su entorno y dispuesta a asumir un rol activo en la conservación de los ecosistemas acuáticos.
Garantizar la salud futura de nuestros océanos requiere investigación de frontera, pero también, de manera urgente, una ciudadanía informada y conectada con su entorno marino. Solo mediante el fortalecimiento de la educación ambiental y el reconocimiento de nuestro patrimonio natural podremos asegurar que el vasto mar que nos rodea siga siendo fuente de vida, identidad y bienestar para las generaciones venideras. El primer paso para proteger el océano es reconocernos en él.
