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Violencia vicaria: la crueldad consciente

Hay formas de violencia que no necesitan un golpe. No llegan del momento de cólera ni de pérdida de control. Llegan con plena consciencia de lo que se está haciendo y con un objetivo claro: destruir a una mujer sin tocarla directamente. Se llama violencia vicaria, y lo que la distingue es que el agresor sabe exactamente el daño que va a causar, conoce cómo lastimar a la mujer y actúa con ese fin. No es un impulso de momento. Es una decisión tomada con los ojos abiertos.

No es lo mismo: violencia doméstica vs. violencia vicaria

La violencia doméstica abarca cualquier forma de abuso dentro del entorno familiar: golpes, insultos, control económico, manipulación. Puede surgir de dinámicas que escalan con el tiempo, en muchos de mis casos sin que el agresor tenga claridad total sobre el daño que provoca. Es grave y destruye familias. Pero no siempre tiene un objetivo claro.

La violencia vicaria es otra cosa. El agresor usa deliberadamente a las personas o seres más queridos de la mujer como instrumentos para dañarla: los hijos, los padres, los animales, los bienes. Hay consciencia plena, hay elección, hay intención de causar un daño permanente e irreparable. Desde el punto de vista legal, eso es dolo —querer hacerlo—, eso a mi parecer la convierte en una de las formas más graves de violencia de género.

En el mundo: España la reconoció en 2017 y su experiencia dejó lecciones muy duras sobre lo que pasa cuando el Estado no actúa a tiempo. México avanzó después, con resultados desiguales. Costa Rica llegó en 2025, más tarde, pero con una ley técnicamente sólida y con un alcance más amplio que muchas legislaciones comparadas.

En 2023, leí una noticia que, en Heredia, un hombre intentó matar al hijo de su pareja frente a ella, con la clara intención de dañar a la madre. El hecho ocurrió y quedó documentado, pero no pudo juzgarse como violencia vicaria porque la figura todavía no existía en la ley costarricense. El sistema no tenía palabras para describirlo con precisión. Esa es exactamente la brecha que esta ley vino a cerrar.

Más allá de los hijos: todo lo que también protege la ley

Mucha gente asocia la violencia vicaria únicamente con el daño a los hijos. La ley costarricense va mucho más lejos: protege también a padres, hermanos, parientes cercanos, personas que dependen económicamente de la víctima, animales de compañía y bienes materiales. Y aquí aparece uno de sus vacíos más serios: en Costa Rica la expresión "animal de compañía" no tiene definición legal propia para efectos penales. Lo que existe apunta a animales de asistencia vinculados a personas con discapacidad. El derecho penal no permite ampliar ese concepto por interpretación. Resultado práctico, cuando el agresor mata al perro o al gato de la víctima para hacerle daño, la ley puede no tener nada que decirle. Una promesa que el ordenamiento jurídico vigente, por ahora, no puede cumplir.

Los menores y la responsabilidad parental: una novedad que importa

Uno de los avances más relevantes de esta ley, especialmente desde el derecho de familia, ahora en el Código de Familia. Una sentencia firme por violencia vicaria puede llevar a la pérdida o suspensión de los atributos de la responsabilidad parental del agresor. Esto no existía antes con esta claridad. Y algo significativo es que los señores y señoras diputadas tuvieron el acierto de incluir una tutela esencial: el juzgador debe valorar el interés superior del menor en cada caso concreto, sin automatismos. Porque quitarle a un menor el vínculo con uno de sus padres puede, en ciertos casos, causarle un daño comparable al que se quiere evitar. Es una herramienta poderosa que exige criterio técnico y sensibilidad judicial, pero que pone por fin al sistema en condiciones de responder donde antes no podía.

La indignación que llega tarde

Con frecuencia en redes sociales o en conversaciones diarias se critica como "excesivo" que un juez aplique medidas especiales de protección a favor de una mujer en riesgo. Se habla de leyes "solo para mujeres" y de recursos mal usados. Esas mismas voces suelen guardar silencio cuando una mujer es asesinada, o muestran una solidaridad que desaparece apenas pasa la noticia. Los datos no dejan espacio para la duda: las mujeres siguen siendo las principales víctimas de este tipo de violencia —y muchas otras—. Sin embargo, incluso esos datos dejan por fuera una realidad silenciosa: muchos casos nunca llegan a la justicia ni son reportados por distintas razones, por lo que permanecen invisibles y no forman parte de esos “números”, en números que no tienen comparación. Molestarse porque un juzgador protege a una mujer viva, y conmoverse solo cuando ya está muerta, es una contradicción que este país debería tener el valor de nombrarse a sí mismo, antes de escribir un comentario que no tiene ningún sustento ni visión.

Una ley sin reglamento: el compromiso que no llegó

La ley entró en vigencia el 29 de enero de 2025. La propia norma le dio al Poder Ejecutivo seis meses para reglamentarla. Ese plazo venció en julio de 2025. Hoy, mayo de 2026, el reglamento sigue sin existir. Los operadores judiciales aplican una ley nueva, sin reglamento, sin protocolo y sin jurisprudencia consolidada. Es decir, navegan a criterio propio en uno de los temas más delicados del derecho de familia y de género.

Esta ley no nació de un debate académico. Nació del dolor de mujeres reales, de hijos que fueron usados como armas, de mascotas que pagaron culpas ajenas. Honrarla con un reglamento, con recursos y con voluntad política no es un favor que el Estado le hace a las mujeres. Pero también requiere conciencia ciudadana: que se conozca la ley, se comprenda y procure no llegar nunca a ejercer las conductas que esta busca prevenir y sancionar. Es la deuda mínima que una sociedad tiene con quienes ya sufrieron lo suficiente para que otros no tengan que hacerlo. Siempre hablamos de estas leyes como si protegieran a personas lejanas o extrañas. Pero en cualquier momento esas extrañas se convierten en nuestras madres, hermanas, hijas, amigas, compañeras de trabajo. La urgencia no debería necesitar de una tragedia cercana para volverse real.