Hoy me detengo a agradecer haber elegido la enfermería como vocación. Es una profesión que permite convivir con lo bueno, lo malo y lo feo, y que obliga a sentir con intensidad cada uno de esos rostros del cuidado.
Lo bueno: la satisfacción por compasión. Esa gratificación profunda que nace de cuidar desde la empatía y el compromiso, de entrar a una habitación y brindar atención como si se tratara de un ser querido. Esa conexión humana que busca aliviar el sufrimiento y procurar bienestar. Quienes trabajamos con niñas y niños sabemos de esa fuerza inexplicable; la creatividad, ternura e impulso, que nos empuja a entrar voluntariamente en su dolor para acompañarlos.
Lo malo: la fatiga por compasión. El desgaste emocional de exponerse día tras día al sufrimiento ajeno. He vivido jornadas en que el corazón pesaba demasiado: despedir a jóvenes al inicio de su vida se volvía rutina y aun así debíamos “ser profesionales”. Tuve la fortuna de contar con compañeras que me recordaron que sentir tristeza o impotencia no nos hace menos profesionales, nos hace humanas; compartir emociones y sostenernos mutuamente es parte del cuidado.
Lo feo: el burnout. El síndrome del cuidador quemado desconecta a quienes cuidan, erosiona la empatía y deteriora los sistemas de salud. Surge lentamente a través de turnos interminables, atender decenas de pacientes por jornada, presión institucional y, en ocasiones, malos tratos de usuarios o jefaturas. ¿Cómo permanecer en una profesión que se ama cuando el sistema parece conspirar en contra? Las cifras hablan: en Costa Rica hay cerca de dos profesionales de enfermería por cada mil habitantes, cuando la OCDE recomienda alrededor de nueve.2 Esa brecha implica sobrecarga, agotamiento y riesgo de apatía y deshumanización del cuidado.
Esto no justifica los malos tratos que algunos usuarios denuncian; simplemente exige mirar la realidad con honestidad. Detrás de muchos profesionales exhaustos hay sistemas que han normalizado el cansancio extremo y el sacrificio permanente.
En este Día Internacional de la Enfermería, más que elogios simbólicos, necesitamos acciones concretas; es decir, cuidar a quienes nos cuidan mediante ambientes laborales saludables, apoyo psicosocial, salarios justos, recursos suficientes y reducción de la sobrecarga. Devolver la chispa y la pasión a quienes han sobrepasado sus límites no es solo justicia y dignidad profesional, es invertir en la salud colectiva.
Porque nadie debería perderse a sí mismo para poder cuidar a otros.
