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Un espectro recorre Zapote: el fantasma del comunismo

A inicios de esta semana, el rector de la Universidad de Costa Rica publicó una carta abierta defendiendo la necesidad de la filosofía, el arte y las ciencias sociales en la educación superior. La jauría de las redes sociales saltó de inmediato a rebuznar el viejo dogma de que pensar no sirve para nada. Lo irónico es que, solo unas horas después, la propia presidenta Laura Fernández les dejó en silencio en su conferencia de prensa semanal, demostrando que la filosofía y los conceptos filosóficos no sólo son útiles, sino que son parte del eje central de su estrategia de gobierno. O, al menos, de sus berrinches.

Ante el inminente y merecido entierro del expediente 23.414 (la pretendida Ley de Armonización del Sistema Eléctrico), la presidenta no solo retiró el proyecto, sino que decidió ponerse “filosófica”. Para atacar al Frente Amplio y a Liberación Nacional (responsables de que su propuesta de 38 páginas no pasara de la categoría de borrador), Fernández recurrió al lenguaje marxista. Sí, leyó bien: la presidenta invocó al fantasma de Karl Marx.

La pobreza filosófica de la presidenta

Intentar equiparar a la oposición actual con el "fantasma del comunismo" (ese que Marx y Engels describieron en 1848) delata una pobreza teórica preocupante para quien, según los registros, se graduó con honores de la Maestría en Ciencias Políticas de la UCR. Doña Laura: el comunismo es un sistema socioeconómico, no un sinónimo para "la gente que no vota lo que yo quiero".

Resulta providencial repasar una de las preguntas con la que abre el Manifiesto Comunista: “¿Qué partido de oposición no ha sido motejado de comunista por sus adversarios gobernantes?”. Marx, con un humor que ya quisiera el Ejecutivo, anticipaba la pirueta discursiva de la clase política mediocre: cuando se acaban las ideas y los datos técnicos, se recurre al espantapájaros ideológico. En el diccionario de Zapote, el "comunismo" funciona como un significante vacío: un insulto comodín que sirve para armar bronca en redes -la única bronca que se han podido comer-, pero que evita discutir por qué el proyecto eléctrico de Casa Presidencial representaría una debilitación sin precedentes de nuestro sistema eléctrico.

La presidenta no sólo se equivoca en su débil exégesis marxista, sino que devela el síntoma de un estilo de gobernanza cada vez más evidente: la pretensión de mandar sin contrapesos. A poco menos de un mes de asumir el poder, Fernández dibuja su gestión no como una ruptura, sino como una réplica desteñida del estilo confrontativo de su predecesor, bajo la premisa de que quien no se pliega al Ejecutivo es un enemigo de la patria y merecen ser llamados “vagabundos”.

El problema ideológico de la presidenta

El segundo problema de la mandataria se relaciona con otro concepto medular: la ideología como falsa conciencia. Fernández confunde la ideología opositora con el marxismo, olvidando que la estrategia del miedo que hoy ejecuta con tanto entusiasmo es un plagio descarado de las viejas mañas de Liberación Nacional, a quienes hoy acusa de rojos.

En 2007, fue el propio PLN el que utilizó el fantasma del comunismo para promover el TLC con Estados Unidos. El tristemente célebre Memorándum de Kevin Casas instruía textualmente:

Hay que restregar por todas partes la conexión del NO con Fidel Castro y Ortega, en términos bastantes estridentes (...) puede tener un impacto considerable entre la gente más sencilla”.

La paradoja es mayúscula: la presidenta Fernández acusa de comunistas a los herederos de la misma receta propagandística que ella copia al pie de la letra. Al carecer de rigor, el epíteto se reduce a un placebo para su base electoral, un intento de mantener viva la antorcha de la polarización para que nadie note el vacío de propuestas. ¿Será que la comunista es ella, que socializa las tácticas del adversario?

La filosofía política de la presidenta

Si bien la presidenta no parece haber revisado con rigor los conceptos que arroja, el acervo intelectual marxista sí es sumamente útil para describir la naturaleza de su administración. Decía Marx que “el gobierno del Estado moderno no es más que un comité que rige los intereses colectivos de toda la clase burguesa”. La frase calza con precisión quirúrgica en un Ejecutivo que hoy lamenta el naufragio de un proyecto de ley enfocado en la apertura y reestructuración del mercado eléctrico para el beneficio de agentes privados.

El oficialismo ha sido incapaz de articular razones técnicas o sociales de peso en favor del proyecto, evadiendo sistemáticamente el debate sobre los sectores privados y las élites políticas tradicionales que se verían beneficiados. El discurso de la "ruptura" y el "cambio" se desmorona cuando la práctica legislativa busca forjar un modelo económico a la medida de los mismos de siempre.

Evidentemente no. Tampoco lo es el Frente Amplio y, muchísimo menos el PLN. Las y los costarricenses merecemos un debate público que supere el nivel de una sección de comentarios de TikTok. Pero en la era de la post verdad y los "hechos alternativos", pedir rigor conceptual es una solicitud que parece un lujo. El fantasma del comunismo solo asusta a los que siguen engañados por dicotomías anacrónicas. A la presidenta, por su parte, le queda una tarea urgente si quiere seguir citando filósofos en televisión nacional: aprender a filosofar.