Cada Semana Mundial de la Inmunización nos recuerda un hecho incuestionable: las vacunas protegen a millones de personas cada año y benefician a todas las generaciones. En los últimos 50 años, los programas de inmunización han salvado al menos 150 millones de vidas en el mundo, consolidándose como una de las intervenciones de salud pública más costo-efectivas, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pero el desafío actual no es solo sostener lo logrado, sino ampliar la inmunización a lo largo del curso de vida. El envejecimiento poblacional, el aumento de las enfermedades crónicas no transmisibles y la persistencia de enfermedades respiratorias prevenibles exigen una mirada de prevención continua.
Las infecciones de las vías respiratorias inferiores (IVRI) siguen siendo una causa relevante de mortalidad, pues, solo en 2023 se estimaron 2,5 millones de muertes asociadas a esto. Además, su impacto no se limita a personas previamente sanas. La evidencia muestra que influenza, neumonía neumocócica, COVID-19 y el virus respiratorio sincitial (VRS) pueden agravar o acelerar enfermedades crónicas como la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC), asma, enfermedad cardiovascular o insuficiencia renal o hepática, elevando hospitalizaciones, discapacidad y costos para los sistemas de salud. El envejecimiento poblacional eleva el riesgo de estas afecciones, lo que enfatiza la necesidad de fortalecer la vacunación en adultos para prevenir complicaciones graves y reducir el impacto en los sistemas de salud y la economía global.[iv],
Invertir en vacunación constituye una estrategia sólida tanto desde el punto de vista sanitario como económico. La OHE estima que, por cada dólar invertido en vacunación de adultos, la sociedad puede recuperar hasta 19 veces ese valor al considerar factores como el aumento de la productividad, menor ausentismo y menor presión sobre los servicios de salud. Si bien las enfermedades no transmisibles siguen siendo la principal causa de muerte y discapacidad y su carga crecerá si no se refuerza la prevención, integrar la vacunación de adultos en el manejo de enfermedades crónicas reduce costos evitables y fortalece la resiliencia de los sistemas frente a futuras crisis.
Aún con esta evidencia, persisten obstáculos como la desinformación, la apatía, las barreras de acceso y la baja confianza que limitan las coberturas de vacunación, especialmente en adultos. Por eso, priorizar la vacunación a lo largo de la vida es una respuesta concreta para proteger la salud, reducir inequidades y fortalecer economías: implica reconocer su valor social, combatir la desinformación con evidencia y diseñar estrategias que lleguen a quienes más lo necesitan. La historia demuestra que las vacunas salvan vidas no por accidente, sino porque sociedades enteras deciden invertir en prevención y actuar colectivamente.
Hoy más que nunca, priorizar la vacunación a lo largo de la vida implica reconocer su valor social y económico, combatir la desinformación con evidencia y diseñar estrategias que lleguen efectivamente a las poblaciones que más lo necesitan. No dejemos esta responsabilidad solo en manos de unos pocos: es momento de actuar juntos, de sumar voces y esfuerzos por una vacunación universal que marque la diferencia para generaciones presentes y futuras. ¡Es nuestro deber, nuestra oportunidad y nuestra promesa colectiva!
