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Reseña crítica de Cadáver exquisito, de Agustina Bazterrica

La novela Cadáver exquisito fue publicada en 2018 por la editorial Alfaguara, luego de que su autora, Agustina Bazterrica (Buenos Aires, 1974), ganara el premio Clarín de novela 2017. Desde entonces ha cosechado un éxito fenomenal —más de un millón de copias vendidas— y ha sido traducida a más de 30 idiomas. Y no es para menos.

La novela relata un futuro donde un virus ataca a los animales y vuelve su carne incomible: el menor contacto con los animales, hasta con la cuita de un pájaro, conlleva la muerte. Una muerte que nunca vemos y que es altamente dudosa. Cuando los animales dejan de ser fuente de alimento, lejos de avanzar en una muy posible dieta vegetariana o vegana, se legaliza el comercio de carne humana. Una curiosidad: nunca se habla de esa opción en la novela.

Las personas, sobre todo las de más recursos, deseaban carne y eso obtuvieron. Se crean criaderos de “cabezas”, como les llaman a los humanos para consumo; algunos se modifican genéticamente para que crezcan más rápidamente; otros, más caros, se crían en su tiempo normal; se les cortan las cuerdas bucales para que no se comuniquen y no se socializa con ellos; se establecen nuevos cortes, nuevas industrias, nuevas religiones, nueva legislación, nuevas formas de enterrar a los seres queridos para que no se los roben y terminen en el nuevo mercado negro, nueva forma de hacer medicinas, etc. Humanizar a las “cabezas” y tener un trato con ellas que no conlleve verlas como carne se convierte en un delito que se paga con la muerte en el matadero municipal, y ser luego vendido como carne de baja calidad.

La novela puede resultar grotesca para algunos por la naturaleza de lo narrado: es narrar, con personas, lo que se les hace a los animales de consumo hoy en día y que, por especismo, ahora nos parece repulsivo y escandaloso. Aturdir a un cerdo con una maza para luego destazarlo no escandaliza, pero ahora es un ser humano.

Pero también puede resultar grotesca por el tono y la forma burocrática en que se narra, y por el aire de desencanto y falta de esperanza en que se narra todo. No hay críticas posibles —voces sí, hubo, apagadas o poco escuchadas—; todo el mundo sabe que las élites que inventaron —que quizá sea falso— ese virus triunfaron: si ya lograron comerse a las personas, ya lograron todo, no hay nada que hacer.

Los poderosos siempre se mantienen, más abiertamente, menos hipócritas. Y han surgido otros nuevos en esa industria que alimenta a los de siempre, unos que siempre desearon eso. La novela presenta su tesis de forma explícita en muchos párrafos: ahora se comen a los seres humanos, pero antes hacían lo mismo, solo que de otras formas. El virus llevó a matar a todos los animales; vendían kits para que uno mismo durmiera a sus propias mascotas, bajo penas graves de no hacerlo. Es decir, primero lograron que todos maltrataran y tomaran las vidas de seres que amaban; luego vino la idea de la carne humana. Casi como una preparación para disminuir la empatía. Le llamaron la Transición a aquella etapa. Todos colaboraron: universidades, medios de comunicación, las voces críticas se fueron apagando y hoy es delito mortal tan solo llamarle humano a una res. O llamarle asesinato; no lo es, es faenar.

La novela es una crítica brutal a la sociedad actual —y a la futura—, al capitalismo, al especismo, a la burocracia y la falta de empatía, que se expresa desde el nivel familiar hasta el estatal. Algo curioso es la aparición de personajes extranjeros dirigiendo esa industria: un japonés en una curtiembre, un alemán en un criadero, un rumano. Resulta llamativo y alegórico. No faltan, por supuesto, los actores locales, pero aparecen poco o nada. Se sabe que están ahí, pero no figuran.

El personaje central que sigue la novela es Marco Tejo, encargado del frigorífico Krieg, a quien seguimos en sus diferentes labores: atendiendo al señor Urami en la curtiembre, a un alemán en un criadero del Gringo, a un rumano en el Coto de Caza, a una mujer y su sospechoso asistente en una carnicería de alta gama. Será precisamente el Gringo quien le regalará una cabeza PGP —primera generación pura, la carne más fina—, pero viva, para que la faene el mismo Marcos. Pero Tejo no está para eso luego de la muerte de su hijo bebé. La llegada de la cabeza agita las ya turbulentas aguas dentro de él.

Narrativamente la novela es atractiva, pero carece de un evento central fuerte, un evento que desarrolla y motiva otros eventos hasta el final. La novela parece estar siempre a la espera de que suceda algo radical que convierta a Marco Tejo en héroe o mártir, pero ese momento nunca llega. La novela nunca desarrolla lo que se espera, y tiene todo el sentido del mundo en ese mundo. El final más bien nos tira a la cara esa realidad, con crudeza infinita… no, infinita no, con la crudeza propia, normal y cotidiana de un mundo donde se crían humanos como ganado.