Imagen principal del artículo: Repensarnos el propósito del deporte en Costa Rica

Repensarnos el propósito del deporte en Costa Rica

Repensarnos el deporte en Costa Rica. El casi religioso argumento del deporte como herramienta de transformación del ser humano y de escalamiento social a partir de las políticas públicas que se implementan en el país.

El cambio de los Juegos Deportivos Nacionales (JDN) a cada dos años me pareció, en ese sentido, un inicio interesante y valioso para reformular la discusión. Aunque no cuestiona el fondo filosófico de “qué es lo que queremos del deporte en Costa Rica”, entiendo, como administrador de lo público, que podría tener sentido.

Partiendo de este pensamiento, derivado de la breve explicación de la nota en Delfino.cr, manifesté mi posición en dicha publicación. Me tomó por sorpresa la cantidad de insultos que aparentemente cometí al valorar de forma positiva este ajuste al sistema, aun cuando en esas mismas publicaciones explicaba los motivos por los cuales percibía el cambio como algo positivo para el deporte. Este revuelo me volvió, aparentemente, todo menos amigo del deporte.

Ciertamente, los cambios en el deporte es algo de lo que se habla en privado. Muchas veces sabemos qué es lo correcto, pero también sabemos que la población no está lista para escucharlo. Se vuelve difícil discutir de forma horizontal con los políticos y, mientras se siga hablándole al oído a la gente con aquello que quiere escuchar, seguiremos viviendo la fantasía de cambios que nunca van a pasar.

Pero retomando mis motivos deportivos, tengo razones suficientes para pensar que el deporte en el país está en crisis. Debemos revalorar si su razón de ser debe seguir argumentándose desde la competitividad internacional, el asunto de logros y medallas como si todavía estuviéramos en la Guerra Fría exaltando los logros de nuestro sistema mediante la financiación de atletas de élite, o si más bien debiéramos buscar un equilibrio entre lo deportivo y lo recreativo cuando el financiamiento es público.

¿Cuál debería ser el fin último de nuestro deporte? ¿Cómo lo logramos? ¿Y cómo lo evaluamos?

Yo tengo muy clara mi postura. En agosto de 2008 fundé un deporte alternativo que hoy todavía existe, sin mayor interés que compartirlo y disfrutarlo. Con mis pocos centavos de adolescente lo promoví en el Parque La Sabana, sin que el ICODER llegara a recibirme en ninguna ocasión; lo único que pedíamos eran dos metros cuadrados para almacenar implementos.

Terminamos trasladándonos a las instalaciones deportivas de la UCR, donde nos prestaron un lote mal chapeado para practicar. Sin embargo, poco tiempo después nos quitaron el espacio. Nos dijeron que un deporte que no ganaba medallas no podía tener cabida, a pesar de que el lugar que utilizábamos estaba en desuso.

Así, de un lugar a otro, nació recientemente (2025) la Asociación Deportiva Jugger, ya sin mi vinculación directa, pero como consecuencia de un proceso iniciado hace 18 años. De esa experiencia rescato haber participado en torneos internacionales en Irlanda, Colombia, Argentina y Alemania, sin pedirle ni pretender ninguna asignación presupuestaria del Estado.

Desde entonces y hasta la fecha he sido esgrimista aficionado, disciplina que desde hace muchos años ha sido desplazada en los JDN, a pesar de ser el primer deporte de Costa Rica en participar en unos Juegos Olímpicos, en Berlín 1936.

En 2023, en medio de un profundo desastre político-administrativo del Comité Cantonal de Deportes y Recreación (CCDR) de Curridabat, decidí involucrarme y fui electo vicepresidente. Durante ese año conocí personas con muchísimo compromiso por sacar adelante el deporte y la recreación en el cantón. Sin embargo, con el paso del tiempo y el poco apoyo administrativo, apenas logramos construir una hoja de ruta. Hoy, entre disputas políticas y malas gestiones, el sistema sigue paralizado: seis años sin ofrecer deporte y recreación dignos en nuestro cantón.

Pero también me dio la oportunidad de descubrir que no éramos los únicos. La gestión deportiva en muchos CCDR suele ser deficiente. En ese mismo sentido participé en distintas actividades con diputados y el Icoder, en las que se proponían ajustes a la normativa que rige los comités cantonales.

Hoy reafirmo mi postura: el modelo, aunque bien intencionado, no es efectivo ni eficiente. Tampoco logra un mayor alcance en los JDN, que anualmente terminan realizándose a la carrera y que, en muchos cantones, apenas cuentan con dos o tres participantes, pero sí con numerosos funcionarios.

En Curridabat estamos dando la lucha por cambiar eso. Logramos atraer el Mundial Juvenil de Esgrima, del cual saldrán futuros grandes atletas olímpicos; construimos el primer Parque Deportivo, La Lía —hoy el parque más activo del cantón—; y logramos regularizar un departamento de deportes que encontramos sin propósito, sin norte, sin jefatura y sin objetivos claros.

Queda muchísimo por hacer. Debemos mucho. Pero veo unos JDN poco preparados, que podrían incluso retroceder, y también veo un Midepor y un Icoder que tienen la oportunidad de replantear la gestión deportiva y proponer una gran “R” de Recreación: no solo para jóvenes, medallas y victorias, sino para construir una sociedad física y mentalmente más saludable.

Ojalá que estas decisiones políticas realmente saquen a los jóvenes de las calles y a los adultos mayores de las casas, que la competencia no sea el centro del espíritu deportivo si no la sana convivencia.