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Peaky Blinders: The Immortal Man, el corazón como músculo de la eternidad

El tiempo es un animal extraño. Cuando uno cree que se ha asentado, agita lo que se mantenía sereno. Su naturaleza de laberinto hace que sea difícil saber dónde empieza o dónde termina. Creo que por eso hay quienes piensan que el tiempo es una línea; con inicio, desarrollo y final. Entenderlo de esa forma es simple. Pero otros lo ven más bien como un círculo, una serie de repeticiones y constante reiteración. Lo cual suena natural, también.

Y eso es, en síntesis, lo que nos presenta Immortal Man, la película que cierra con broche de oro más de una década de Peaky Blinders. Y no es poca cosa.

Porque si lo pensamos, estamos ante una batalla teológica. Un debate ancestral. La lucha por definir el tiempo —como línea o como círculo— lleva incomodando nuestra mente más de 3.000 años.

Así, muchas personas que se apegan a la modernidad construyen su vida pensando que el tiempo no rehace lo que perdemos. Yo, por el contrario, creo que el corazón es herético y sí repite.

Immortal Man, por lo visto, se decanta también por esa idea cíclica. Todo regresa; los recuerdos, los sueños, los fantasmas, las personas, los amores. El alma palpita en ciclos.

Para Tommy Shelby ya han transcurrido 13 años desde aquella mítica primera temporada de Peaky Blinders, y fieles a ese mito, muchas cosas regresan. Regresa la música como el himno de Peaky “Red Right Hand” —aunque, en realidad, nunca se fue—, una maravilla compuesta en 1994 por Nick Cave and the Bad Seeds, que ha sido versionada por diferentes artistas a lo largo de la serie. Y también tenemos nuevos aportes como un “Teardrop” (original de Massive Attack) reinterpretado de forma soberbia por Girl In The Year Above.

Por si fuera poco, regresa la guerra, pero ya no la Primera, sino la Segunda (y acá nosotros, fuera de la pantalla, rogando que no nos llegue una Tercera). Y regresa la familia Shelby, o lo poco que queda de ella. Incluso Tommy vuelve otra vez a los túneles, aquellos que habitó cuando solo tenía la compañía de su hermano Arthur —lejano ha quedado ese compañero de aventuras—, y que le hicieron quedarse anclado en la oscuridad y el dolor.

La película es, realmente, una recompensa para quienes han estado desde el inicio, pero, como ya se dijo, si el tiempo se mueve en círculo, no existen finales ni inicios, sino vueltas a empezar otra vez.

La inmortalidad no se logra al quedarse estático en el río de la historia, sino en navegarlo. Y claramente a esa inmortalidad le ayuda que Cillian Murphy, acompañado por Rebecca Ferguson y Barry Keoghan, estén ahí para impulsarla. Ellos la custodian y abren la puerta a la nueva generación de Shelbys para las próximas temporadas, ambientadas en los años 50.

Pero, cabe recordar que antes de que nazca una nueva generación, otra debe presentar una retirada a modo de ofrenda. No se abre una puerta sin antes cerrar la anterior. Como el tiempo, circular. Como el mito, que reclama equilibrio, ritos y oblación.

Y la liturgia de Tommy Shelby es de orden funerario; un cierre —cerrar una puerta para abrir otra—. Él ha decidido, ejerciendo su voluntad, que la vida es soledad y partida... lamentablemente, la vida no está muy de acuerdo.

Algunas personas se retiran y se alejan porque buscan hacer un nuevo inicio. Pueden refugiarse en su arte, en su jardín, en la seguridad de lo privado; pero aun así, el amor se las ingenia para encontrarles, a veces veinte años después. El amor también insiste en volver.

Porque podemos pensar que las cosas del pasado están más que cerradas, pero sorprendentemente se vuelven a abrir. Las puertas de la vida no tienen cierre hermético ni llave de doble paso.

¿Cómo te puedes apartar o desconectar si la persona de quien huyes te llega a buscar en tus sueños, te habla, la sientes?

Irse no siempre es dejar de ocupar un lugar. A veces se puede haber perdido a alguien y seguirle buscando, amando. Como si el tiempo no hubiera concluido, sino que simplemente hubiera dado una vuelta.

El tiempo, como claramente se ve, debería ser un círculo. Un círculo grande, “con el centro en todas partes”, en todas las personas; entonces, a final de cuentas, la inmortalidad radicaría en permanecer en la esencia de los otros, donde una vez estuvimos. Cada ausencia promete un regreso, porque sea cual sea la forma del tiempo, siempre insistimos en volver a los corazones.