Existe una palabra que la biología le prestó a la filosofía social y que, mirada con detenimiento, revela algo profundo sobre la paz: homeostasis. No como equilibrio estático, sino como la capacidad viva de un sistema para recuperarse cuando algo lo perturba.
La imagen es sencilla y poderosa: una esfera en el fondo de una concavidad vuelve siempre a su lugar de reposo, sin importar en qué dirección se la empuje. Los seres vivos tienen esa pulsión. Y los grupos humanos, por analogía fascinante, también.
Antes de hablar de naciones o ecosistemas, la paz estratégica tiene una dirección primera: hacia adentro. El cuerpo humano trabaja permanentemente para sostenerse, repararse, reequilibrarse. Eso ocurre sobre todo mientras dormimos: la neuroplasticidad restaura sinapsis, los tejidos se renuevan, el sistema nervioso procesa las experiencias del día. Quien descuida esa base —quien no duerme bien, no se alimenta, acumula conflictos sin procesar— va erosionando su capacidad de estar presente en el mundo.
La estabilidad interior no es un lujo. Es la condición de posibilidad para todo lo demás. Sin ella, los recursos disponibles —tiempo, energía, atención— se consumen en mantener lo urgente y nunca alcanzan para construir lo importante.
Esa misma lógica opera en los grupos. Cuando dos personas de un equipo de cinco creen que algo es imposible, no arrastran por fuerza a los otros tres hacia el derrotismo. Con frecuencia ocurre lo opuesto: los demás buscan de manera activa las posibilidades que los primeros no ven. El grupo se autorregula, sanando heridas, moderando extremos, devolviendo la temperatura al punto de equilibrio, sin que nadie lo haya acordado.
Esto importa porque la paz entre personas no es la ausencia de tensión sino la existencia de recursos colectivos suficientes para absorberla. Y esos recursos se construyen: con comunicación, con confianza, con la disposición —difícil pero no imposible— de querer el bien del otro.
La polarización, en cambio, es lo contrario de la homeostasis. Es una política de choque que necesita fabricar el problema antes de ofrecer la solución, que convierte la fricción en combustible para agendas que no tienen al bien común en la mira. El costo es más que social: es energía que se destruye, oportunidades que se pierden, futuro que se le roba a quienes aún no nacieron.
El tercer nivel es el más amplio y, quizás, el más urgente. La metáfora de la rana en agua que se calienta lentamente describe con exactitud el momento climático que habitamos: los cambios son graduales, los puntos de no retorno se cruzan sin que suene ninguna alarma, y cuando el calor resulta intolerable, la capacidad de saltar ya se ha perdido.
Pero Costa Rica ofrece algo valioso: la demostración de que los procesos de larga duración funcionan. La decisión de empezar a reforestar hace medio siglo, de abolir el ejército hace casi ochenta años, produjo una cultura que hoy respira diferente. No porque ocurrió un milagro, sino porque alguien sembró lo que no iba a cosechar.
Eso es la paz estratégica en su sentido más pleno: incorporar el largo plazo en las decisiones del presente. Proteger los mantos acuíferos hoy, aunque el agua aún llegue al grifo. Conocer la biodiversidad para poder amarla. Aprender la paz —además de practicar la desmilitarización— para poder defenderla.
El ser humano, el grupo, la nación, el ecosistema: todos fractales de una misma lógica. La paz no se declara. Se construye desde adentro, se sostiene entre personas, y se hereda a la naturaleza.
Escuche el episodio 317 de Diálogos con Álvaro Cedeño titulado “Paz estratégica”.
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