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Nobleza obliga

Fue mi profesor de Derecho en el curso de Juicios Universales. Puntual, responsable, estudioso y comprometido con sus alumnos. Virtudes excepcionales en la mediocre Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica. Años después, ya siendo magistrado, me recibió en su despacho para atender una consulta profesional con la calidez humana del maestro que recibe a su alumno. De modo suave y pausado, siempre me prodigó un trato afable y de respeto.

Como juez, algún sector le reclama no haber estado a la par de los trabajadores. Sin embargo, tiene una carrera judicial de casi medio siglo sin faltas y sin cuestionamientos serios que me impiden, pese a haber discrepado de su labor como presidente de la Corte, no alzar la voz cuando se le llama “tonto” y “criminal” por un pachuco que, por meras coyunturas políticas, llegó a la Presidencia de la República. D. Orlando Aguirre Gómez puede ser cualquier cosa, menos tonto o criminal.

De él recuerdo su paso como jefe del Ministerio Público, como un fiscal general de la República absolutamente independiente y fiel a sus funciones. Nunca eludió sus responsabilidades y, cuando Liberación Nacional hacía con este país lo que le venía en gana, incluso en ese momento con más diputados que la presidenta chavista, no le tembló el pulso para hacer una acusación contra el entonces presidente en ejercicio, Luis Alberto Monge Álvarez, por otro escándalo más de corrupción, en esa ocasión el desfalco del Fondo Nacional de Emergencias.

Luego, como magistrado de la Sala Constitucional, ha alzado la voz en defensa de la Constitución y, en ese trance, del ambiente, del Estado de derecho y de los más altos intereses del país. Así como en los ochenta aquella acusación penal contra un presidente en ejercicio tocó poderosos intereses, como juez constitucional ha sido vilipendiado cuando, en apego a la carta magna, sus sentencias no complacen. De él se puede decir cualquier cosa, menos que sea “comunista”.

Me ha honrado con una relación de mucho respeto, pese a que critiqué no pocos aspectos de su ejercicio de la presidencia de la Corte. D. Fernando Cruz Castro se ha ganado que lo reconozcamos como un verdadero juez: ajeno al juego de los grandes intereses, imparcial y probo. Está por encima del lodo de alcantarilla con que lo quiso salpicar quien se pretende un felino poderoso, pero no es más que una alimaña que ha denigrado la Presidencia de la República.

En reciente sesión de Corte Plena, luego de los exabruptos del impresentable de Zapote, acudió D. Fernando en defensa no solo de D. Orlando Aguirre como persona, sino de la institucionalidad toda.

Que no ofrece una justicia pronta y cumplida, que mal administra los recursos que le damos los costarricenses; en fin, que es un fracaso total en su gestión esencial de administrar justicia, creo que nadie lo discute. Sin embargo, el sistema no se compone dinamitándolo o vilipendiando a sus integrantes. Echo de menos propuestas serias y solo observo la diatriba del populista, empeñado en complacer a sus acólitos con discursos huecos que se quedan en la oprobiosa forma que lo caracteriza.

Con todo, extraño la voz de los compañeros de Corte Plena de D. Orlando y de D. Fernando.

¿Dónde están los presidentes de las Salas? ¿Dónde está su compañera vicepresidenta? ¿Acaso son tan ingenuos de pensar que su silencio les traerá la gracia de la nueva Asamblea y logren una reelección? ¿Puede más su interés personal que el de la institución? ¿Acaso ya se creen parte de la nueva República?

Su omisión los delata, pero sobre todo hace de su inconducta una demostración clara de su mezquindad y de lo inmerecido del alto cargo que ostentan. Le exhiben a todo el país que sus compañeros jueces no pueden contar con ellos. El personal de la institución tampoco vale el riesgo de dar la cara. En fin, tal parece que ninguna nobleza los obliga…