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“No soy antisemita… pero”

Hoy nadie quiere ser antisemita. Y honestamente, qué bueno.

Ya entendimos —o al menos eso creemos— que odiar judíos no se ve bien. Después de todo, el mundo pasó décadas diciendo “nunca más” después del Holocausto, así que públicamente todos sabemos cuál es la respuesta correcta.

El detalle curioso es que vivimos en una época donde mucha gente asegura no tener ningún problema con los judíos… mientras siente una necesidad casi emocional de explicar por qué Israel sí le incomoda.

Porque aparentemente el problema nunca es “los judíos”.

No, claro.

El problema es “el sionismo”, “la geopolítica”, “la ocupación”, “el contexto histórico” o cualquier otra frase suficientemente sofisticada como para que la conversación suene intelectual y no incómoda.

Y sí, obviamente la política internacional se puede discutir. Israel no es perfecto. Ningún país lo es. Costa Rica tampoco. Y si vamos a hablar de incoherencias históricas, probablemente habría fila.

Pero hay algo extraño en cómo funciona la conversación sobre Israel.

Mucha gente que normalmente exige sensibilidad histórica para todas las minorías posibles pierde esa sensibilidad a velocidad récord cuando el tema involucra judíos. Ahí todo se vuelve “más complejo”, “más delicado” o “más debatible”.

Curioso, ¿no?

Porque el antisemitismo moderno rara vez se presenta diciendo: “hola, vengo a odiar judíos”.

Eso sería demasiado torpe para esta época.

Hoy funciona distinto. Mucho más elegante. Más académico. Más socialmente aceptable. Ahora puede disfrazarse de análisis político, activismo digital o indignación selectiva.

Y antes de que alguien se enoje: no, criticar al gobierno israelí no convierte automáticamente a nadie en antisemita. Eso sería absurdo. Criticar gobiernos es normal. Israel toma decisiones buenas y malas como cualquier democracia.

El problema aparece cuando Israel entra en una categoría especial donde ya no se critica únicamente lo que hace, sino constantemente su existencia, su legitimidad o incluso su derecho a defenderse de la misma manera que cualquier otro país.

Ahí la conversación cambia.

Porque una cosa es decir: “no estoy de acuerdo con esta política”.

Y otra muy distinta es actuar como si Israel fuera el único país del planeta obligado a justificar permanentemente su existencia.

Y sí, vale la pena preguntarse por qué pasa eso.

Tal vez porque el antisemitismo nunca comenzó con violencia directa. Antes de llegar a los extremos, siempre hubo algo más silencioso: la normalización de ciertas ideas.

La historia europea está llena de ejemplos.

El rechazo hacia los judíos no comenzó con campos de concentración ni con soldados marchando. Empezó mucho antes, en conversaciones normales. En comentarios “razonables”. En ideas repetidas tantas veces que dejaron de parecer prejuicios y comenzaron a sentirse como sentido común.

Primero vino la distancia, después la sospecha, y después la deshumanización.

La historia rara vez entra rompiendo la puerta. Normalmente toca primero de manera muy educada.

Y quizá por eso esta conversación sigue siendo tan necesaria hoy.

Porque vivimos en una época donde mucha gente forma opiniones históricas complejísimas viendo videos de 45 segundos en TikTok y luego habla como si acabara de terminar una maestría en Medio Oriente.

Todo tiene que ser inmediato. Todo debe tener buenos y malos absolutos. Todo debe caber en una publicación de Instagram.

El contexto ya casi no interesa. La historia aburre. La profundidad cansa.

Pero el problema es que los conflictos reales no funcionan así.

Israel no apareció mágicamente en 1948 porque un grupo decidió inventarse un país una tarde aburrida. El vínculo del pueblo judío con esa tierra tiene miles de años de historia, memoria, expulsiones y persecuciones detrás.

Y no, reconocer eso no obliga a estar de acuerdo con todas las decisiones del gobierno israelí. Otra vez: una cosa no cancela la otra.

Pero pareciera que hoy mucha gente cree que, si reconoces el derecho histórico del pueblo judío a existir, automáticamente te conviertes en vocero oficial del gobierno israelí.

Como si el mundo funcionara únicamente en extremos.

Y ahí aparece otra contradicción interesante, especialmente dentro del mundo occidental.

Gran parte de Occidente habla constantemente de memoria histórica, derechos humanos y dignidad de los pueblos. Y eso está bien. El problema es que esos principios parecen aplicarse con entusiasmo desigual dependiendo de quién sea el protagonista de la historia.

Porque cuando se trata de Israel, muchas veces la conversación deja de ser equilibrada y empieza a funcionar bajo un doble estándar bastante evidente.

Israel es analizado, juzgado y cuestionado con una intensidad que rara vez se aplica al resto del planeta. Países con historiales muchísimo más cuestionables logran pasar relativamente desapercibidos, mientras Israel ocupa titulares, debates y condenas permanentes.

Y no, señalar eso no significa negar el sufrimiento palestino ni ignorar la complejidad del conflicto. Precisamente el problema es reducir una realidad profundamente compleja a narrativas simples donde siempre existen héroes perfectos y villanos absolutos.

La realidad rara vez funciona así.

Pero quizá lo más interesante de todo esto es que muchas veces Israel incomoda no por lo que sabemos, sino por lo poco que realmente hemos cuestionado lo que creemos saber.

Porque todos heredamos ideas. Todos absorbemos narrativas culturales. Todos repetimos frases que alguna vez escuchamos sin detenernos demasiado a analizarlas.

Y ahí es donde esta conversación deja de tratar únicamente sobre Israel.

En el fondo, también habla de nosotros.

De cómo funcionan los prejuicios modernos. De cómo las sociedades aprenden a disfrazar ciertas intolerancias con lenguaje elegante. Y de cómo la indiferencia puede verse perfectamente racional mientras pierde poco a poco la capacidad de reconocer la humanidad completa del otro.

Porque sí, probablemente la mayoría de las personas diría sinceramente: “yo no soy antisemita”.

La pregunta más incómoda es otra: ¿estamos seguros de que sabemos cómo se ve el prejuicio cuando aprende a hablar de forma moderna, sofisticada y socialmente aceptable?

Porque la historia ya demostró varias veces que los prejuicios más peligrosos no siempre llegan gritando.

A veces llegan hablando con calma, usando palabras correctas… y convencidos de que están del lado correcto de la historia.