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No necesitamos que quemen los libros

Quienes han leído Fahrenheit 451 detenidamente se darán cuenta de que la mayor preocupación de Bradbury, dado el contexto social e histórico en que escribió el libro, no era el gobierno ni su censura, sino la televisión. Cuando el capitán Beatty le explica a Montag que nadie ordenó quemar los libros, sino que las personas simplemente dejaron de leerlos (por lo que se volvieron irrelevantes, luego molestos y finalmente peligrosos), queda retratada con claridad una sociedad que premia la velocidad y castiga la profundidad.

Fue por allá del 2020 cuando TikTok llegó para quedarse. En aquel momento apareció como una forma de relajarnos ante lo que el mundo entero vivía: la pandemia por COVID-19. Gracias a esto, las descargas de la aplicación se dispararon y enviaron a millones de usuarios en una espiral de dopamina que no ha terminado. Es gracias a creadores de contenido, con un talento milimétrico para la edición, que muchos gastamos horas sin darnos cuenta de que el mundo pasa a nuestro alrededor. Pero TikTok no es el problema real. Antes de TikTok ya había otras redes sociales que buscaban hacerse de un lugar en nuestro día a día y evitarnos el parpadeo constante mientras nuestros ojos se queman frente a la pantalla del teléfono.

Gracias a esta influencia, justo en este momento, millones de personas prefieren abrir sus redes sociales antes que un libro. Lo más preocupante no es que prefieran una sobre otra, sino que no se dimensiona ni se siente que se estén perdiendo algo importante. Y, como siempre, ya hubo un autor que escribió sobre esto y nos advirtió con puntos y comas que lo que más llamaría nuestra atención ante este fenómeno no es la censura (que ya de por sí se vive en algunos países con una marcada tendencia derechista) sino la apatía.

Hoy no necesitamos quemas de libros. Tenemos opciones más eficaces: el resumen de quince minutos o el video explicativo de la obra, en formatos que prometen el conocimiento sin la necesidad del esfuerzo. Hemos perdido la capacidad de sostener una idea compleja el tiempo suficiente para profundizarla de verdad.

Como ya lo he mencionado en otras columnas, leer no es solo leer. Es un ejercicio cognitivo. Es habitar en la mente otra historia con otras personas como protagonistas, en una estructura que no se resuelve en treinta segundos y que no tiene imágenes ya recreadas, sino que depende de nosotros y de nuestro esfuerzo generarlas. Cuando dejamos de leer no solo nos privamos de la oportunidad de disfrutar. También nos privamos de la oportunidad de pensar.

No era necesario predecir las redes sociales el siglo pasado. Con la simple existencia de la televisión, Bradbury logró ver hacia adelante a partir del comportamiento humano más básico: consumir rapidez. Usamos el teléfono para resolverlo todo — tanto, que sería una ironía perfecta que esta columna la estuvieras leyendo en el móvil. Setenta años después, la pregunta sigue en el aire: ¿estamos perdiendo la capacidad de leer con profundidad sin darnos cuenta? Esto, a todas luces, no es culpa del arte.