La inteligencia artificial ya cambió la forma en que muchos jóvenes estudian. Como docente universitario en economía y finanzas, he visto su lado más valioso: ayuda a investigar, ordenar ideas, mejorar la redacción y ampliar el aprendizaje. Pero también he visto su uso más inquietante: como atajo para resolver tareas, entregar trabajos o “pasar cursos” sin desarrollar criterio, comprensión ni pensamiento propio.
Ese riesgo no debería llevarnos a rechazar la tecnología. La inteligencia artificial puede ser una gran aliada del aprendizaje, siempre que no sustituya el esfuerzo intelectual, la reflexión crítica ni la formación del carácter. La verdadera pregunta no es si los estudiantes deben usarla, sino si los estamos formando éticamente para hacerlo bien.
Esa inquietud se ha reforzado en un curso de Ética y Responsabilidad Empresarial que llevo actualmente. Allí reaparece una idea que trasciende el mundo de los negocios y toca de lleno a la educación: si los jóvenes llegan a la universidad sin una base ética sólida para enfrentar dilemas tecnológicos, difícilmente verán la inteligencia artificial como una herramienta para aprender, crear y pensar mejor; más bien, tenderán a verla como un mecanismo para cumplir con el menor esfuerzo posible.
La inteligencia artificial dejó de ser un asunto del futuro. Ya está en la educación, el trabajo, las finanzas, la salud y la vida cotidiana. Puede redactar textos, resumir documentos, generar imágenes y automatizar procesos. Por eso, concentrar la discusión solo en su eficiencia o productividad es insuficiente. La pregunta de fondo es otra: ¿qué debemos hacer con ella? Porque no todo lo técnicamente posible es justo, conveniente o moralmente aceptable.
Aquí la ética vuelve al centro del debate, no como un adorno académico, sino como una brújula para decidir. Adela Cortina recuerda, en su conferencia “¿Para qué sirve la ética?”, que la ética tiene que ver con el carácter. Y eso es precisamente lo que está en juego: formar personas capaces de actuar con justicia, prudencia y responsabilidad en un entorno mediado por tecnologías cada vez más poderosas.
El desafío no es solo técnico, sino humano. La IA puede ayudar a aprender mejor, pero también facilitar el plagio; puede mejorar decisiones como la asignación de crédito bancario, pero también reproducir sesgos; puede acercarnos a más información, pero también amplificar desinformación, manipulación y exclusión.
Por eso, la respuesta educativa no puede ser ni la prohibición ni el entusiasmo ingenuo. Lo urgente es formar criterio: enseñar a usar la tecnología, pero también a cuestionarla, verificar fuentes, reconocer sesgos y entender que lo digital tiene consecuencias reales.
La UNESCO advierte que la inteligencia artificial puede transformar la educación y acelerar avances relevantes, pero también que la tecnología avanza más rápido que los debates públicos y los marcos regulatorios. Además, un mapeo internacional de currículos mostró que muy pocos países habían desarrollado o respaldado programas de IA para educación primaria y secundaria. La discusión ya comenzó en el mundo, pero sigue en una etapa temprana, y eso abre espacio para que Costa Rica construya una propuesta propia.
Hay, además, experiencias concretas para mirar. La OCDE y la Comisión Europea impulsan un marco de alfabetización en inteligencia artificial para orientar competencias y escenarios de aprendizaje. Singapur, por su parte, desarrolla su línea de Cyber Wellness para formar estudiantes como aprendices digitales responsables. La ética digital, por tanto, no debería verse como un tema marginal, sino como parte de la formación ciudadana actual.
Costa Rica podría incorporar estos contenidos relacionados con la ética de forma gradual en secundaria, no como una materia rígida, sino como un espacio formativo e interdisciplinario. Allí caben temas clásicos como dignidad, justicia, libertad, responsabilidad y bien común, pero también ciudadanía digital, privacidad, uso de datos, desinformación, reputación digital, sesgos algorítmicos y convivencia en entornos virtuales.
No se trata de sustituir la filosofía por tecnología, sino de conectarla con los dilemas reales que hoy enfrentan los jóvenes. Formar criterio implica formar personas críticas, libres, responsables y humanamente sensibles, no solo usuarias eficientes de herramientas digitales.
Costa Rica ha apostado históricamente por la educación como base de su desarrollo democrático y social. Por eso, fortalecer la formación ética en secundaria no sería un lujo académico, sino una inversión en ciudadanía para un mundo acelerado, complejo y saturado de información.
La inteligencia artificial puede responder más rápido, pero no asumir responsabilidad ni formar carácter. De ahí que el desafío educativo de nuestro tiempo no sea solo enseñar a usar nuevas herramientas, sino formar personas capaces de usarlas con sabiduría. Más tecnología exige más humanidad. Más inteligencia artificial exige más ética.
