¿Podremos ya respirar un poco más tranquilamente, o todavía no?
Una parte considerable de nuestros conciudadanos consideró que doña Laura es la persona indicada para asumir la enorme tarea que se avecina al frente de la presidencia de la República… ¡Qué inmenso honor, responsabilidad y privilegio recaen ahora sobre sus hombros!
Sin embargo, una vez superadas la algarabía electoral, las celebraciones y los inevitables protocolos, no queda más que volver a la realidad, poner los pies sobre la tierra y mirar de frente a este país que deseamos, y exigimos, que continúe siendo una nación privilegiada.
Sus propuestas para gobernar, razones por las cuales muchas personas marcaron su papeleta, debieron resultar persuasivas y convincentes, aunque no pocos sabemos que en múltiples ocasiones carecieron de suficiente concreción y descansaron, en buena medida, sobre la continuidad política de su predecesor. Esas propuestas ya no pueden permanecer en el terreno cómodo de las promesas de campaña ni diluirse en el olvido administrativo. Ahora corresponde transformarlas en acciones realistas, ejecutables, verificables y medibles. El país no soportaría otro período conflictivo como el que concluyó el 8 de mayo.
Ahora bien, aunque el resultado de la elección legislativa no haya sido el que esperaban, tampoco les cerró las puertas para impulsar aquello que consideren conveniente para el país. Por el contrario, el escenario político exige abandonar la confrontación permanente y desarrollar, con madurez y responsabilidad, el arte de la negociación democrática. Tampoco debe perderse de vista un dato incómodo, pero decisivo: cerca del 70% de los electores inscritos no votó por ella, así como el 52% de quienes sí acudieron a las urnas. Que no se olvide: fue electa por una mayoría minoritaria.
Le corresponderá trabajar intensamente, con seriedad, disciplina y empeño, para restablecer el respeto entre los poderes Ejecutivo y Legislativo, profundamente erosionado por las actitudes de su predecesor, varios ministros, ministras, diputados y diputadas que terminaron produciendo una legislatura improductiva, desgastada y vergonzosa, casi sin precedentes en nuestra historia republicana.
Entre sus tareas inmediatas, resulta imperativo, y estoy seguro de que lo sabe de sobra, que el país deje de perder tiempo y recursos en maniobras sesgadas destinadas a concentrar o perpetuar cuotas de poder, alimentar la inseguridad democrática o distraer la atención nacional con asuntos que terminan desplazando las verdaderas urgencias acumuladas que Costa Rica debe resolver de una vez por todas.
La verdad es que no se necesitan magia ni discursos grandilocuentes para identificar el orden de prioridades que exige atención inmediata: salvar a la CCSS y al sector salud; rescatar los regímenes de pensiones; enfrentar el desastre, deterioro y extravío del sistema educativo; sentarse a dialogar con seriedad para encauzar las relaciones y soluciones con el Poder Judicial, la Contraloría General de la República y el Ministerio Público, comenzando por respetar su institucionalidad. La inmunidad de funcionarios cuestionados, acosadores, o con causas legales abiertas no debería convertirse en una forma de servilismo protector, la construcción de redes de cuido político, ni mucho menos favorecer la continuidad de tendencias autocráticas.
¿Será necesario insistir en que es ultraurgente descongestionar el tránsito terrestre, reducir la inseguridad vial, las muertes en carreteras, retomar con decisión los proyectos de transporte ferroviario eléctrico y multimodal y considerar, sin temor, el uso estratégico del espacio subterráneo? Urge reordenar el territorio nacional; volver a asumir, con seriedad, la gestión del riesgo, explorar, rescatar y aprovechar racionalmente nuestros recursos del subsuelo y de una vez por todas, resolver el desastre ambiental y saqueo de nuestro oro en Crucitas y Conchudita, que continúan siendo heridas abiertas y vergonzosas para el país. Los ataques al ambiente y a los bosques deben cesar; deben resolverse los problemas de los basureros desbordados; el río Virilla y sus afluentes deben ser saneados; y debe enfrentarse con visión de futuro el aumento de la demanda energética y de agua potable, dotando al país de nuevas fuentes e infraestructuras capaces de abastecer a una población, una economía y un turismo en permanente expansión.
Basta de guerras innecesarias contra las universidades públicas. Basta de groserías, arrogancia, falsedades y agresiones respaldadas por oportunistas y comités permanentes de aplauso automático.
Para restablecer la seguridad de las personas los ticos sabemos que no es necesario promover la militarización de la Fuerza Pública, como hasta ahora se ha hecho en estos cuatro años. Además, ¿será acaso necesario recordar que en el narcotráfico floreciente, como en cualquier otro mercado, la demanda continúa siendo la que determina la oferta? La responsabilidad y las opciones fundamentales para combatir el narcotráfico, con eficacia real, están fuera de nuestro alcance y pertenecen a otros gobiernos.
Más allá de algunos espejismos económicos, muchas veces injustificables, incomprensibles e incluso artificialmente implantados, también resulta impostergable volver a creer en nuestra producción agroalimentaria. La economía debe diversificarse para evitar una dependencia excesiva de un turismo volátil y vulnerable, y apostar con mayor decisión, por el conocimiento, la innovación científica, la tecnología y el fortalecimiento del capital humano.
Es evidente que la tarea no será sencilla; por el contrario, será extraordinariamente compleja y demandante. Pero alguien debe empezar, y esperemos que sea ella. Ojalá que no desgaste su capital político ni el de su equipo en temas secundarios, confrontaciones estériles o espectáculos innecesarios. La realidad nacional no espera. Una estrategia racional, ordenada, coherente y acompañada de indicadores de desempeño claros, rigurosos y exigentes debería convertirse en su principal herramienta de gobierno.
Deberá proteger cuidadosamente su silla y su escritorio presidencial. Ella y nadie más que ella, deberá ser quien conduzca, dirija y tome las decisiones fundamentales y definitivas. Esperamos que demuestre que posee la capacidad de actuar y respaldar sus decisiones en favor del país. Que no permita coacciones, influencias indebidas ni imposiciones externas que terminen debilitando la autoridad de sus propuestas y su liderazgo político.
Debemos tener claridad en que no todo lo ocurrido antes de 2022 ha sido tan catastrófico como algunos lo han querido pintar. Aún conservamos salud pública, una economía funcional, capacidad energética, infraestructura, agricultura, ganadería y algo de educación; pero tampoco puede ignorarse el extenso historial de fracasos, decepciones, corrupción y desencantos acumulados durante más de cuarenta años de gobiernos sucesivos. Ese lastre existe, pesa y condiciona el presente. Le corresponderá demostrar, no mediante discursos ni trasladando culpas a otros actores políticos e institucionales, sino mediante hechos verificables y decisiones concretas, que está verdaderamente dispuesta a cambiar la narrativa nacional. Solo así se podrá comenzar a recuperar la confianza ciudadana en nuestra democracia.
¡Que se ponga una flor en el ojal!
No podemos, ni queremos, esperar menos de ella, pero tampoco estamos dispuestos a tolerar nuevas frustraciones históricas. Ojalá tome estas palabras como una advertencia: el país se está jugando el todo por el todo. Ella tiene la oportunidad de no defraudarnos y ojalá sepa aprovechar la oportunidad que el pueblo le ha concedido. Estamos, para bien o para mal, en sus manos.
