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Laura Fernández y el prejuicio machista disfrazado de crítica política

El ascenso de Laura Fernández a la Presidencia del país abrió un debate político intenso, apasionado y, en muchos casos, profundamente injusto.

Sus críticos sostienen que será apenas una figura decorativa, un títere manejado por Rodrigo Chaves, quien, impedido constitucionalmente para reelegirse, encontró en ella la vía para perpetuarse en el poder desde las sombras.

Según esa narrativa, el verdadero presidente seguiría siendo él, ahora fortalecido desde los ministerios estratégicos de Hacienda y de la Presidencia.

La historia latinoamericana, y la mundial, contiene numerosos ejemplos de mandatarios hombres que mantuvieron enorme influencia política sobre sus sucesores, sin propiciar escándalos como el que ocurre en Costa Rica.

En Rusia, Vladimir Putin cedió temporalmente la Presidencia a Dmitri Medvédev, mientras continuaba acumulando poder real desde otras posiciones estratégicas del Estado, aunque pocos cuestionaron públicamente aquella maniobra política.

Algo parecido ocurrió en Argentina, cuando Néstor Kirchner impulsó la candidatura presidencial de Cristina Fernández, conservando posteriormente una influencia decisiva dentro del gobierno.

Décadas antes, Juan Domingo Perón promovió estratégicamente la candidatura de Héctor Cámpora, quien asumió inicialmente la Presidencia mientras el liderazgo político real continuaba gravitando alrededor del propio Perón.

En México, Plutarco Elías Calles ejerció enorme control político sobre varios presidentes durante el denominado Maximato, sin generar una indignación comparable dentro del debate público mexicano.

En Cuba ocurrió algo similar cuando Raúl Castro heredó directamente el poder de Fidel Castro, manteniendo prácticamente intacta la continuidad política y gubernamental durante años.

Sin embargo, el tono con el que muchos analizan el caso de la presidenta Fernández revela algo más profundo: un machismo político persistente que todavía cuesta reconocer.

Costa Rica ha tenido presidentes condicionados por empresarios, partidos, grupos económicos, asesores extranjeros y poderes fácticos.

Nunca se produjo semejante indignación colectiva cuando esos mandatarios eran hombres. Nunca se insistió tanto en presentarlos como “muñecos de ventrílocuo”.

La diferencia ahora es evidente: quien ocupa la silla presidencial es una mujer.

En el imaginario de ciertos sectores dinosaúricos parece imposible aceptar que una mujer pueda ejercer poder propio, incluso cuando proviene de una estructura política liderada por otro colega de partido.

A muchos hombres se les concede automáticamente autonomía; a muchas mujeres, en cambio, se les supone dependencia. Esa doble vara resulta imposible de ignorar.

Además, el fenómeno político de Rodrigo Chaves también refleja un cambio en toda la estructura política del país.

Durante décadas, la política nacional estuvo dominada por discursos diplomáticos, ambiguos y cuidadosamente calculados. Chaves rompió con esa tradición.

Puede gustar o disgustar, pero habla con crudeza, confronta al rival y rara vez esconde sus intenciones. Esa frontalidad conecta con una ciudadanía cansada de la hipocresía política tradicional, del lenguaje vacío y de las promesas incumplidas.

Muchos costarricenses no necesariamente apoyan todas sus decisiones, pero sí valoran que no finja ser otra persona. Y precisamente esa autenticidad, aunque incómoda para algunos sectores, explica gran parte de su arrastre electoral.

Laura Fernández llegó al poder respaldada por esa corriente política, y por una mayoría ciudadana que votó conscientemente por la continuidad de ese estilo de gobierno.

Antes de condenarla anticipadamente, corresponde darle el beneficio de la duda.

Fue electa democráticamente y posee el derecho legítimo de gobernar según el estilo político que considere adecuado, no conforme al modelo que pretendan imponerle sus adversarios.

La democracia implica respetar no solamente el resultado electoral, sino también la posibilidad de que un gobierno ejerza el mandato recibido como considere necesario para lograr sus objetivos en beneficio del país.

Quizá Laura Fernández termine siendo completamente independiente. Quizá mantenga una estrecha coordinación política con Rodrigo Chaves. Ambas posibilidades son legítimas dentro de una democracia.

Lo ilegítimo es descalificarla desde el primer día, únicamente porque algunos no conciben que una mujer pueda ejercer el poder sin estar sometida a un hombre.