Las recientes noticias sobre amenazas dirigidas hacia la hija pequeña del futbolista Fernán Faerron y la influencer Laura Ortega son alarmantes y condenables. Los mensajes de odio contra una bebé son inaceptables y revelan niveles alarmantes de violencia social. Nada justifica que una persona menor de edad sea blanco de agresiones, insultos o deseos de daño por el comportamiento, profesión o exposición mediática de sus padres.
Pero sería irresponsable quedarnos únicamente en la indignación por las amenazas sin discutir el contexto más amplio que las hace posibles. Porque este caso también evidencia una realidad incómoda: vivimos en una cultura donde padres y madres han convertido la intimidad de sus hijos en contenido público de consumo masivo. Se comparten ultrasonidos, fotos del parto, rutinas, enfermedades, escuelas, cumpleaños, berrinches, viajes y momentos íntimos de su vida cotidiana. Todo esto queda registrado y circula entre miles de seguidores conocidos y desconocidos. Muchas veces, estos contenidos son monetizados por medio de publicidad explícita o implícita, colaboraciones, aumento de seguidores o el posicionamiento de la marca personal.
A esto se le conoce como sharenting, la práctica de compartir excesivamente información de los hijos en internet. Y aunque suele justificarse como una expresión de orgullo o cariño, lo cierto es que plantea enormes cuestionamientos éticos sobre privacidad, consentimiento y protección infantil.
Como pediatra, me preocupa profundamente que hayamos normalizado algo tan delicado sin cuestionar las implicaciones éticas o emocionales. Un niño no puede dimensionar qué significa que su vida quede almacenada permanentemente en internet. Tampoco puede prever cómo esas imágenes podrían ser utilizadas dentro de diez o veinte años. Los adultos sí deberíamos hacerlo.
Diversos organismos internacionales de protección infantil han advertido sobre cómo imágenes cotidianas e inocentes de menores de edad terminan circulando en foros utilizados por depredadores sexuales. Personas investigadas por delitos relacionados con explotación sexual infantil frecuentemente guardan contenido sacado de redes sociales públicas. No hace falta contenido explícito para que una imagen sea utilizada con fines perturbadores. Además, la sobreexposición digital facilita fenómenos como el robo de identidad, las modificaciones por inteligencia artificial o el grooming.
El problema adquiere una dimensión aún más preocupante cuando los niños son utilizados como herramientas de mercadeo personal o comercial. Resulta éticamente cuestionable observar perfiles públicos – incluyendo los de algunos colegas pediatras – que participan de esta dinámica, utilizando a sus hijos como parte de su marca profesional, presentándose como “mamá de Pedrito” o “papá de Juanita y Lupita” mientras exponen la intimidad de sus propios niños para fortalecer posicionamiento, aumentar seguidores o generar percepción de cercanía con potenciales pacientes. La maternidad o la paternidad no deberían convertirse en herramientas comerciales sustentadas en la exposición digital de menores de edad.
En pediatría hablamos constantemente del “interés superior del niño”. Ese principio también debería aplicarse al entorno digital. Antes de publicar contenido sobre un hijo, la pregunta no debería ser cuántos “likes” generará o qué tan “auténtico” luce el perfil familiar. La verdadera pregunta debería ser: ¿esto beneficia realmente al niño o beneficia al adulto? La explotación digital infantil no comienza cuando existe delito sexual, sino cuando la privacidad, dignidad y seguridad de los niños dejan de ser prioridad.
Esto no significa criminalizar a los padres ni satanizar las redes sociales. Significa entender que el bienestar de un niño o niña debe estar por encima de cualquier algoritmo, validación social o estrategia de crecimiento digital. Las amenazas contra la hija de Faerron y Ortega son responsabilidad absoluta de quienes las emitieron. Pero el caso también evidencia cómo la exposición pública de la vida de los menores de edad puede abrir puertas a dinámicas sociales peligrosas que muchas veces preferimos ignorar.
Los niños no son figuras públicas por defecto solo porque sus padres decidan serlo y por eso debemos procurar que las infancias no se conviertan en contenido. Y nosotros, los pediatras, debemos predicar con el ejemplo.
