Poco hace me topé con un anuncio del DEI (Departamento Ecuménico de Investigaciones) que me quedó dando vueltas en la cabeza. Se trataba de un conversatorio con el excandidato del Frente Amplio, Ariel Robles. El título de la actividad: Política y masculinidades: contranarrativas desde la esperanza y la ternura. Este taller “socioteológico” (¿?) tenía como figura central y única al ex-candidato. Lo que llama la atención no es que se discuta sobre ‘masculinidad’, sino que se le ofrezca plataforma, como si se tratase de un modelo a seguir, a un político que hizo de su pretendida ‘masculinidad alternativa’ parte del personal branding de campaña.
Si Robles es ‘tierno’ o no, no interesa saberlo. Por ahí Pilar Cisneros no opina lo mismo. Lo cierto para todos es que es un político y que, como todo político, es un office-seeker que busca mantenerse vigente y volver eventualmente a la Asamblea, cuando no candidatearse de nuevo para la Presidencia de la República.
Lo de Robles fue durante cuatro años una puesta en escena, lo que suele hacer el FA. Su famoso “control político” es antes que nada un espacio deliberado de histrionismo y simbolismo hueco. No es relevante, pues, traer al foro público la ternura o “masculinidad alternativa” de un exdiputado, porque lo que de un político importa no es que sea tierno o “in-tierno”, sino eficiente, sobre todo en lo que hace a las políticas públicas. La gente no vota ‘ternura’: Vota soluciones concretas a sus problemas concretos. Esa es la vara que debería prevalecer a la hora de evaluar opciones electorales, y la realidad demuestra contundentemente que el FA tiene una inserción de escasa a nula en los sectores populares que dice representar, porque en lo esencial es un fenómeno de clases medias meseteñas que capitalizó en buena medida el hueco dejado por el PAC.
¿Por qué llama la atención que el DEI, una institución que otrora albergó a intelectuales del fuste de Franz Hinkelammert, Wim Dierckxsens o Hugo Assmann, hoy se preste como plataforma política del FA? Porque si deseaban discutir seriamente sobre ‘masculinidad’, la sola presencia del personaje indispone. Más bien, da la impresión de tratarse de una actividad promocional del partido, impulsada por personas ligadas a dicho centro.
Lo de Ariel Robles, como todo político, es construir y sostener un personaje. Sea que se muestre con su perrito, aplanchando ropa, sembrando matas, o posando con su padre para dar a entender que comparten un linaje genético común de buenas y humildes personas, no es más que eso: una mise en scène. Algunos la compran, problema de cada cual. Pero que el DEI lo acoja y promueva, preocupa y desvirtúa la naturaleza del evento, y le resta autenticidad y honestidad.
Ser de izquierdas. Por lo demás, en Costa Rica es facilísimo ser ‘de izquierdas’. Casi un chiste (tal como los “talleres argumentativos” para enfrentar a la “ultraderecha” que ofrece ahora el Frente Amplio). Detengámonos un segundo en el caso de José María Villalta, promovido en la actualidad por el que fue el archienemigo de la izquierda, el Grupo Nación convertido hoy a un wokismo barato y oportunista. Tres veces diputado ya, y cuando no ocupa una curul, es asesor o docente en alguna universidad pública. Además, fue miembro del Consejo Universitario de la UNED.
Y así podríamos repasar uno por uno el historial de los últimos diputados de la Universidad del Megáfono, propiedad del consorcio Villalta-Mora. De asesores a diputados, y viceversa, en un eterno loop por el sector público, pues los únicos lugares donde pueden laborar —en cuanto enemigos de la actividad empresarial y conspicuos defensores de regímenes autocráticos y empobrecedores— es en la burocracia legislativa, en sindicatos o en instituciones públicas de educación. Por ello resulta harto gracioso cuando se les mira salir en pose heroica a la explanada del Congreso levantando el puño y agitando a sus seguidores, como si fuesen los mártires de Chicago.
¡Es tan fácil ser de izquierdas en Costa Rica! No se arriesga nada, no se corre ningún peligro… ¡y además te pagan muy bien! Vivís en Barrio Escalante, enviás a tus hijas al Colegio Británico, y vas de la casa al Farolito y de vuelta, con parada técnica de rigor para copa de vino y draught beer. Salís de cuando en cuando de tu cueva de confort, azuzás una escaramuza para la peña, porque vas por la vida de “líder popular”, y luego rajás tranquilamente por donde llegaste, a disfrutar de las amenidades condominales.
Conocí a un expatriado chileno que se pasó más de 40 años deformando mentes, elevado a gurú de la izquierda universitaria, y que se embolsaba un salario de cerca de 8 millones al mes, un sueldo que en su país de origen jamás hubiera soñado percibir. Aún con todas estas prebendas, propiciadas por ese malinchismo maicero característico de muchos ticos, el caballero de marras era sumamente despreciativo cuando se refería al país que lo acogió y le dio de comer.
El FEES. Los aspectos técnicos relacionados con la distribución del fondo para la educación superior pública es un tema que me excede. Sin embargo, hay un aspecto que debemos discutir sin dilación, concerniente a la libertad de expresión en las universidades. La pluralidad en relación a puntos de vista filosóficos, ideológicos o morales en la universidad es y siempre ha sido un mito, sobre todo en lo que hace a ciertos departamentos académicos. Y si no ha sido un ambiente plural en el pasado, lo es aún hoy menos, en la medida en que las universidades han decidido adoptar una actitud absolutamente adversativa, demagógica, contra la administración que inicia. Las universidades tienen muchas cosas buenas. No es necesario repetirlo, sobre todo cuando esta perogrullada se utiliza para justificar el estado existente de cosas.
Esto dicho, cualquiera puede hacer el ejercicio de ingresar a la web del plantel docente de la Facultad de Ciencias Sociales —por no mencionar Estudios Generales, el mercado cautivo ideal para cualquier ideólogo profesional— y caer en cuenta de que la Universidad es todo menos plural, tolerante o abierta a puntos de vista diversos. Convencido estoy de que nada bueno saldrá de acá, hoy menos que nunca. Esa parcialidad se ha vuelto más desembozada que antes. Ahora es frecuente la invitación oficial de Escuelas y Facultades a diputados del Frente Amplio para que vengan a ofrecer su punto de vista político-partidario sobre el FEES, necesariamente sesgado, parcializado y proselitista.
Es imperativo discutir sobre la conveniencia de que una porción de los fondos del FEES se utilicen para financiar de manera indirecta la militancia del chinamo electoral Villalta-Mora. Resulta anómalo, amén de inmoral, que algunas unidades académicas funcionen como una especie de centro de capacitación de un partido, que por lo demás sabemos tiene a no pocos de sus militantes -cuando no asesores- impartiendo lecciones. Más allá del hecho evidente de que la mayor parte de la población no comparte las ideas que representa esa agrupación, lo que verdaderamente no es de recibo y tiene que ser puesto más temprano que tarde sobre el tapete, es el problema de la falta de diversidad ideológica, y de la hostilidad hacia la disidencia, en una institución sostenida por toda la sociedad costarricense.
Lo del DEI da que pensar, pero al menos no se financia con fondos públicos. Existe una suerte de captura de parte de un lobby político en una institución pública que se pensó de esta manera en sus inicios:
Libre es, pues, la Universidad de Costa Rica; abierta a todas las tendencias; receptiva de todas las inquietudes filosóficas, científicas o sociales; respetuosa de todas las ideas. Y no aceptará nunca más calificativo que ese: el de libre". (Rodrigo Facio)
Toda crítica en esta línea convierte inmediatamente a quien la esgrime en enemigo de la educación pública. Nada nuevo. Desde que tengo memoria ha sido así, expresión de esa mezcla de soberbia y espíritu defensivo, muy sintomático por lo demás, que reina en las universidades públicas desde tiempos antediluvianos.
