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La política después del estadio lleno

Durante décadas, el cambio de mando presidencial (o traspaso de poderes) fue uno de los rituales políticos más masivos del país, en especial cuando se celebraba en el antiguo y emblemático Estadio Nacional (conocido también como «la tacita de plata»). Basta con hacer un recorrido por distintas imágenes y videos de los traspasos de los años 1998, 1994, 1990, 1986, 1982 y 1978, entre otros, para corroborar la asistencia multitudinaria que tuvieron, sugiriendo que en dicho recinto «no cabía un alma».

Para el 2026, luego de un traspaso a puerta cerrada en la Asamblea Legislativa (2022), bajo el contexto de la pandemia por el COVID-19, y otro vallado en la Plaza de la Democracia (2018), ambos con una asistencia considerablemente menor, la organización del cambio de mando proyectó alrededor de 35.000 asistentes. De acuerdo con el medio Ntg Noticias, se buscaba que el cambio de sede marcara una ceremonia «más masiva y simbólica». Incluso, se anunciaron entradas gratuitas y se realizaron campañas de convocatoria.

Pero, si usted se detuvo a mirar con detalle lo que se mostró por televisión, o si usted asistió al estadio, la concurrencia distó de las imágenes que caracterizaron a los traspasos de otras décadas. Ciertamente hubo una asistencia importante, pero no fue «a reventar» como ocurría en otros momentos históricos. Esto abre paso a preguntarse: ¿por qué la ceremonia democrática más simbólica de Costa Rica parece convocar cada vez menos público?

Mi primera hipótesis es que, durante las décadas de predominio del PLN-PUSC, y anteriormente de otras fuerzas opositoras como Unificación Nacional y Coalición Unidad, existían estructuras partidarias territoriales capaces de movilizar a miles de personas. Asimismo, existían lealtades partidarias relativamente estables, en las que gran parte de la población votante se decantaba principalmente por el PLN o por su principal opositor. Esto pudo contribuir a que los traspasos de otras épocas funcionaran, en cierta medida, como una extensión simbólica del triunfo electoral.

Nuestros tiempos, por el contrario, tal como lo reflejan distintos estudios del CIEP-UCR, se caracterizan por el voto volátil, una menor identificación partidaria y una mayor desconfianza institucional. Curiosamente, fuerzas anti-establishment como Pueblo Soberano ganan la elección presidencial de 2026 con casi el 50 % de los votos en primera ronda, pero eso no se tradujo en una concurrencia masiva para el traspaso de doña Laura Fernández. Algo similar ocurrió con don Luis Guillermo Solís en el 2014: pese a haber arrollado en segunda ronda con el 77,89 % y presentarse como la promesa del «cambio», la movilización hacia el estadio distó mucho de la observada en traspasos anteriores bajo esa modalidad. El caso de don Carlos Alvarado (2018) representa un desplome aún más pronunciado, pues no sólo trasladó la ceremonia a la Plaza de la Democracia —espacio considerablemente más reducido—, sino que además contó con un aforo limitado.

Lo anterior sugiere que una concurrencia menor a la esperada podría reflejar no sólo desinterés político, sino también una transformación en la forma en que la ciudadanía se vincula con los partidos, liderazgos y ceremonias públicas. En otras palabras, incluso triunfos electorales contundentes parecen no traducirse necesariamente en identidades partidarias duraderas ni en formas de movilización colectiva como las que acompañaban a los traspasos de otras épocas. Así, en la medida en que menos personas se sientan vinculadas de forma estable a una comunidad política específica, ceremonias de poder como la del Estadio Nacional pierden capacidad de convocatoria simbólica.

Traspaso de poderes Carazo Odio - Monge Alvarez, 1982. Obsérvese el protagonismo de estudiantes sobre el terreno. En el fondo, el público forma uno de los eslóganes de la campaña «Volver a la tierra» . Foto Archivo Nacional.

Del estadio a los celulares

Sin embargo, el problema no parece ser únicamente político o partidario. Otra posible explicación es que una parte de la ciudadanía prefiera seguir este tipo de ceremonias desde el celular antes que asistir presencialmente. TikTok, YouTube, transmisiones en vivo, clips, memes y resúmenes digitales han transformado profundamente la manera en que se consume la política.

En este sentido, los traspasos de 2022 y 2026 tuvieron amplias retransmisiones digitales y circulación inmediata en redes sociales, lo cual sugiere que la participación política no desapareció del todo, sino que cambió de formato, con la carga valorativa que ello pueda tener entre distintas generaciones. No obstante, la asistencia masiva al estadio continúa siendo políticamente relevante, pues quienes siguen el evento desde el televisor o el celular pueden interpretar una baja concurrencia como síntoma de desinterés cívico, debilidad partidaria o limitada capacidad de movilización.

¿El estadio ya no es el estadio?

Pero la transformación no parece limitarse al consumo digital de la política. El propio espacio físico del ritual también ha cambiado. Y es que, sin idealizar el pasado, existen diferencias importantes entre el antiguo Estadio Nacional (1924-2008) y el actual, inaugurado en 2011. La más evidente comienza por su capacidad: el primero albergaba alrededor de 25.000 personas y el segundo supera las 35.000. Sin embargo, más allá de las cifras, el antiguo estadio favorecía una mayor cercanía entre el público y el acto ceremonial.

En aquel espacio, los traspasos de poder solían celebrarse desde la gradería o desde un palco acondicionado para la ocasión, lo que daba la impresión de que el ritual se fusionaba con la ciudadanía asistente. El terreno de juego (la cancha), además, se convertía en un espacio simbólico ocupado por bandas, escoltas y actos culturales que reforzaban la idea de celebración cívica compartida.

Ingreso de la sinfónica juvenil a la Toma de Poder de Rodrigo Carazo Odio (1978). Obsérvese también la concurrida presencia de estudiantes abanderados. Foto. Mario Rodríguez.

Cuando el ritual perdió cercanía

En contraste, tanto en el traspaso de don Luis Guillermo Solís como en el de doña Laura Fernández -los únicos dos realizados hasta la fecha en el nuevo estadio- se optó por una tarima de fondo negro instalada sobre la cancha, con una lógica más cercana a la de un concierto o espectáculo televisivo. Este formato no sólo reduce parte de las graderías disponibles, sino que también transforma la relación entre ciudadanía y ceremonia, pues el público deja de rodear el ritual para observarlo desde una mayor distancia física y simbólica.

Tal vez ello ayude a explicar por qué, conforme avanzaba la ceremonia del 2026, una parte de las personas asistentes comenzó a retirarse. A diferencia de otros traspasos del pasado, el recorrido e interacción directa con las graderías también fue prácticamente inexistente, reduciendo algunos de los gestos que históricamente contribuían a reforzar la sensación de cercanía entre la figura presidencial y quienes asistían al acto. Precisamente por eso, no pasó desapercibido que una de las pocas interacciones prolongadas con el público proviniera del expresidente Rodrigo Chaves, quien se tomó el tiempo para saludar e interactuar con la ciudadanía.

Cambio de mando 2018. El presidente Alvarado Quesada también adoptó una caja escénica de fondo negro más familiar para quienes frecuentan conciertos o festivales culturales Foto: Mariela Vargas Arce.

El presidente saliente Rodrigo Chaves se despide de la ciudadanía en medio de una concurrencia «no masiva». Imagen de Somos Alajuelita Tv.

La transformación del ritual

Más allá de la disminución de asistentes, y sin demeritar a quienes hicieron un gran esfuerzo por asistir, el fenómeno parece reflejar una transformación más profunda en la relación entre ciudadanía, política y ritual democrático. El traspaso de poderes continúa existiendo como ceremonia de poder, pero ya no necesariamente como aquella experiencia colectiva capaz de movilizar emocional y presencialmente a amplios sectores de la población. Después de todo, el debilitamiento del ritual parece formar parte de una transformación más amplia en la manera en que la ciudadanía costarricense se relaciona con la política.