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La inclusión no le quita derechos a nadie; la discriminación sí

El odio también se aprende, y por eso mismo, también puede desaprenderse. En tiempos donde los discursos de exclusión vuelven a ocupar espacios políticos, religiosos y sociales con preocupante naturalidad, debemos hacer conciencia sobre una realidad que nos está enviando una advertencia colectiva: ninguna sociedad está libre de retroceder en derechos humanos.

Hace apenas 35 años, la homosexualidad dejó de ser considerada una enfermedad mental por la Organización Mundial de la Salud. Parece increíble que algo tan elemental como reconocer la dignidad de una persona haya necesitado una rectificación histórica. Sin embargo, hoy, cuando pareciera que ciertos derechos están consolidados, resurgen discursos que intentan disfrazar la discriminación de “opinión”, “valores” o “libertad de expresión”.

La realidad sigue siendo incómoda para miles de personas LGBTIQ+. Jóvenes expulsados de sus hogares, estudiantes víctimas de bullying, personas rechazadas en entrevistas laborales, pacientes que enfrentan violencia institucional en centros de salud y familias que continúan creyendo que amar diferente es motivo de vergüenza. La discriminación no desapareció; simplemente aprendió nuevas formas de esconderse.

Y ahí es donde el Trabajo Social tiene un papel incómodo, pero indispensable: llevarle la contra al mundo, cuando el mundo normaliza la exclusión.

El Trabajo Social no puede ser neutral frente a las desigualdades. Su esencia está precisamente en cuestionar aquello que margina, violenta o deshumaniza. Defender la diversidad no es una moda ideológica ni una agenda “de minorías”; es una obligación ética cuando existen personas cuyas oportunidades de vida siguen dependiendo de cómo se ven, cómo se identifican o a quién aman.

Detrás de cada política pública inclusiva, cada protocolo contra la discriminación y cada espacio seguro para juventudes diversas, existen profesionales y colectivos que han entendido algo fundamental: los derechos humanos no se negocian. Desde procesos de sensibilización comunitaria hasta acompañamientos terapéuticos y construcción de manuales de atención respetuosa en instituciones públicas, el Trabajo Social ha demostrado que transformar una sociedad también implica intervenir en la cultura cotidiana del rechazo.

Porque discriminar no siempre ocurre con violencia explícita. También sucede en el chiste “inofensivo”, en el silencio frente al acoso, en la burla disfrazada de humor, en el padre que deja de hablarle a su hijo, en la iglesia que excluye o en la institución que decide mirar hacia otro lado.

Costa Rica y América Latina viven una oleada de conservadurismo que amenaza conquistas sociales que parecían irreversibles. Y cuando los derechos retroceden, las consecuencias se sienten primero en las personas más vulnerables.

Por eso, como país hoy tenemos el pendiente de decidir qué tipo de sociedad queremos construir. Una donde las personas tengan que resistir para existir, o una donde la dignidad no dependa de la orientación sexual ni de la identidad de género.

Porque recordemos que la inclusión no le quita derechos a nadie, pero la discriminación sí.