Hay una frase que nació en el circo y sobrevivió porque nombra algo esencial: pase lo que pase, falte lo que falte, la función debe continuar. No es un slogan de motivación vacía. Es una descripción precisa de lo que exige la vida a quienes deciden comparecer de verdad.
El tiempo transcurre silenciosamente. No tenemos un cronómetro interno que nos alerte cuando se nos va la mitad del año o cuando dejamos pasar una oportunidad. Lo que sí tenemos es la capacidad de decidir cómo lo usamos, especialmente mientras contamos con salud, con energía y con la lucidez necesaria para priorizar. Esa ventana no es eterna.
La resistencia al cambio es el gran obstáculo. No siempre por pereza, sino muchas veces por algo más profundo: el apego a una realidad conocida, a un entorno donde sabíamos quiénes éramos y cómo movernos. El cambio produce una sensación de desarraigo que el cerebro interpreta como amenaza. Y ante la amenaza, la respuesta más fácil es quedarse quieto.
Pero quedarse quieto también es una decisión, y tiene consecuencias.
Lo paradójico es que la adaptación no es algo ajeno a nuestra naturaleza: es su rasgo más antiguo. Por cientos de miles de años fuimos nómadas. Nos movimos, improvisamos, nos reorganizamos ante lo desconocido. La aventura y la creatividad no eran lujos; eran condiciones de supervivencia. La resistencia al cambio, en ese sentido, podría ser un comportamiento más aprendido que biológico, una consecuencia de las comodidades de la vida sedentaria moderna.
Hoy el entorno vuelve a moverse a una velocidad que desafía la zona de confort de casi cualquier persona o profesión. La inteligencia artificial lleva cuatro años reconfigurando mercados, oficios y formas de crear valor. Incluso los trabajos más manuales muestran algún grado de transformación. La pregunta ya no es si esto nos afecta, sino qué postura adoptamos ante ello.
Hay básicamente tres posiciones disponibles: la del espectador que observa desde la distancia, la del comentarista que analiza lo que ocurre, y la del constructor que hace algo concreto con lo que tiene a mano. Solo la tercera genera antifragilidad, esa capacidad de crecer precisamente a partir de la adversidad, como un motor que cambia de marcha ante una pendiente.
Construir no exige perfección ni grandes recursos. Exige resolución: esa decisión de poner todo el ser en el momento presente y actuar. Como la costurera que sabe que una vez que corta no hay vuelta atrás, pero que también sabe que sin cortar no hay prenda. El plan es útil; la ejecución es lo que transforma.
El síndrome del impostor, esa sensación de no estar todavía a la altura, es en realidad una buena señal: indica que hay conciencia de que se está en camino hacia algo mayor. La respuesta correcta no es esperar a estar listo. Es comparecer hoy, con lo que se tiene, sabiendo que el día 501 llegará solo si se atravesaron los 500 anteriores.
Para luego es tarde. La función debe continuar.
Escuche el episodio 315 de Diálogos con Álvaro Cedeño titulado “Adaptación y resistencia”.
Suscríbase y síganos en nuestro canal de YouTube, en LinkedIn y en nuestra página web para recibir actualizaciones y entregas adicionales.
