Entre los muchos cambios que dejó la pandemia de COVID-19, uno de los más relevantes fue la manera en que la ciencia pasó a ocupar un lugar mucho más cercano y visible para la población general. El miedo y la falta de información sobre el virus causante de COVID-19 crearon un movimiento donde las redes sociales se empezaron a utilizar para comunicar la ciencia, informar a la gente y volverla más accesible. El movimiento empezó con los mismos especialistas de la salud que trabajaban en aquellos tiempos y continuó con los científicos involucrados. Poco a poco, este espacio fue creciendo y atrayendo a personas tratando no solo de informarse, sino también de educar a otros.
Esto ha tenido impactos positivos. Definitivamente acercó la ciencia a la mayoría de las personas; los científicos empezaron a compartir sus trayectorias abiertamente, volviéndolo algo menos tabú y menos lejano, y tal vez ha inspirado a muchos jóvenes a seguir ese camino. También ha mostrado las realidades poco glamorosas de la academia; incluso a mí me ha mostrado todos los caminos que hay para una científica más allá de la investigación tradicional en un laboratorio. Y ha permitido empezar discusiones relevantes sobre salud que antes no se daban: hoy se escucha hablar abiertamente de la menopausia, la endometriosis, el síndrome de ovario poliquístico (ahora conocido como síndrome ovárico metabólico poliendocrino) y la fertilidad (incluso la masculina). Esto, además, ha incentivado la investigación científica en estas áreas tan necesitadas.
Sin embargo, este hecho también ha tenido impactos negativos, preocupantes. Se ha creado un nicho enorme, una industria multimillonaria, la de salud y bienestar, paralela a la industria científica. Este sector ha abusado de esa curiosidad por la ciencia y la necesidad de tomar la salud en nuestras manos para vendernos algo. Muchas cuentas en redes sociales comparten información o tendencias dañinas alegando que están "respaldadas por la ciencia". Entre los productos que proliferan en el mercado, muy probablemente hemos escuchado hablar de los “detoxes”, de todos los suplementos que supuestamente nos tenemos que tomar, de probióticos para la salud intestinal, de los beneficios del ayuno intermitente, de la luz infrarroja, de la creatina, del magnesio, de los baños de hielo o de las saunas. Aclaro que no todas estas tendencias son dañinas, y muchas vienen de fundamentos científicos, con buenas bases y evidencia científica; pero no todas. Además, es importante saber que la ciencia, como muchas otras cosas, tiene distintos matices. Es decir, no todo es blanco y negro, y la situación personal de cada individuo influye mucho y se tiene que tomar en cuenta antes de adoptar recomendaciones de salud como las que vemos aparecer en las redes sociales.
Las respuestas de nuestros cuerpos siempre son variables porque todos somos diferentes a nivel genético, molecular y celular. Entonces, por ejemplo, si vemos en redes que la cafeína se asocia con mejoras en la salud cognitiva, tal vez pensamos que deberíamos incrementar nuestro consumo de café y té para obtenerlas. Y tal vez tres tazas de café a Juan le funcionan bien, pero a Katia una sola ya le genera ansiedad o le afecta los niveles de energía. Lo mismo aplica para los suplementos, los ayunos, las dietas, las rutinas. Estas diferencias interpersonales, o matices, son las que las redes no comunican, sino que comunican certezas, fórmulas, soluciones universales. Tal vez porque esto es lo que las personas quieren oír, pero ahí es donde la cosa se pone peligrosa, porque no es así de sencillo.
Entonces, ¿cómo podemos ser más críticos con los productos de salud que adquirimos o con los remedios que nos aplicamos? Primero, tomar en cuenta que la ciencia tiene matices; las soluciones no siempre son de igual beneficio para todos. Hay muchos factores que tomar en cuenta como nuestra salud, edad, medicamentos que tomamos, o nuestro propio metabolismo. Segundo, debemos tomar en cuenta que no todo lo que se promueve en las redes sociales está basado en evidencia científica sólida. El verdadero desafío está en distinguir qué información es confiable — un hecho que no podemos otorgarle credibilidad a cualquiera.
Que esto sea un llamado de atención para que busquemos información en fuentes confiables y que nos preguntemos dos o tres veces si una afirmación es cierta o tiene buen fundamento, antes de darla por hecho.
¿Cómo podemos hacer esto? Lo primero es ver quién comparte la información y por qué, ¿nos están vendiendo algo o es simplemente educativo? Normalmente si son especialistas de la salud con credenciales, lo van a tener expuesto en su nombre o en su perfil. Sin embargo, esto no es suficiente y debemos continuar con un segundo paso: ver si las fuentes en las que se basan los argumentos están siendo compartidas. Un buen investigador siempre va a compartir las fuentes de información que utilizó. Pero además, debemos tener presente que no todas las fuentes demuestran evidencia sólida o del mismo calibre, aunque sean estudios científicos. Y por último, es hacer investigaciones adicionales paralelas: seguir buscando otras fuentes, preguntar sobre las dudas que tengamos, o preguntarle a nuestro médico de confianza. Todos estos pasos en conjunto nos van a dar un mejor entendimiento de lo que estamos absorbiendo y así poder aplicar el pensamiento crítico y tomar una decisión más informada sobre la recomendación dada.
