El pasado 23 de abril, día del libro, participé en un hermoso homenaje que la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia – EUNED- realizó en memoria de mi madre Ani Brenes, quien trascendió en noviembre anterior.
A ella le unían fuertes lazos de cariño y complicidad con la EUNED y la UNED, pues gran parte de su labor de educadora ambiental la ejerció junto a ellos, gracias a gran cantidad de publicaciones y a los espacios que abrían para que compartiera sus obras en giras a escuelas en todo el país, en talleres y programas a través de sus medios de comunicación. No es casualidad que Ani Brenes fuera la autora de la EUNED que tuvo más ventas de libros en el 2025.
Ahí conocían muy bien esa parte de Ani. Por lo tanto, durante el acto, como representante de la familia quise compartirles otras de sus facetas.
He aquí un extracto del texto que compartí:
Desde hace varias semanas, pensando en este homenaje, he estado pidiendo a mi mamá que me ayude a escribir lo que iba a compartir hoy con ustedes, y que me contagiara un poquito de su súper poder, de esa magia que ella hacía: ella decía que era como que alguien le dictaba, ella escuchaba y escribía.
Muchas veces la primera versión, era la final. Por eso siempre tenía a mano un lapicero, uno cuaderno, una libreta o sino una servilleta. No me ha traspasado aún ese súper poder, pero sí que me ha ayudado a preparar el mensaje de hoy.
Por ahora voy a contarles que ella fue una alajuelense de los pies a la cabeza, y no dejó de serlo aún en los años que vivió fuera de la provincia.
ALAJUELA
Buscando por los rincones
de mi provincia querida,
entre las ramos de mango,
los apodos y las risas,
los conciertos de la banda,
a la salida de la misa
y tal vez algún mal paso
por un acera destruida,
no he tenido más remedio
que aceptar la realidad:
¡Alajuela es un poema,
en honor a la verdad!
Su infancia estuvo marcada por la presencia y el amor de su abuela, Josefina Ramírez.
ABUELA
Tu regazo fue mi cuna
fue mi arrullo tu palabra.
En la luna me dormías con tus canciones de antaño.
y con mil soles pintabas las página de mi infancia.
A tu lado la tristeza se escapaba por el patio,
en tus cuentos no había ogros, no había lobos ni malvados
porque todos se esfumaban con tu presencia a mi lado.
Danzabas en la cocina preparando los milagros
panes, cajetas, melcochas
eran productos sagrados
El recuerdo de tus manos
el calor de tus abrazos
la sombra que me protege,
la brisa que me recuerda que jamás nos separamos,
me hacen volver a tu cuna
para dormir en tus brazos.
Ani vivió su infancia y adolescencia en el barrio cerca de la Iglesia de la Agonía, estudió en el Colegio María Auxiliadora y quienes la conocieron de esa época pueden dar fe de su gracia y su belleza, digamos que se paraba el sol a verla.
Era una muchacha
Era una muchacha
de largos cabellos y pies descalzos.
Transparente traje,
mirada perdida,
húmedo lenguaje.
Era una muchacha
que contaba historias de gentes y viajes
Moldeaba montañas
tejía el oleaje.
cambiaba por alas sus dos manos blancas
y desde las nubes
las flores regaba.
Era una muchacha que también cantaba.
Y eran sus canciones
trinos saltarines
de aves que anidaban
en lo más profundo
de su árbol-alma.
Ani inició su producción literaria a una edad adulta, en los años 90`s, cuando tenía 40 años. Antes de eso su vida no fue nada fácil, fue mamá y ama de casa, fue costurera, catequista y maestra de religión; después completó sus estudios universitarios y empezó su carrera como maestra de primaria, donde encontró el terreno fértil para su trabajo de escritora.
Era una maestra
Era una maestra
feliz y contenta
vestida de fiesta.
Llegó una mañana con planes y sueños
para disfrutarlos junto a los pequeños.
Y quitó malezas
y sembró semillas
y barrió en el aula
rincones y esquinas.
Abrió las ventanas
a la luz del día
mientras dibujaba
pícaras sonrisas.
Limpió caras sucias
y curó raspones
llenó de colores
negros pizarrones.
A contar historias
se sentó en el suelo
y enseñó canciones
de mares y cielos.
Subió a las estrellas
a traer pañuelos
galletas, helados
miel y caramelos.
Era una maestra
¡Su aula una fiesta!
Por ahí de 1995 Ani conoció a Robert, a quien reconoció como el amor de su vida, con él estuvo por 31 años.
Después de la Tormenta
Pasó la tormenta. Abrí la ventana y estabas ahí
detrás de la nube cargada de sueño,
en el viento fresco sin casa y sin dueño,
en la mariposa y en el colibrí.
Te vi en la montaña, Tras ella entre rayos de sol te sentí.
Me diste un abrazo del color del cielo,
del canto del ave sacaste un ¨Te quiero¨
que entre dulces notas descendió hasta mi.
Y sin ser de noche brillaron estrellas
y sin ser de día miré amanecer.
Sin estar dormida tuve hermosos sueños,
los malos recuerdos se hicieron pequeños
para en un instante desaparecer.
Cerré la ventana. Estabas conmigo,
tus manos mi cuerpo sentí recorrer
lluvia de caricias, tormenta de besos,
se abrieron las flores de nuestros deseos
y con sus colores se adornó el jardín.
Ani y Robert entraron juntos a una de sus etapas de vida favoritas: la de los abuelos.
Hubo muchos poemas para Manfred y Valeria, sus dos primeros nietos, sus hijos con azúcar como escribió en la dedicatoria del libro Escalera a los sueños. Después llegaron Oriana, Lorenzo y sus dos bisnietos Santiago y Emilia.
Travesura
Sin que yo lo viera mi niño en la cuna
estiró la mano y atrapó la luna.
Mi niño travieso sin que yo lo viera
la puso debajo de su cabecera.
Oscura la noche se quedó sin luna
y sueños brillantes bailan en la cuna.
Mientras las estrellas se encienden de prisa
mi niño se duerme con una sonrisa.
Hace 6 meses Ani no está físicamente con nosotros. Todavía la mente nos juega algunos juegos y pensamos que la vamos a llamar para contarle algo; después caemos en cuenta de que no tenemos que escribirle más, que posiblemente ella ya sabe lo que íbamos a contarle.
Seguimos en el proceso de acostumbrar nuestras vidas a su ausencia física y a sentirla de formas distintas, en los recuerdos, en el olor de sus cosas, en la lectura de sus poemas, sobre todo en aquellos que escribió pensando en nosotros.
Mi niña
Mi niña tiene cara de luna,
boca de rosa, piel aceituna.
Sus ojos brillan con luz de cielo
cuando descubre cuánto la quiero.
Y son sus manos de mariposa
al abrazarme me hace dichosa.
Ani dejó algunos poemas sin publicar, esperamos completar esa tarea pronto.
El libro que verá la luz no será de poesía infantil, sino de una obra muy diferente a la que se le conoce, como escribió Arabella Salaverry en el prólogo del futuro libro:
Estos textos son una caja de sorpresas, de una Ani que no conocíamos, acostumbrados como estábamos a una Ani de nubes de algodón de azúcar y de alegre complicidad con el mundo de las experiencias dulces. Ahora nos aparece una voz poética que se reconstruye a partir de un universo habitado por laceraciones, abandono y tristeza, algunas veces desde la voz infantil, otras desde la voz adulta, pero ambas igualmente conmovedoras".
Como en este poema, con el cual termino:
Minuto de silencio
Si tuviera que guardarlo
por cada error cometido,
por cada ilusión que muere,
por cada árbol caído,
por el niño maltratado,
por el anciano perdido,
por la palabra atrapada
por la justicia dormida,
tendría que cerrar la boca
por el resto de mi vida.
Y al final que alguien proponga
silencio por mi partida.
