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Fertilizantes hechos en Costa Rica: una respuesta local ante una vulnerabilidad global

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Durante años, Costa Rica ha discutido la seguridad alimentaria principalmente desde la producción agrícola, el precio final de los alimentos o la competitividad del productor. Sin embargo, hay un eslabón crítico que pocas veces ocupa el centro del debate: la dependencia de insumos importados para sembrar, nutrir los suelos y sostener la productividad del campo.

Las recientes tensiones internacionales, los conflictos geopolíticos, la volatilidad en los precios de la energía y las vulnerabilidades logísticas en rutas marítimas han vuelto a recordarnos una realidad incómoda: buena parte de nuestra capacidad para producir alimentos depende de factores que Costa Rica no controla. Solo por el Estrecho de Ormuz transita cerca de una tercera parte del suministro mundial de fertilizantes por vía marítima, y la FAO ha advertido recientemente que su interrupción pone en riesgo unos 1,3 millones de toneladas de fertilizantes al mes, sin alternativas terrestres viables.

Cuando un conflicto a miles de kilómetros encarece los fertilizantes, retrasa embarques o altera los precios internacionales, el impacto no se queda en los puertos. Llega directamente a la finca, presiona los costos de producción, reduce los márgenes del agricultor y eventualmente puede trasladarse al consumidor en forma de alimentos más caros.

Lo más relevante es que esta vulnerabilidad ya no es teórica, y los principales productores del mundo están actuando en consecuencia. China, el mayor productor mundial de urea, restringió drásticamente sus exportaciones para proteger su mercado interno y su seguridad alimentaria. Rusia, otro de los grandes proveedores mundiales, mantiene desde 2021 cuotas de exportación renovadas semestralmente con el objetivo declarado de asegurar el abastecimiento de su mercado doméstico. El mensaje es claro: los países productores priorizan sus propios suelos antes que los del resto del mundo.

La Unión Europea ha llegado a la misma conclusión por la vía contraria. En su Visión para la Agricultura y la Alimentación al 2040, presentada en febrero de 2025, identificó la dependencia de fertilizantes importados como una vulnerabilidad estratégica para su soberanía alimentaria. Pocos meses después, la Comisión Europea adoptó un Plan de Acción sobre Fertilizantes orientado a reforzar la producción doméstica, diversificar fuentes y promover el uso de fertilizantes orgánicos y alternativas circulares a los fertilizantes minerales convencionales. La propia FAO ha llamado a reducir la dependencia de rutas de suministro concentradas y de insumos basados en combustibles fósiles, mediante inversiones en agricultura sostenible, innovación y aprovechamiento de recursos locales.

Si las grandes potencias productoras restringen exportaciones cuando les conviene, y los grandes bloques importadores construyen estrategias para depender menos del exterior, lo lógico es que un país como Costa Rica también se haga la pregunta. Nuestro país no puede aislarse de los mercados internacionales ni pretender sustituir de un día para otro los fertilizantes convencionales importados; esa no sería una lectura realista del sector agropecuario. Pero sí puede, y debe, construir alternativas complementarias que reduzcan vulnerabilidades, aprovechen recursos locales y fortalezcan la capacidad de respuesta del productor nacional.

En esa línea, los fertilizantes organominerales microbiológicos producidos localmente representan una oportunidad que merece mayor atención. En Fertipel trabajamos en una propuesta basada en economía circular: transformar materias primas nacionales —como gallinaza compostada y carbón vegetal obtenido de residuos agroindustriales— en fertilizantes que vuelven al suelo como nutrición. La idea de fondo es sencilla: lo que antes era residuo puede convertirse en un insumo productivo. Esto permite conectar sostenibilidad ambiental, innovación industrial, encadenamientos rurales y seguridad alimentaria en una misma estrategia.

Producir fertilizantes en Costa Rica, con materia prima costarricense, no es únicamente una decisión ambiental. También es una decisión económica. Significa generar valor local, estimular empleo rural, aprovechar residuos agroindustriales, reducir presión sobre importaciones y ofrecer al productor opciones complementarias para manejar sus cultivos con mayor estabilidad de costos.

Esta discusión no debe plantearse como una confrontación entre fertilización convencional y alternativas locales. El futuro del agro requiere una visión técnica, gradual y complementaria. Los fertilizantes organominerales no pretenden reemplazar todos los esquemas existentes, sino aportar una herramienta adicional para mejorar la salud de los suelos, optimizar el uso de nutrientes y reducir la exposición del productor a shocks externos. La salud del suelo debe ser parte central de la conversación: durante mucho tiempo, la fertilización se ha analizado casi exclusivamente desde la productividad inmediata, pero un país que quiera sostener su agricultura en el largo plazo también debe preguntarse cómo recupera materia orgánica, cómo mejora la eficiencia nutricional y cómo protege la base natural sobre la cual produce.

En un contexto de cambio climático, eventos extremos, presión sobre costos y mayor incertidumbre internacional, la resiliencia agrícola ya no puede ser un concepto abstracto. Resiliencia significa que el productor tenga acceso a insumos, tecnología, alternativas y condiciones que le permitan seguir sembrando aunque el entorno global se vuelva más complejo.

Costa Rica necesita abrir una conversación más amplia sobre soberanía de insumos agrícolas. No se trata de cerrar mercados ni de abandonar la productividad que exige el sector. Se trata de diversificar fuentes, promover innovación nacional, fortalecer investigación aplicada, generar encadenamientos locales y construir una agricultura menos expuesta a factores externos. Si China, Rusia y la Unión Europea —desde lógicas muy distintas— ya están actuando para proteger su capacidad de alimentar a su propia gente, no parece razonable que nosotros sigamos asumiendo que los fertilizantes llegarán siempre, en cualquier cantidad y a cualquier precio.

El campo costarricense no puede depender únicamente de guerras, barcos, energía y rutas internacionales para alimentar sus suelos. Si algo nos han enseñado los últimos años es que la estabilidad global no está garantizada y que los países que desarrollen capacidades locales tendrán mejores condiciones para proteger su producción.

. Es entender que la economía circular no es solo un concepto ambiental, sino también una herramienta de desarrollo productivo.

Escrito por: Juan Sauma, Representante de Fertipel