En distintos momentos históricos, las sociedades han enfrentado transiciones que pueden comprenderse plenamente a la luz de experiencias pasadas. El presente de Estados Unidos nos invita a una comparación clásica: el tránsito de la República Romana hacia formas de poder personalista.
Lejos de ser una analogía retórica, este paralelismo nos ofrece un marco interesante para analizar fenómenos contemporáneos como la polarización institucional, el auge de liderazgos personalistas y el uso político de la religión.
La pregunta medular no es menor: ¿figuras como Donald Trump buscan revertir la crisis estructural del sistema político estadounidense, más visible en el XXI, o, por el contrario, aceleran una transformación ya en curso?
Desde su origen, el diseño institucional de Estados Unidos estuvo profundamente influenciado por la experiencia romana. Los Padres Fundadores intentaron evitar la concentración de poder mediante un sistema de pesos y contrapesos, inspirado precisamente en el temor a la tiranía. Sin embargo, como advirtió la tradición clásica, ningún diseño institucional es inmune a la degradación si las normas que lo sostienen se quebrantan.
Hoy, ese deterioro se vuelve visible en el bloqueo político sistemático, la pérdida de confianza ciudadana en el Congreso —con niveles de aprobación cercanos al 10% en años recientes según Gallup— y episodios críticos como el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, que interrumpió el proceso de certificación electoral. Estos elementos reflejan un patrón conocido: cuando las instituciones dejan de canalizar las demandas sociales, se abre espacio para liderazgos que prometen eficacia a través de la concentración de poder.
En la Roma tardía, ese fenómeno dio paso al cesarismo: figuras que, apelando al respaldo popular, siempre disponible para estas figuras, desplazaron el equilibrio institucional.
En el contexto actual, Estados Unidos parece experimentar una variante moderna que algunos analistas describen como “cesarismo democrático”: un proceso en el cual el poder real se desplaza hacia líderes que se presentan como intérpretes exclusivos de la voluntad popular frente a un sistema percibido como disfuncional.
En este marco, el fenómeno político asociado a Trump no debe entenderse como una anomalía aislada, sino como expresión de una transformación más amplia del sistema político estadounidense.
Un elemento clave que profundiza este paralelismo histórico es el papel de la religión. En contextos de crisis sistémicas, la religión tiende a cumplir una doble función: instrumento de legitimación política y mecanismo de contención social.
El precedente histórico más claro es el de Constantino en el siglo IV, quien institucionalizó el cristianismo como elemento cohesionador de un imperio convulsionado por la fragmentación. Salvando las distancias, en Estados Unidos se observa un fenómeno que guarda ciertas similitudes: el ascenso del nacionalismo cristiano como fuerza política con creciente visibilidad.
Por lo que se observa un desplazamiento interno del republicanismo neoconservador —afianzado en las instituciones—, hacia el trumpismo que cataliza el cristianismo nacionalista como definición propia de la nación.
De acuerdo con el Pew Research Center, un 37% de los estadounidenses considera que la religión está ganando influencia en la vida pública —el nivel más alto en poco más de dos décadas— mientras que un 17% incluso apoya que el cristianismo sea declarado religión oficial del país. Estas tendencias reflejan una creciente intersección entre identidad religiosa y discurso político.
Este proceso implica una reconsideración del rol de la religión, que trasciende la esfera individual o colectiva para convertirse en un recurso de legitimación política. En determinados sectores, la fe se articula con narrativas geopolíticas —por ejemplo, en relación al Medio Oriente— que influyen en la percepción pública y el debate político.
Asimismo, la religión también actúa como refugio social. Al igual que ocurrió tras la caída del Imperio Romano de Occidente, cuando la Iglesia se convirtió en una de las pocas instituciones morales que ofrecían estabilidad, en la actualidad sectores de la población estadounidense recurren a marcos religiosos para procesar la incertidumbre económica y social. Factores como la persistencia de desigualdades estructurales, —donde el crecimiento del ingreso se concentra desproporcionadamente en los sectores más altos, según datos del Census Bureau— alimentan esta búsqueda de seguridad.
Bajo esta perspectiva, la religión no solo capitaliza poder, sino también sentido.
El historiador griego Polibio propuso la teoría de la anaciclosis, según la cual los sistemas políticos atraviesan ciclos de transformación en los que formas de gobierno tienden a degenerar en versiones corruptas de sí mismas (explicación en Britannica). Pese a que este modelo no debe interpretarse como una ley determinista, nos ofrece una advertencia útil que permite entender el momento actual como una fase de transición en la que la crisis democrática facilita el escenario personalista.
El riesgo no es el “fin” de Estados Unidos como nación, sino su mutación hacia formas de poder personalistas con tendencias autoritarias, donde el consenso institucional cede ante la polarización y la identidad sustituye al debate racional.
Reconocer estos paralelismos históricos no implica caer en fatalismos, sino traer a discusión algo esencial: la sostenibilidad de las democracias no depende únicamente de sus instituciones formales, sino de la fortaleza de las prácticas cívicas que pueden frenar —o acelerar— su deriva hacia formas de poder autoritarias.
