En Costa Rica, la transición demográfica ha implicado cambios significativos en la estructura de edad de la población. El envejecimiento poblacional, en este contexto, ha adquirido una importancia innegable en el país, desarrollándose con gran velocidad debido a logros como la disminución de la mortalidad y el aumento significativo de la esperanza de vida al nacer, en promedio de 81 años. De igual manera, la composición por edades de la pobalción a cambiado significativamente gracias a el mayor control de la natalidad, que se refleja actualmente en tasas ultrabajas de fecundidad de 1,3 hijos por mujer, por debajo del nivel de remplazo poblacional, de 2,1.
La posibilidad de vivir hasta edades cada vez más avanzadas constituye un logro significativo, no solo nacional, sino humano, del que no en todas las épocas se había podido disfrutar. La población mayor representó, en 2025, un 11,7% de la población nacional (864.641 personas), una cifra que, según Pérez Brignoli (2022), se estima que se duplicará y alcanzará el 23,7% en 2050. Ante este panorama, en el que las personas mayores tienen un papel cada vez más importante en la vida pública, resulta fundamental emprender desde la política nacional acciones que les permitan gozar de todos sus derechos con plenitud.
Las personas mayores, lejos de calzar dentro de una categoría homogénea o representar un grupo con intereses y vivencias idénticas, se caracteriza por una amplia diversidad que nos obliga a complejizar aquello que de manera más o menos uniforme se tiende a agrupar bajo el concepto de vejez: debe hablarse, en realidad, de vejeces, de formas distintas de vivir –social, cultural y económicamente– un proceso biológico, una parte de la vida, y que presenta diferencias en las personas de acuerdo con su género, etnia, territorio (rural o urbano), nacionalidad, entre otros. Con el fin de abordar estas diferencias, particularmente aquellas que se presentan entre hombres y mujeres mayores, se presentarán a continuación algunos datos de la Encuesta Nacional de Hogares de 2025.
En lo que respecta al enfoque de género, este es clave para comprender el cambio demográfico que atraviesa nuestro país. Costa Rica, al igual que la mayoría de países latinoamericanos, experimenta un proceso de feminización de la vejez, en razón de la mayor esparanza de vida de las mujeres: según el INEC, en 2025 estas fueron el 55,1% de la población mayor (476.831 personas), en comparación con un 44,9% que fueron hombres (387.810 personas). La mayor cantidad de mujeres en este grupo poblacional plantea un desafío importante, puesto que, como se ha mostrado en estudios nacionales recientes (Espinoza-Herrera y Méndez-Castellanos, 2026), las mujeres mayores experimentan en muchos ámbitos una doble vulnerabilidad en el cumplimiento de sus derechos: primero como personas mayores, luego como mujeres, a raíz de las prolongadas brechas de género que muchas padecen a lo largo de sus vidas y que no hacen más que agudizarse en la vejez.
En primer lugar, cabe señalar que la mayor esperanza de vida de las mujeres, aunque sea un logro significativo, incide simultáneamente en dos problemáticas distintas. Por un lado, hay una feminización de la viudez, puesto que de las 186 780 personas mayores viudas, una abismal mayoría de 148 128 (el 79,3%) son mujeres, es decir, estas enviudan cuatro veces más que los hombres mayores. Por otro lado, la feminización de la viudez hace a las mujeres mayores más suceptibles a vivir en hogares unipersonales, es decir, hogares de una sola persona. De hecho, según la ENAHO 2025, de las 139 461 personas mayores que viven en este tipo de hogares, el 63,1% son mujeres (87.996 personas) y la mitad de estas son viudas (44.509 personas).
Podría aducirse, además, aunque sin duda no se trate de todos los casos, que la tendencia de las mujeres mayores a habitar en hogares unipersonales y experimentar la viudez con mayor frecuencia implica una probabilidad bastante mayor de experimentar soledad no deseada, en caso de que no cuenten con redes cercanas de apoyo.
En Costa Rica, por otra parte, las mujeres y hombres mayores viven realidades socioeconómicas disímiles: si bien la mayor parte de esta población está fuera de la Línea de la Pobreza, cerca de 146.756 personas mayores (un 17%) viven en condición de pobreza y pobreza extrema. De estas, 78.505 son mujeres y 68.251 son hombres mayores (tabla 1.1). Además, las mujeres mayores están más expuestas a situaciones de pobreza extrema (14.957 personas) que los hombres (10.272 personas), aunque en general su situación económica sea comparativamente mejor que la de estos.

La participación laboral de las personas mayores, ya sea para generar ingresos adicionales o por nececidad de cubrir gastos básicos, presenta diferencias sustantivas por sexo: solo un 5,6% de las mujeres mayores dijeron haber trabajado la semana anterior a la aplicación de la ENAHO (2025), un número que es triplicado por el de hombre mayores, que fue de un 18,2%, por lo que estos se benefician significativamente más de actividades remuneradas. De hecho, a nivel general, solo un 28,2% de las 109.881 personas mayores ocupadas son mujeres, nuevamente, tres veces menos que los hombres (tabla 1.2).

Concretamente, se trata de una exclusión mayoritaria de las personas mayores del mercado laboral (cuya participación es del 12,7%), así como de una exclusión aún más marcada de las mujeres mayores, cuya aplastante mayoría (93,3%) no participa de labores remuneradas.
Lo anterior resulta preocupante, dada la vulnerabilidad socioeconómica que experimentan muchas mujeres mayores, especialmente las que habitan en hogares unipersonales, de las que el 91% deben mantener económicamente el hogar, así como un factor de riesgo elevado para aquellas que no cuentan con una pensión o no reciben ayudas de entidades externas.
Por otro lado, la división sexual del trabajo, que reduce a las mujeres a espacios domésticos e inserta a los hombres al mercado laboral, se hace aún más evidente al analizar variables como la participación en labores domésticas no remuneradas. De hecho, como mostró la ENAHO 2025, el 81,4% de las mujeres mayores sí realizó este tipo de trabajos en su hogar, en comparación con un 63,1% de los hombres. Análogamente, 64 117 mujeres mayores (un 13,4%) realizaron labores de cuido a niños y adultos mayores, mientras que en el caso de los hombres lo hicieron 36.394 (un 9,4%).
Incluso las mujeres mayores que sí forman parte de la fuerza de trabajo (30.934 personas) enfrentan retos importantes en hacer compatible su vida laboral con los deberes domésticos, así como una posible precariedad derivada de su doble jornada: primero en el hogar y luego fuera de este. Más precisamente, el 93% de la mujeres mayores ocupadas tuvieron que realizar labores domésticas no remuneradas, en comparación con solo un 59% de los hombres.
En síntesis, las personas mayores viven su vejez de maneras distintas de acuerdo con su sexo, y es importante que la política pública nacional se encamine a la protección de los derechos humanos de esta población en clara consciencia de su diversidad y de las vulnerabilidades específicas a las que están expuestos hombres y mujeres. Las mujeres mayores, a causa de las brechas históricas y estructurales de género, están expuestas a experimentar de manera más aguda situaciones como la pobreza y la pobreza extrema, así como viven más frecuentemente la viudez, la soledad no deseada, la exclusión de oportunidades laborales y la desigualdad económica.
Los hogares de las personas mayores tienden a reproducir una clara división sexual del trabajo, con una mayor carga de los trabajos reproductivos, de cuido y doméstico no remunerados en las mujeres, y del trabajo remunerado y productivo en los hombres, facilitando la continuidad de desigualdades de dentro de los hogares.
Mi propia abuela paterna, a quien dedico este texto, tuvo su primera cuenta bancaria a los 80 años, y aunque trabajó toda su vida brindando cuidados y realizando labores domésticas, nunca tuvo la oportunidad de acceder al trabajo remunerado, gestionar su propio capital o tener ahorros personales de largo plazo.
¿Cuántos hogares más reproducen, incluso sin darse cuenta, esta misma división de roles?
Resulta urgente, desde la política pública, atender esta desigualdad, fomentar redes comunitarias de cuidados y reducir la brechas de género que marcan de manera específica la vida de hombres y mujeres a lo largo de sus vidas.
