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Entre los nuestros, la mesa está servida

Primavera de 1878, Monreale, en las colinas de Palermo. La familia se reúne alrededor de la mesa del comedor. Ya no se habla en voz alta de los nombres, ni de quienes declararon antes de ser sacados del pueblo.  Se habla del sobrino, de lo que dicen que hizo, de lo que no debe decirse, de las coartadas, de los caminos secundarios y de la casa donde podrá esconderse hasta que la gente encuentre otro culpable. Se habla de la necesidad de silencio y lealtad. Todos acuerdan. Se mantienen unidos.

Nadie podía saber entonces que, aunque la palabra mafia ya circulaba en Sicilia, esas reuniones de familia, favores, silencios y coartadas le iban dando forma a una organización que todavía no terminaba de mostrarse como tal. Su cohesión, su seguridad y su fuerza venían de las relaciones de protección, dependencia y compadrazgo que se tejían alrededor de ella. Con el tiempo, la palabra se identificaría simplemente con el crimen organizado. Para funcionar fuera de la ley y con sus propias reglas, sus miembros seguían una línea común: respeto por la jerarquía, silencio, favores, lealtad interna y castigo al que rompiera filas.

Tres vínculos amarraban esa unión. El primero era el de la familia: la sangre, el matrimonio, los sobrinos, los nipoti en italiano. El segundo era el de los amigos. El tercero, el de los clientes. De esas relaciones jerárquicas salían algunos de los pecados políticos más corrosivos: nepotismo, amiguismo y clientelismo, formas distintas de una misma lógica en la que todos se cuidan unos a otros. En Monreale nadie decía todavía Cosa Nostra. Decían los nuestros, los amigos, los hombres de respeto, y bastaba eso para que todo el mundo entendiera.

Abril de 2026, San José, Costa Rica. Pilar Cisneros, patrona política de la bancada chavista, está sentada con los suyos alrededor de una mesa, esperando un almuerzo que no les llega, o por lo menos eso dicen. En la Asamblea Legislativa deben sesionar, conocer y votar la sanción ética contra Fabricio Alvarado, denunciado por presunto hostigamiento sexual por la exdiputada Marulín Azofeifa. Prefirieron quedarse almorzando antes que hacer lo responsable, y no les dio vergüenza admitirlo. Esa es la degradación ética completa.

El método se ha perfeccionado alrededor de mesas. Disfrazan la cobardía de cálculo político: nadie asume, unos no llegan, otros llegan, pero se blindan detrás del puesto, y la ausencia se convierte en un veto ejecutado sin necesidad de dar la cara. Hacen pactos patriarcales en los que la lealtad masculina y partidaria pesa más que la responsabilidad pública. Pactos machistas que socavan en el mismo gesto denuncias futuras: porque toda mujer que denuncia aprende que el procedimiento puede evaporarse si los elegidos deciden protegerse.

Echan a andar, una vez más, las reglas del grupo: el apadrinamiento de uno de sus clientes, que meses atrás había votado en contra de levantarle la inmunidad a su patrón político. Así, Fabricio Alvarado se libra de un juicio político. Al jueves siguiente lo ven en ruta a Suramérica porque, aunque dice que no huye, todo parece indicar que tampoco permanece para encarar nada. Mi abuelo alajuelense habría observado que Fabricio se iba a la gachapanda, a la fuyenta, -agacha’o y huyendo- y le habría puesto apodo: Fabricio el Huidizo.

Primero de mayo de 2026. Cambio del directorio legislativo. Se juramentan nuevos diputados chavistas, y entre ellos no faltan causas penales abiertas. Estos no necesitan huir porque usan el cargo como escudo, y aunque ninguno parece interesado en el bien común, sí parecen muy interesados en el de la familia, la bancada y en sí mismos. Esta es una verdadera farsa del antisistema costarricense: llegaron denunciando privilegios y redes de cuido, se presentaron como destructores del viejo orden, pero en realidad redistribuyen esos privilegios y aprenden a administrarlos en beneficio propio.

Chavistas y fabricistas protegieron a los suyos, degradaron la Asamblea y mandaron un mensaje violento a las mujeres. No esperen que aplaudamos el 8 de mayo.