Mi esposa ama la obra de Hayao Miyazaki, por lo que el universo de Studio Ghibli ocupa un lugar especial en nuestro hogar. A pesar de eso, no nos habíamos puesto al día con El niño y la garza (2023), película que el mundo ha recibido como la despedida del maestro y que fue incluso premiada con un Óscar.
Usualmente, cuando terminamos de ver una película de Ghibli, armamos un foro improvisado lleno de reflexiones y comentarios que, con el pasar de los años, han consolidado en nosotros la idea de que la imaginación de Miyazaki es uno de nuestros espacios más seguros y apreciados. Nada nuevo ahí: el arte siempre ha sido un refugio.
Esta vez, sin embargo, cuando terminó la película ninguno dijo nada. En cuestión de segundos Victoria puso Envidiosa, señal clara de que necesitaba reírse un rato: la entendí. A mí me costó un poco cambiar el casete pues de alguna forma me sentía “traicionado” por Miyazaki. No porque la película fuera “confusa”. No lo es. Es deliberadamente ambigua, onírica y autoindulgente y, si bien no es un enfoque que yo aprecie como elección artística, puedo entenderlo. Pero lo que me contrarió no fue la forma, sino el fondo.
Estamos claros en que una película centrada en el duelo de un niño que pierde a su madre plantea de entrada un recorrido complicado, pero Miyazaki ya ha abordado múltiples veces temas complejos con una mirada que, de una u otra forma, dejó siempre encendida la velita de la esperanza. En El niño y la garza lo sentí maduro, sí, honesto, también, pero sobre todo, resignado. Fue como si nos dijera: “Ya no puedo construir y cargar sus refugios; el mundo es lo que es”.
Por supuesto que como toda obra artística permite muchas otras interpretaciones: esta es solo la mía. A mí la nueva entrega de Miyazaki no me abrazó sino que me hizo confrontar que vivimos en un planeta quebrado, que no hay mucho que podamos hacer y que a lo más que podemos aspirar es a no permitir que esa realidad nos pase por encima y nos termine por drenar de los valores en los que se supone creemos.
Renunciar a la construcción de un mundo ideal no es precisamente un mensaje alentador, pero concedo que es humano y auténtico. Lo difícil de conciliar es que la obra entera de Miyazaki encuentre en este su último gesto. Porque sí, la película se siente profundamente personal y casi testamentaria. Ya sobre sus 80 años, Hayao acepta que está consciente del efecto “trampa” —refugio— que su universo artístico ofreció antes. Remueve entonces de golpe el telón y nos impulsa a aceptar la imperfección del mundo y desde ahí plantearnos la pregunta ética del título de la cinta en japonés: ¿Cómo vivir?
No estamos, pues, ante una película accesible y encantadora como El viaje de Chihiro, La princesa Mononoke o El castillo ambulante. Todo lo contrario. No es Miyazaki diciendo “Gracias por todo, aquí les dejo esta fábula luminosa”. Es más bien Miyazaki diciendo algo mucho más incómodo: “El mundo está roto, el arte no lo puede arreglar del todo, la herencia no puede imponerse, y aun así hay que decidir cómo vivir”.
Miyazaki deja ir su legado y con él la propia ilusión que potenció su obra: el genuino deseo de mejorar el mundo. Comparte entonces con nosotros, desde ese crudo lugar, una lectura sincera de la experiencia humana que no necesariamente es nihilista pero claramente dista de sentirse como ese cálido abrazo. Esta es una película de duelo, vejez, legado, rabia y cansancio. Y se nota.
A pesar de todo eso, tras mucho pensarlo —porque esta fue una semana en la que se habría agradecido ese apapacho japonés de antaño— terminé por entender que, en medio del claro tono agridulce de la película, sí hay un asomo de esperanza. No nos está diciendo que “el mundo puede sanar”, o que “el arte nos salva”, o que “la infancia reconcilia todo”, o que “la familia siempre se recompone”. No. Es una esperanza mucho más austera pero más digna, porque asume, acepta y confronta. No delega. No evade. No esconde. Pone la cara. Es la esperanza de quien decide salir al mundo reconociendo sus heridas y viviendo sin refugiarse en la fantasía.
Es una esperanza seca, casi estoica, pero nace de un lugar comprometido con la verdad y al menos no es una invitación directa al desaliento. Si leen entre líneas el endoso está ahí: hay que seguir. La pregunta que debe contestar cada uno de nosotros es cómo quiere seguir, a pesar de los pesares.
Miyazaki nos está soltando la mano para que cada uno de nosotros decida por sí mismo. En Chihiro el mundo podía llegar a ser incomprensible, pero la brújula moral nunca se rompía —ni corría el riesgo de romperse—. ¡Ese es el encanto de la fantasía! Ahora, el mensaje es otro: la brújula la sostiene cada uno de nosotros, punto.
Y puede parecer absurdo, pero al final ese mensaje es mucho más valioso que el añorado abrazo. Porque es un recordatorio de lo que Viktor Frankl formuló hace mucho tiempo: al ser humano se le puede quitar casi todo, excepto la última de sus libertades: la posibilidad de elegir su actitud ante la adversidad y decidir su propio camino.
Y eso, apreciada persona que me lee del otro lado mientras entra en Costa Rica con todo el invierno, es lo que me gustaría recordarle hoy.
Aterrizando un castillo ambulante
Yo sé que el panorama ahora mismo —dentro y fuera del país— no es precisamente alentador, pero la respuesta no puede limitarse a la resignación y la indiferencia. Lo que pasó el lunes y el martes en el Congreso, por ejemplo, fue un verdadero test de sensibilidad democrática y ni siquiera pestañeamos. Eso debería llamarnos más la atención que el cinismo de los 22 diputados ausentes porque da cuenta de una degradación democrática profunda e inquietante.
Por mucho que nos pese, lo cierto es que el mensaje que enviamos como ciudadanía al poder político fue el siguiente: una coalición legislativa puede vaciar el Plenario para impedir una votación incómoda, sacrificar 22 proyectos de ley y dejar botado un trámite que afectaba directamente el bolsillo de cientos de miles de personas y aun así la reacción pública no trascenderá del “diay, es lo que hay”.
Lo de las visas a directivos de La Nación este sábado opera parecido: Estados Unidos toma una decisión opaca contra miembros de la junta de un medio crítico, en un contexto de ataques sistemáticos contra prensa e institucionalidad, y la reacción social probablemente se partirá entre indiferencia, burla o incluso sospecha automática contra los afectados.
Estoy claro en que la apatía no aparece de la nada. Tiene causas entendibles: cansancio, precariedad, inseguridad, hartazgo con élites, desprestigio de medios, desprestigio de partidos, sensación de impunidad acumulada, saturación informativa. Mucha gente no tiene energía emocional para indignarse por “quórum legislativo” o para preocuparse por “visas de directivos”. De verdad: lo entiendo. Además, cuando los afectados son figuras percibidas como élite —diputados, magistrados, expresidentes, La Nación— una parte del público no ve una amenaza institucional, sino un pleito entre poderosos.
Lo que no hay que perder de vista es que ese es el terreno perfecto para esa degradación democrática a la que aludo. Cuando cada golpe contra un contrapeso puede venderse como un castigo merecido contra una figura antipática, deberíamos empezar a poner las barbas en remojo. La democracia se erosiona más rápido cuando sus defensas dejan de parecer bienes comunes y empiezan a parecer privilegios de otros.
Por eso mismo la respuesta no puede partir de la alarma, mucho menos de seguir hablando de ese “indeterminado” en el que se convirtió la “la institucionalidad”. Porque no es tanto que estemos ante una ciudadanía tranquila como que estamos ante una ciudadanía exhausta. Y una democracia exhausta es mucho más fácil de doblar. Recordemos: el deterioro democrático no siempre llega con multitudes marchando contra la libertad. A veces llega con una mayoría mirando para otro lado porque ya no cree que defender las reglas sirva de algo.
Precisamente por eso no creo que sea prudente —ni justo— que las personas en posición de liderazgo sigan hablando en tono condescendiente e “indignado”. Hay que empezar por aceptar que el propio sistema desgastó deliberadamente su capacidad de respuesta. La ciudadanía no es indiferente por “ignorancia”. No. La gente está cansada, intoxicada de ruido y entrenada por años de impunidad que la llevaron a convencerse de que nada cambia.
El problema es que esa conclusión, comprensible como mecanismo de defensa, termina siendo funcional a quienes más se benefician de ella. Cuando una sociedad acepta que “nada cambia”, quienes sí están cambiando las reglas encuentran el camino libre. Cuando todo parece pleito de élites, los abusos dejan de verse como abusos y pasan a parecer capítulos más de una serie ajena. Cuando la democracia deja de sentirse como casa común, su deterioro ya no provoca alarma: apenas ruido de fondo.
Ahí es donde regreso a Miyazaki. Porque tal vez el gesto más duro de El niño y la garza no sea decirnos que el mundo está roto, sino negarse a reconstruirnos un refugio para no verlo. La película no nos ofrece una torre donde escondernos ni un mundo alterno donde las piezas puedan acomodarse con pureza. Al contrario: nos recuerda que todo mundo ideal construido para huir de la realidad termina siendo también una forma de renuncia.
Y Costa Rica, en este momento, no necesita más renuncias.
No necesita más gente inteligente explicando por qué ya nada vale la pena. No necesita más cinismo disfrazado de lucidez. No necesita más resignación convertida en personalidad pública. Tampoco necesita alarmismo teatral ni sermones institucionales pronunciados desde una altura moral que hace rato dejó de convencer a quienes viven, todos los días, el peso de un país más caro, más violento, más cansado y más desconfiado.
Necesita otra cosa: una forma adulta de esperanza.
No la esperanza ingenua de quien cree que todo se arregla porque sí. No la esperanza decorativa de los discursos bonitos. No la esperanza cómoda de quien se refugia en la fantasía para no mirar el daño. Una esperanza más seca, más incómoda, más responsable: la de quien acepta que el mundo está quebrado y aun así decide no colaborar con su deterioro.
Porque al final esa es la diferencia entre resignarse y madurar. La resignación dice: “el mundo es así”. La madurez responde: “precisamente por eso no puedo soltar mi parte”.
No podemos controlar si una fracción legislativa decide vaciar el Plenario para proteger a uno de los suyos. No podemos controlar si una potencia extranjera cancela visas sin explicar sus razones. No podemos controlar si el ecosistema público premia cada día más la burla, la sospecha automática, la desinformación y el cansancio. Pero sí podemos controlar si dejamos de distinguir entre lo normal y lo grave. Si dejamos de llamar abuso al abuso. Si dejamos de defender reglas solo porque quienes hoy parecen afectados no nos caen bien. Si dejamos que la brújula moral se oxide por falta de uso.
Y ese, creo, es el punto de encuentro entre la película que no me abrazó y la semana que tampoco nos dio demasiados motivos para sonreír: nadie va a sostener la brújula por nosotros.
No Miyazaki.
No la institucionalidad.
No los medios.
No los partidos.
No los liderazgos que ya demostraron sus límites.
Cada quien tendrá que decidir cómo quiere vivir en un mundo que no siempre premia la decencia, que no siempre castiga el abuso y que no siempre recompensa la paciencia democrática. Esa decisión no resuelve el problema, pero impide algo igual de grave: que el problema nos resuelva a nosotros.
Tal vez por eso el último adiós de Miyazaki se siente tan áspero. Porque no suena a despedida, sino a entrega de responsabilidad. Como si el maestro, después de construir durante décadas algunos de los refugios más bellos del cine, nos dijera al final: ya no se trata de esconderse aquí. Se trata de salir. Salir al frío. Salir al ruido. Salir al país real. Salir sin garantías. Y aun así, salir con la brújula en la mano.
