El fenómeno de El Niño previsto para 2026 podría generar en Centroamérica y Panamá un escenario de menores lluvias, temperaturas más altas, sequías más prolongadas y mayor presión sobre la disponibilidad de agua, con impactos directos sobre cultivos, rendimientos agrícolas, costos de producción, abastecimiento hídrico y generación hidroeléctrica.
La Organización Meteorológica Mundial ha indicado que existe una probabilidad creciente de desarrollo de El Niño desde mediados de 2026, mientras que la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA, por sus siglas en inglés) estima que podría emerger entre junio y agosto.
En Panamá, el riesgo es especialmente sensible porque una reducción de lluvias puede afectar los niveles de los lagos Gatún y Alhajuela, esenciales para la operación del Canal de Panamá. Aunque la Autoridad del Canal ha señalado que no prevé restricciones de tránsito para el resto de 2026, también mantiene medidas preventivas de ahorro de agua ante una eventual disminución hídrica.
Para países como Costa Rica, el efecto podría sentirse en una doble vía: impacto agropecuario interno y posible presión sobre el comercio exterior, la logística, los tiempos de tránsito, los fletes, la importación de insumos y las exportaciones, si el clima llegara a tensionar rutas estratégicas como el Canal de Panamá.
El Canal de Panamá es una de las infraestructuras más relevantes del comercio marítimo internacional. Su operación depende del agua dulce proveniente de los lagos Gatún y Alhajuela, que alimentan el sistema de esclusas. Cuando esos niveles bajan por sequías prolongadas, la administración del Canal puede verse obligada a aplicar medidas como la reducción del calado permitido o limitaciones en el número de tránsitos diarios.
Eso ya ocurrió entre 2023 y 2024, tal como lo registraron diversos medios de prensa, cuando la sequía obligó a restringir progresivamente el paso de buques. El resultado fue una presión adicional sobre la planificación naviera, la disponibilidad de espacios, los tiempos de tránsito y los costos del transporte marítimo. Aunque Panamá ha indicado que actualmente mantiene medidas preventivas y estabilidad operativa, la sola posibilidad de un nuevo evento fuerte de El Niño obliga a países como Costa Rica a prepararse con anticipación.
Costa Rica es una economía abierta. Exportamos productos agrícolas, alimentarios, industriales y de alta tecnología a múltiples mercados. También importamos insumos, materias primas, combustibles, fertilizantes, maquinaria, empaques, equipos y bienes esenciales para la producción y el consumo. Por eso, cualquier alteración en rutas marítimas estratégicas puede tener efectos que van mucho más allá de un sector específico.
Para el agro, el riesgo es doble. Por un lado, El Niño puede afectar directamente la producción mediante cambios en temperatura, lluvias, disponibilidad de agua, presión sobre los suelos y manejo de cultivos. Por otro lado, si el fenómeno incide en la operación logística regional, los productores y exportadores podrían enfrentar mayores costos para importar insumos o colocar sus productos en mercados internacionales.
En otras palabras, el impacto no termina en la finca. Puede llegar al puerto, al contenedor, al flete, al supermercado y al consumidor.
Este no es un llamado a la alarma. Es un llamado a la planificación. Costa Rica debe actuar antes de que los problemas se manifiesten. Necesitamos monitoreo permanente, información clara y coordinación entre Gobierno, sector productivo, exportadores, importadores, navieras, operadores logísticos, autoridades portuarias y cámaras empresariales.
El país debería valorar la creación de una mesa de seguimiento que analice escenarios asociados a El Niño y su posible efecto sobre la logística internacional. Esa mesa podría revisar rutas alternas, disponibilidad de contenedores, evolución de fletes, tiempos de tránsito, inventarios estratégicos, importación de insumos críticos y medidas de apoyo para sectores productivos expuestos.
También es necesario fortalecer la comunicación con productores y empresas exportadoras. La información oportuna permite planificar compras, revisar contratos, ajustar calendarios de embarque, prevenir atrasos y tomar decisiones con menor incertidumbre.
El contexto internacional tampoco ayuda. El comercio marítimo viene enfrentando tensiones por conflictos geopolíticos, presión sobre rutas estratégicas, variaciones en costos energéticos y disrupciones logísticas. Si a ese escenario se suma una eventual restricción en el Canal de Panamá, los países pequeños, abiertos y dependientes del comercio exterior podrían resentirlo con mayor fuerza.
Costa Rica ha construido buena parte de su desarrollo sobre la capacidad de producir, exportar e integrarse al mundo. Pero esa integración también nos expone a riesgos externos que no controlamos. Por eso debemos fortalecer nuestra resiliencia: producir con mayor eficiencia, proteger el agua, mejorar infraestructura, diversificar opciones logísticas y anticipar escenarios climáticos que pueden impactar tanto al campo como al comercio.
El Niño debe entenderse como un fenómeno integral. No se trata únicamente de clima. Se trata de producción, alimentos, empleo rural, exportaciones, importaciones, competitividad y costos para el país.
Desde CANAPEP y CNAA hacemos un llamado respetuoso a las autoridades para que este tema sea abordado con visión país. Costa Rica no puede esperar a que se reduzca el tránsito en una ruta estratégica o a que aumenten los costos logísticos para empezar a coordinar. El momento de prepararse es ahora.
El país necesita pasar de la reacción a la prevención. Porque cuando el clima cambia, también cambian las condiciones para producir, comerciar y competir.
