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El hoy mini-stro

Pasar de ser presidente de la República a ministro es disminuir el señorío y la importancia del cargo que se ejerció; es reducir el liderazgo que se ostentó y, de alguna manera, demostrar que solo se puede seguir ejerciendo “liderazgo” a través de un puesto formal en el gobierno. Porque no se tiene el encanto ni el carisma necesarios para influenciar e inspirar desde la llanura política.

La otra razón se explica por el temor a enfrentar la justicia y salvaguardarse en la inmunidad que otorga un puesto de gabinete. ¿Se ha imaginado usted al expresidente Rafael Ángel Calderón Guardia como secretario de la Presidencia de su sucesor, Teodoro Picado? ¿A don Pepe Figueres como ministro de la Presidencia de los gobiernos de Francisco Orlich o Daniel Oduber? ¿Se imagina usted al expresidente de la República Miguel Ángel Rodríguez —este sí economista puro— como ministro de Hacienda de Abel Pacheco? ¿O al expresidente y Premio Nobel Óscar Arias como ministro de Laura Chinchilla? ¿O, por qué no, imaginar a Luis Guillermo Solís como ministro de Carlos Alvarado?

Sin duda, esto suena a caricatura o a meme. Muchos de ellos, y otros expresidentes de nuestro país, promovieron a sus sucesores, pero nunca pensaron en mantenerse como parte del gabinete de quien los sustituiría.

Ciertamente, el tema no pasa por lo legal, porque no existe ninguna prohibición constitucional para que un expresidente de la República sea considerado miembro del gabinete de su sucesor. A lo mejor, los constituyentes nunca imaginaron que alguien que fue presidente de la República pensara en disminuirse posteriormente como ministro. Es legal, claro que lo es, pero la excelencia de haber ostentado el máximo puesto al que puede aspirar un ciudadano en su país no puede luego ser disminuida sin señorío. Como dice popularmente nuestra gente: pasar de “zapato a caite”. Es “caer de las nubes al suelo” al evaporarse el poder que se tuvo; es no asimilar el nuevo papel que se deberá jugar en el acontecer nacional; es no saber dar un paso al costado.

Ahora bien, en otro orden de cosas, tenemos claro que la idea del mini-stro Chaves es huir bajo la inmunidad que otorga el puesto para enfrentar a la Fiscalía y al Ministerio Público por varios casos pendientes con la justicia nacional surgidos durante su gestión presidencial. Alargar la agonía. Su popularidad —sustentada en mercadeo y no en resultados de políticas públicas— fue lo que le permitió escoger a su delfín, hoy Presidenta de la República, a quien debieron condicionarle diputados, ministros, juntas directivas, reglas y más para poder ser candidata presidencial.

Hoy todo parece transcurrir con normalidad en el Poder Ejecutivo; sin embargo, el mini-stro Chaves debe caminar con mucha cautela, porque su doble sombrero en Presidencia y Hacienda no le asegura permanencia durante los cuatro años del gobierno de Laura Fernández, quien, ante la menor diferencia, podría sustituirlo con facilidad y dejarlo solo a su suerte para enfrentar la justicia. Ella lo tiene en sus manos.

Como presidenta de la República, quien tiene la sartén por el mango es Laura Fernández. Se equivocan quienes piensan que el mini-stro Chaves puede hacer con ella lo que se le antoje, puesto que es él quien está urgido y escudado en una inmunidad que solo puede extenderse por cuatro años con el aval de la Presidenta.

El poder lo tiene Fernández, y eso le da las potestades para nombrar, mover y remover a los miembros de su gabinete, lo que hace a sus integrantes dependientes de sus disposiciones y aprecios. Mientras tanto, Chaves pasó de una posición de verticalidad a una de horizontalidad con sus hoy colegas ministros, situación que tratará de contrarrestar con su doble ministerio. No solo ha querido, como ministro de la Presidencia, mantener el control político del gabinete y presionar a la Presidenta; sino además, como ministro de Hacienda, tener el control de la “billetera” del país para así condicionar con recursos a ministros y diputados.

El tema aquí es hasta cuándo y en qué condiciones estará la presidenta Fernández dispuesta a aguantar el viaje con el mini-stro Chaves, porque de repente podría hacer lo de las naves espaciales que alunizan solo con una parte del cohete que las impulsó, mientras el resto queda disperso y perdido en el espacio. Eso obliga a Chaves a caminar con suavidad y discreción, características ajenas a su estilo soez y arrogante.

El tiempo dirá cómo termina esta relación entre la presidenta y el mini-stro, sobre todo pensando en la frase de George Bernard Shaw para describir la falta de reciprocidad en las relaciones humanas:

Siempre hay alguien que besa y alguien que se limita a permitir el beso”.