Vengo a Polonia cada tres meses y cada vez la ciudad se parece un poco menos a la que dejé la vez anterior. No cambia de golpe, como cambian las ciudades latinoamericanas, a manotazos, a empellones, demoliendo lo de ayer para improvisar lo de mañana. Polonia cambia despacio, como crece un árbol al que uno cree haber visto siempre igual hasta que un día descubre que su sombra cubre dos veces el patio. Poznań es uno de esos lugares donde el cambio se acumula sin escenificarse, y donde un observador paciente puede leer, en las fachadas restauradas, en los trenes que llegan a la hora exacta, en la conversación animada de unos estudiantes que discuten la política del día siguiente con la misma soltura en polaco, inglés y alemán, la crónica de una transformación que el mundo todavía no termina de aquilatar.
La Polonia que conocí hace veinte años era todavía un país que sospechaba de su propia suerte. Acababa de ingresar a la Unión Europea con un PIB por habitante apenas equivalente a la mitad del promedio continental, con la memoria reciente del pasado comunista pesando en los pasillos de las instituciones, y con esa mezcla particular de orgullo herido y ambición contenida que tienen los pueblos demasiadas veces partidos en pedazos por las potencias vecinas. Había quienes pronosticaban décadas de rezago antes de cualquier convergencia. Había quienes decían, en voz baja en Bruselas y en voz alta en otras capitales, que Europa había comprado un problema. Hoy ese mismo país roza el ochenta por ciento del PIB per cápita medio de la UE, es su quinta economía, posiblemente muy pronto la cuarta, y el muro oriental de la OTAN. Pocas veces se ha visto un salto semejante en la historia reciente, y casi nunca sin tragedia de por medio.
La explicación cómoda diría que la hicieron los fondos europeos. Doscientos cuarenta mil millones de euros no son cifra menor: con ellos se construyeron autopistas, ferrocarriles rápidos, universidades modernas, parques científicos, programas de formación para una generación entera. Pero sería injusto, y además falso, atribuir a Bruselas un mérito que correspondió a los polacos. La cohesión europea fue la palanca, pero el peso lo levantó una sociedad disciplinada, ahorradora, dispuesta a sacrificios que otros países no habrían tolerado, y una clase política que durante años, más allá de sus diferencias, compartió una intuición fundamental: que pertenecer a Europa no era un trámite sino un destino civilizatorio, y que ese destino exigía fidelidad a unas reglas que el país no escribía solo, pero a las que se había obligado libremente. Lo veo en mi propia familia política polaca: una hermana mayor que emigró a Inglaterra siendo muy joven, cuando el pasaporte polaco aún pedía perdón al cruzar fronteras, y que allá hizo carrera y vida; mi esposa, la del medio, que pertenece a la generación exacta de los programas europeos de integración, formada al amparo de unas instituciones que la prepararon para servirlas; mi cuñado, el menor, ingeniero, producto directo de la prosperidad de su país, de las universidades reformadas, de las empresas que ya no necesitan irse a Alemania para crecer. Tres hermanos, tres caminos, una sola lección: la soberanía no se afirma rompiendo los lazos, se afirma honrándolos. Lo demás es nostalgia disfrazada de doctrina.
Luego vinieron los años duros. Casi una década de gobierno de Ley y Justicia, bajo la conducción de un Jarosław Kaczyński cada vez más parecido a esos patriarcas de novela que confunden la patria con su propia obstinación, fue el laboratorio polaco de un fenómeno que recorre el mundo: el iliberalismo de envoltorio democrático, ese arte cuidadoso de vaciar las instituciones por dentro mientras se mantienen las formas por fuera. Cayeron primero los magistrados del Tribunal Constitucional, después la autonomía de los jueces ordinarios, después la voz independiente de los medios públicos, después el aire de la prensa crítica, después la paciencia de Bruselas, que terminó congelando los fondos del Plan de Recuperación cuando no le quedó más remedio. Era el manual completo, aplicado con prolijidad de buen alumno: el mismo que se ensayó luego en Budapest y que esta semana hemos visto formalmente caer, y el que asoma en otros rincones del continente, el que se reedita en castellano con vocabulario propio pero con la misma carpintería de fondo. Nostalgia identitaria, enemigos fabricados, desprecio por los contrapesos, promesa permanente de atajos al aparato estatal.
Lo que convierte a Polonia en algo más que una advertencia es lo que ocurrió después. En octubre de 2023, una sociedad cansada de ver erosionarse a pequeños mordiscos lo que tanto le había costado construir acudió a las urnas con una participación que no se veía desde las elecciones fundacionales de 1989, aquellas en las que Solidarność enterró al régimen comunista. Las mujeres, agraviadas por una política del cuerpo que las había tratado como máquinas reproductoras; los jóvenes, hartos de un discurso que les ofrecía un pasado en lugar de un futuro; las grandes ciudades, los pueblos pequeños, la diáspora polaca que regresó a votar por avión y por autobús, formaron esa coalición improbable que en política solo se construye cuando algo profundo se ha quebrado y se decide repararlo. No fue una elección milagrosa: fue trabajada en cocinas, en parroquias, en sindicatos, en universidades, en cafeterías como las que rodean ahora mi mesa en Poznań, donde unos estudiantes discuten con esa intensidad particular que solo tienen los pueblos que han recuperado el derecho de discutir en serio.
La restauración no es ni rápida ni completa, conviene decirlo sin triunfalismos. La presidencia conservadora sigue siendo un dique, los jueces heredados pesan en cada sentencia, y el debate sobre cómo desmontar lo construido sin replicar sus métodos está lejos de cerrarse, y conviene que así sea, porque los pueblos que aprenden a destruir las instituciones del adversario terminan destruyendo las suyas. Pero la dirección cambió, los fondos volvieron a fluir, y Polonia recuperó su sitio en la conversación continental con un peso que ya no se puede ignorar: frontera con la guerra, columna oriental de la OTAN, gasto en defensa superior al cuatro por ciento del PIB, el más alto de la Alianza. Los países que la miraban por encima del hombro hace veinte años hoy la consultan. El respeto internacional se gana con previsibilidad, con reglas, con seriedad de Estado, y se pierde con velocidad alarmante cuando se coquetea con romperlas.
Es imposible mirar todo esto desde Costa Rica sin que se levante un espejo. No es que nuestra historia se parezca a la polaca, ni que las dimensiones sean comparables. Pero el manual que se ensaya hoy en mi país es el mismo que aquí se conoce de memoria: desprecio por las instituciones, guerra cotidiana contra la prensa, idea de que cualquier contrapeso es un enemigo del pueblo, desdén por la técnica y el saber acumulado, promesa permanente de un atajo que nunca llega. Hay algo conmovedor, y al mismo tiempo aterrador, en esta repetición: revela que las democracias, cuando enferman, lo hacen siempre del mismo modo, con los mismos delirios febriles de unidad nacional y de pueblo traicionado, y que el diagnóstico está disponible para cualquiera que quiera leerlo. Polonia logró incorporarse a tiempo de la mesa de operaciones. Hungría lo ha hecho, pero aún no sabemos la magnitud del daño. La pregunta es cuántos países más aceptarán el experimento antes de aprender que la libertad, esa palabra de la que tantos se han apropiado para destruirla, no se defiende sola, no se hereda gratis, y no perdona dos veces a los pueblos que la abandonan.
Costa Rica tuvo, a lo largo de su historia, intuiciones que la salvaron de las tragedias del istmo: la apuesta temprana por la educación pública, la abolición del ejército, la fe en las reglas, la sospecha saludable de los caudillos providenciales, la convicción profunda de que un país pequeño solo sobrevive si se hace grande en sus instituciones. Esas intuiciones no fueron un regalo de la geografía ni un capricho del destino: fueron decisiones, tomadas en momentos difíciles por hombres y mujeres que entendieron que hay herencias que solo se conservan defendiéndolas.
Vuelvo a Poznań dentro de tres meses. Espero ver el árbol más alto, las fachadas más firmes, los estudiantes discutiendo en sus tres idiomas la política del día siguiente. Espero, también, poder contar lo mismo de mi propio país, esa encina cansada y obstinada que tantos quisieron talar y que sigue ahí, no por milagro, sino porque cada generación a tiempo entendió que era su turno de cuidarla. Hoy es nuestro turno. Y de lo que hagamos en estos años dependerá, ni más ni menos, la sombra que dejaremos a los que vienen.
