Las recientes elecciones dan todavía de qué hablar en el día a día de cada uno de nosotros, en los periódicos, redes sociales y medios de comunicación. Nos vemos aturdidos de múltiples análisis políticos que intentan cubrir lo que sucede, por qué sucede y, si da abasto, lo que sucederá. Entre montañas de opiniones, análisis y críticas, puede notarse una tendencia, que, si bien no está mal en sí misma, es digna de ser señalada.
Dichos análisis, comentarios u opiniones, están cargados de juicios de valor que, más allá de rebuscar dentro de las cualidades y vicisitudes del ideario político costarricense o global, se encaminan hacia un público meta que encaje con las ideas que se exponen, ¿a qué voy con esto? Estamos viviendo un fenómeno de comodidad intelectual, donde lo que se busca es reafirmación y validación dentro de audiencias que cuenten con un "set-up" de ideales parecidos a los míos, los cuales alimentarán un sesgo de confirmación y cuestionarán de poco a nada, si se les expone el mensaje con algunos términos y características similares a los ya aceptados. Es decir, cada vez con mayor frecuencia, la forma de hacer política parece dirigirse a reafirmar, más que a persuadir. Se le habla a quien estará de acuerdo, dentro de un marco de ideas de la misma medida y un lenguaje común y afín. Visto eso, se diluye la capacidad de pulir argumentos, la crítica se desvanece y aparecen otras formas de reaccionar al disenso, cada vez más violentas, ralentizando la capacidad de debatir.
Sin embargo, esto puede resultar contraproducente. La crítica, la refutación, y sobre todo el diálogo político son por naturaleza una práctica de contraste y enfrentamiento constante dentro de una democracia. Más allá de intentar señalar que grupos generan un daño a la democracia nacional, a la estabilidad internacional o toman las decisiones incorrectas, más bien, debe en su lugar reconocer el hecho que, en contextos de polarización, de otredad y de señalamientos, ninguno está en la autoridad moral o en una posición para considerarse superior. Nadie posee la verdad absoluta o una autoridad moral suficiente para mirar sobre el hombro a sus adversarios ideológicos. Esta dinámica se puede apreciar periódicamente en las columnas de opinión de los periódicos y en redes sociales.
Sin buscar ser anacrónico, no hace mucho tiempo se construía entre diferentes, se discutía y se construían puentes, así se edificó nuestro país y varias democracias fuertes. Actualmente parece que el diálogo, la admiración y el respeto existe únicamente entre correligionarios, mientras que los señalamientos, burlas e insultos se encuentran reservados para los adversarios políticos. Nuestra democracia no necesita gritos ni golpes contra la mesa, ataques a las instituciones, así como tampoco necesita aleccionadores sobre qué es lo correcto -según su ideario-, que aleccionen a quien no busca ser aleccionado, o que, con tecnicismos y lenguajes complejos le hable solo a un sector de la población, esperando ser comprendidos por todos. Nos hace falta mucho camino por recorrer para tener el país que deseamos, al menos si se sigue recorriendo sobre esta senda dividida.
El contraste político es necesario, así se cimentó Costa Rica, el intercambio de ideas opuestas es necesaria para depurar las propuestas y llevar adelante lo que entre diferentes se considera es lo mejor. Hemos llegado incluso al punto en donde se buscó obtener mayoría calificada en el congreso para evitar esta negociación y enfrentamientos, el cual fue un narrativa ampliamente aceptada y respaldada por la población, desesperada por encontrar respuestas ante un panorama nacional incierto.
Si queremos crecer, necesitamos vernos y tratarnos como iguales, más aún a quienes piensan distinto y reconocer el hecho que todos valemos por igual, a pesar de nuestras ideas políticas y nuestra cosmovisión del mundo. Entender que, más allá de adversarios políticos, del otro lado hay personas, compatriotas y ciudadanos.
Hemos de abandonar los ataques al cuerpo en el plenario legislativo, en las conferencias presidenciales, en los espacios políticos de incidencia y en las ruedas de prensa. Si en realidad alguna postulación o ejercicio de un cargo público tiene el fin de aportar al bien de Costa Rica, dudo que atacando a adversarios mejorará nuestra patria.
