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El día que el periodismo calle, Costa Rica perderá parte de su alma

Hay fechas que no deberían pasar desapercibidas.

El Día Nacional del Periodista es una de ellas.

No porque quienes ejercemos esta profesión necesitemos felicitaciones, no porque busquemos reconocimientos y, mucho menos, porque pretendamos ocupar un lugar especial dentro de la sociedad. Es una fecha importante porque nos obliga a hacernos unas cuantas preguntas incómodas:

¿Qué pasaría si un día el periodismo desapareciera?

¿Qué pasaría si nadie preguntara?

¿Qué pasaría si nadie investigara?

¿Qué pasaría si nadie estuviera dispuesto a enfrentar presiones para contar una historia?

¿Qué pasaría si el miedo terminara imponiéndose sobre la verdad?

La respuesta es dolorosa: Costa Rica perdería una parte de su alma. Y no es una exageración.

Nuestro país construyó buena parte de su prestigio internacional sobre valores que hoy parecen naturales, pero que fueron conquistados por generaciones enteras: la democracia, la educación, la institucionalidad, la libertad de expresión y el respeto a las diferencias.

Durante décadas, Costa Rica fue vista como una excepción positiva en América Latina, un país donde la prensa podía preguntar, donde el debate público podía desarrollarse con libertad y donde el periodismo cumplía un papel esencial en la vigilancia de quienes ejercen el poder. Sin embargo, los tiempos están cambiando.

Los informes internacionales sobre libertad de prensa muestran señales que deberían preocuparnos a todos. Costa Rica sigue ocupando posiciones relativamente favorables en comparación con muchos países de la región, pero ya no observamos el panorama con la misma tranquilidad de años atrás.

Los ataques verbales contra periodistas, la creciente polarización política, la desinformación y los intentos de desacreditar a medios y comunicadores se han convertido en parte de una realidad que hace apenas algunos años parecía lejana.

Lo preocupante no es solamente lo que ocurre con los periodistas. Lo verdaderamente preocupante es lo que ocurre con la democracia cuando la ciudadanía deja de confiar en la información verificada. Porque cuando la verdad pierde valor, cualquier mentira puede convertirse en realidad y, cuando la prensa es desacreditada sistemáticamente, quienes celebran son los abusos, la opacidad y la corrupción.

Y cuando los periodistas comienzan a sentir miedo de preguntar, toda la sociedad pierde.

Por eso el periodismo importa. E importa mucho más de lo que a veces creemos. Porque detrás de cada noticia existe una persona que necesita ser escuchada; porque hay comunidades enteras que encuentran en los medios una posibilidad para visibilizar problemas que de otra forma permanecerían ocultos; porque existen injusticias que solo salen a la luz cuando alguien decide investigarlas; porque la democracia necesita ojos que observen y voces que pregunten.

Quizá por eso esta fecha tiene para mí una carga emocional tan profunda. Será porque mi vida ha estado ligada al periodismo desde muy joven.

Comencé este camino en 2008, cuando tenía apenas 14 años. Han pasado muchos años desde entonces: de aprendizaje, de coberturas, de errores, de aciertos, de oportunidades y de desafíos. Hoy, como periodista de la Universidad Estatal a Distancia (UNED), agradeciendo a su rector Rodrigo Arias y a Karol Ramírez, jefa de mi oficina, sigo sintiendo exactamente la misma emoción que sentía cuando descubrí por primera vez el poder transformador de una historia bien contada.

Pero también he comprendido algo que con el tiempo se vuelve cada vez más evidente: nadie llega solo. Ninguna trayectoria se construye en solitario. Detrás de cada periodista existe alguien que enseñó, corrigió, acompañó o inspiró.

Y cuando pienso en mi historia, inevitablemente pienso en Isabel Ovares Ramírez. Para Costa Rica, Isa es una figura histórica del periodismo nacional. Para cientos de estudiantes y profesionales ha sido profesora, guía y referente.

Pero para mí representa algo todavía más profundo: una de las personas que más han influido en mi forma de entender esta profesión y también en mi forma de entender la vida. Porque Isabel nunca enseñó únicamente periodismo. Enseñó ética, responsabilidad, humanidad; algo que parece sencillo, pero que cada día resulta más difícil encontrar: coherencia.

De ella aprendí que la credibilidad es el patrimonio más importante que puede tener un periodista y que ninguna exclusiva vale más que la verdad. Que detrás de cada entrevista existe una persona. Que la sensibilidad no está peleada con el rigor. Y aprendí que el periodismo no se trata de protagonismos personales, sino de servicio público.

A lo largo del camino también tuve el privilegio de aprender de mujeres extraordinarias como Patricia León y Vilma Ibarra, referentes indiscutibles de la comunicación costarricense. Por eso me produjo una profunda tristeza conocer el cierre de Hablando Claro. Y no porque desapareciera únicamente un programa de radio, sino porque sentí que una parte de la conversación nacional se apagaba con él.

Durante años fue un espacio donde las ideas podían desarrollarse con profundidad, donde todavía existía tiempo para escuchar, donde las preguntas tenían contexto y donde el análisis importaba más que el espectáculo.

Y en una época donde parece que todo debe reducirse a unos pocos segundos de atención, perder espacios así duele.

También guardo una enorme gratitud hacia Patricia Jiménez y Marcelo Castro, personas que creyeron en mí, abrieron puertas y contribuyeron a mi crecimiento profesional. Porque, al final, la historia del periodismo también es una historia de maestros, de personas que extienden la mano, de profesionales que comparten conocimientos y de colegas que ayudan a construir nuevas generaciones.

Y quizás por eso resulta imposible hablar del periodismo costarricense sin recordar La Penca. Sí, aquella tragedia que dio origen a la conmemoración del Día Nacional del Periodista nos recuerda que hubo colegas que pagaron el precio más alto por informar. Y también nos recuerda, entre otros aspectos, que la libertad de prensa nunca ha sido gratuita; que detrás de cada noticia existen seres humanos que muchas veces trabajan lejos de los reflectores, enfrentando riesgos, presiones y sacrificios que pocas personas llegan a conocer.

Hoy, más de cuarenta años después de La Penca, las amenazas son diferentes. Ya no siempre llegan en forma de bombas. A veces llegan en forma de campañas de desprestigio, de insultos, de intimidaciones, de ataques sistemáticos y de intentos por sembrar dudas sobre el valor mismo del periodismo.

Y precisamente por eso debemos defenderlo. No por los periodistas ni por los medios, sino por Costa Rica. Porque una prensa libre no es un privilegio de quienes ejercemos esta profesión. Se trata de un derecho de toda la ciudadanía, una garantía para la democracia, una herramienta para exigir transparencia, una defensa frente al abuso del poder, una voz para quienes muchas veces no tienen voz.

Por eso me preocupa cuando veo que el país comienza a acostumbrarse a los ataques contra el periodismo. Sí, me preocupa cuando se normaliza la descalificación, cuando la verdad parece importar menos que la popularidad.

Y porque amo profundamente esta profesión.

La amo por las historias que me ha permitido conocer, por las personas que me ha permitido encontrar, por maestros como Isabel Ovares Ramírez, cuya huella permanecerá mucho más allá de cualquier aula o redacción.

Y la amo porque sigo creyendo que una sociedad informada siempre tendrá más oportunidades de construir un futuro mejor.

Tal vez algún día Costa Rica comprenda plenamente que defender el periodismo no es defender a un gremio.

Es defender uno de los pilares fundamentales de nuestra democracia.

Porque el día que el periodismo calle, no solamente perderán los periodistas.

Perderán los ciudadanos.

Perderán las comunidades.

Perderá la democracia.

Y Costa Rica perderá una parte irremplazable de su alma.