Hasta el día de hoy los profesionales de la información se han encontrado invisibles ante la sociedad. El simple hecho de estudiar bibliotecología genera la duda ante las personas ¿qué hace un bibliotecólogo?, es cuando se llega a la carrera que se comienza a entender el rol del profesional y sus capacidades. Lo que no muchas personas entienden es que las competencias del profesional de la información abarcan desde el dominio teórico hasta el diseño de proyectos y las habilidades interpersonales, configurando un perfil que pocas carreras universitarias pueden igualar en versatilidad (Carrizo y Arias, 2012).
Esta invisibilidad no es accidental, es estructural, en Costa Rica los recortes presupuestarios a la cultura y la educación han convertido a la bibliotecas en símbolos innecesarios institucionalmente, al cerrar una biblioteca no genera titulares de indignación cómo cerrar un hospital o una escuela, aunque el daño comunitario sea igualmente profundo. Cuando se elimina una biblioteca, se elimina también el acceso equitativo al conocimiento para aquellas personas que no tienen acceso a internet en casa, que no pueden comprar libros, que dependen de ese espacio para estudiar o para investigar y para simplemente existir dentro de la sociedad del conocimiento.
El problema va más allá del presupuesto, ya que es también un problema cultural. La profesión carga con décadas de representaciones empobrecidas, como lo son: el personaje serio que cuida libros llenos de polvo, el guardián silencioso de un recinto que nadie visita. Estas imágenes no solo alteran la realidad, sino que influyen directamente en las decisiones políticas y en la asignación de recursos. Es difícil defender presupuestariamente una profesión que la imaginación colectiva no comprende ni valora.
Además, los bibliotecólogos son quienes terminan haciendo de todo en las bibliotecas y esto se debe a un amplio conocimiento para cumplir con las expectativas de los usuarios. Por lo tanto, es importante actualizar y orientar a las personas en torno a la profesión, porque al final son quienes forman y alfabetizan comunidades, siendo esta una tarea subestimada que se ejerce. Se vive en una era donde la información nunca ha sido tan abundante ni tan peligrosa al mismo tiempo (noticias falsas, sesgos algorítmicos, desinformación masiva). Sin embargo, cuando una comunidad necesita aprender a distinguir una fuente de información confiable de una fraudulenta, muy raramente se piensa en llamar a un profesional de la información, se piensa en el periodista, en el educador, pero el bibliotecólogo sigue esperando en un segundo plano.
La exigencia de esta profesión no puede depender únicamente de quienes la ejercen. Se requiere de voluntad política para financiar las bibliotecas públicas y universitarias que sostienen comunidades enteras, también se requiere reformas educativas que integren la figura del bibliotecólogo como aliado estratégico en las escuelas y colegios. Mientras tanto, los bibliotecólogos seguirán haciendo lo que siempre han hecho, trabajar en silencio construyendo los cimientos del acceso al conocimiento que otros dan por sentado, ya que es tiempo de que ese silencio deje de confundirse con ausencia/invisibilidad.
